miércoles, 25 de febrero de 2009

LA CARNE DEL TORO - I

Desde la antigüedad, las excelencias atribuidas a la carne del toro, en muchas épocas pregonadas como luego veremos, eran tan variadas como las propias creencias que las sustentaban. Unas consideraban transmisible las propiedades del animal y por tanto las condiciones de fuerza, de potencia o de virilidad podían ser adquiridas por la persona que comiese la carne de este animal. Otras creencias sobre la transmisión de la potencialidad del toro, en el caso que nos ocupa, llegaban incluso a asignarle aspectos apotropáicos (propiedad de desviar las influencias maléficas), encuadrados en los sacrificios encaminados a aplacar la ira de los dioses.
En realidad los ritos de sacrificio tenían por finalidad la consagración de una persona, animal o cosa a la divinidad y desempeñaron el papel principal del culto. La ingestión de la carne del toro sacrificado suponía un ágape compartido con los dioses.
En Persia, la ingestión de las partes del toro, por las propiedades benéficas que podía transmitir, las encontramos registrada desde épocas muy antiguas, a tenor de una cita de Zoroastro censurando al dios Yima “por ser el primero que se aficionó a comer las partes del toro”. Este profeta y reformador de la religión aria, había declarado proscritos los sacrificios de toros, debido a la animadversión hacia los cultos al dios Mitra.
Parecida costumbre la encontramos, corriendo el tiempo, en nuestro rey Fernando el Católico, quien siguiendo la tradición de que la potencialidad sexual del toro era transmisible y deseoso de tener un hijo con su segunda esposa, Germana de Foix, se hacía servir frecuentemente de platos cocinados con testículos de toro, en la creencia de aumentar su virilidad. Una leyenda aseguraba que murió, cuando se dirigía a Guadalupe (Murió el 23 de Enero de 1516 en Madrigalejo (Cáceres), cuando iba a asistir al capítulo de las órdenes de Calatrava y Alcántara en el Monasterio de Guadalupe), por darse un atracón de criadillas de toro, aunque otra leyenda afirmaba que fue de una indigestión al beber la sangre del tauro.(3 y 4)
Más recientemente nos topamos con un negro personaje, de triste recuerdo para la humanidad, utilizando otra receta, aunque con distinto fin, como dice David Irving en “La Guerra de Hitler”, “...padecía Hitler periodos de negra depresión que el Doctor Morell procuraba combatir con inyecciones de hormonas de Prostakrinum (extracto de próstata y vesículas seminales de toros jóvenes), que le suministraba en días alternos”.(3)
La utilización de los atributos y la carne del toro tuvieron también otras significaciones. Los egipcios utilizaban las partes del toro en los rituales funerarios para realizar el ritual de “La apertura de la boca de los difuntos”, citado en el “Libro de los Muertos”, “introduciendo en la boca del cadáver la azuela, el instrumento de Anubis o bien los testículos de un toro sacrificado, en la creencia de que le restituía el uso de la lengua y el poder creador que posee la palabra en la otra vida”. Después de descuartizar la víctima ofrecida al difunto por sus parientes y amigos, se depositaba ante la momia “el muslo y el corazón del animal sacrificado donde se ocultaba el alma del difunto”. (1)
Los aspectos benéficos y prodigiosos que poseía la carne de los toros, estaban bastante arraigados entre los habitantes del Nilo, que empleaban la carne y la grasa de buey como primer remedio para ciertas heridas, según se relata en el papiro médico de Ebers.
El hecho curioso de que no se encontrasen sepulturas de toros Apis durante los períodos más antiguos, cuando las pruebas textuales del culto a Apis viviente son muy antiguas, planteaba ciertas interrogantes. Se ha llegado a suponer que no habían podido existir materialmente, porque el rey se habría comido al toro para apropiarse de sus fuerzas. Al parecer en las primeras dinastías se practicaba la teofagia ritual. Esta hipótesis se basaba en un texto conservado en las
paredes de las pirámides y conocido con el nombre de “Himno al rey caníbal”.









Según la Doctora Vázquez Hoys (20), “este pasaje, conocido como el "Himno caníbal", se encuentra grabado en las 2 primeras pirámides que incluyen textos: la de Unas (o Unis, 2342-2322 a.C., V dinastía) y la de Teti (2322-2291 a.C. VI dinastía). Constituye uno de los pasajes posiblemente más antiguos de los Textos de las Pirámides y en él se describe el canibalismo de Unas con los dioses:
"Unas es el Toro del Cielo, que conquista según su voluntad;
que vive de la existencia de cada dios, que come sus entrañas,
cuando vienen con sus cuerpos llenos de magia desde la Isla del Fuego

Este texto describe al faraón apoderándose del poder de los dioses al comer ciertas partes de sus cuerpos.(2)
Otro aspecto sobre la creencia en la transmisión de los poderes genésicos del toro lo encontramos en el pueblo cacereño de Coria, donde tienen la costumbre de correr por las calles de la ciudad “el toro de San Juan”, en tan señalada fecha, donde tuve el gozo y la zozobra de participar cuando era joven. Durante su celebración los mozos clavan al toro infinidad de dardos o flechillas, llamadas soplillos, que son adornados por las novias y tras ser asaeteado y agotado le dan muerte. Muerto el toro se produce una verdadera competencia entre los mozos por arrancar el escroto del animal, como trofeo y fetiche de trasunto sexual. El que lo consigue se dirige a casa de la novia para mostrárselo, en la creencia de que, en dicho acto, se asegura la fertilidad de la pareja. Este ritual, encuadrado en la antigua tradición extremeña de “el toro nupcial”, se practicaba ya en tiempos y con los privilegios concedidos por Alfonso VII (1105-1157) y se halla registrado, "el toro nupcial", en un grabado de las Cantigas de Santa María, de Alfonso X El Sabio.(5)
En otras regiones españolas estaba, también, bastante arraigada la costumbre de considerar que la carne de los toros muertos, con motivo de fiestas de santos, poseían propiedades especiales y actuaban como medicina para enfermedades.
Sobre el aspecto apotropaico de la carne del toro, nos relata el abulense Padre Pedro de Guzmán S.J. en su obra “Bienes del honesto trabajo y daños de ociosidad” de 1.614: “Pues ¿qué diré de lo que el vulgo tiene tan recibido, persuadido que las carnes del toro muerto en estas fiestas de Santos, guardadas como reliquias son contra calenturas y otras enfermedades y para remedio de los nublados?”.
Otras veces se celebraban las festividades de santos con ritos y ceremonias, empleando un toro en evitación de plagas o calamidades, como ocurría con el dedicado a San Urbano, corriéndose un toro en su festividad, el 31 de octubre, para proteger las viñas de las heladas.(6)

Un caso curioso, encuadrado entre los ritos llamados “Caridades”, que se sigue celebrando en la actualidad, con igual intensidad desde el siglo XVI, es el que realizan en Hiendelaencina (Guadalajara), el día 28 de agosto, con motivo de las fiestas de San Agustín, donde una vaca ensogada es corrida por los mozos y llevada, al final del divertimento, a la plaza del pueblo, donde es atada a una columna del Ayuntamiento y apuntillada por el alcalde.
Una vez descuartizada la vaca se cocina con su carne la famosa “Sopa de San Agustín”, que luego se reparte en el atrio de la iglesia donde, tras ser bendecida y probada por el cura párroco, todos los asistentes, pobres, vecinos o visitantes, la degustan con cierto fervor, en la creencia que la ingestión de la “sopa del santo” es buena como remedio contra ciertas enfermedades.
Al finalizar el banquete comunal, el alcalde y el cura párroco se asoman al balcón del ayuntamiento y arrojan a la multitud los huesos de la vaca que “los vecinos se disputan como si se tratase de una reliquia sagrada, que luego guardan con veneración en sus casas, y a los que se les atribuyen auténticos milagros”.(7)
Tendrá este ritual algún nexo o reminiscencia con el que realizaban los reyes de la Atlántida, que el filosofo Platón (quien por cierto era un gran comedor de higos), en su obra “El Kritías”, nos describe la forma que tenían los reyes de la Atlántida para abatir al toro, cuando lo inmolaban a Poseidón?: “...cuando debían tratar de cuestiones jurídicas se daban pruebas de fidelidad en la siguiente forma: Soltaban los toros en el recinto consagrado a Poseidón (el Heraklion)... después de suplicar al dios que les permitiese capturar la victima que le pareciera más grata, sin armas de hierro, le daban caza con garrotes y lazos. Arrimaban a la columna el toro apresado y lo ejecutaban en su cima como estaba prescrito...”
Sobre esta y otras festividades, descritas anteriormente, valga el comentario que al respecto hace el erudito y anti-taurino Vargas Ponce: “Se estremece la humanidad al contemplar las reses que robaron a la labor las simultaneas canonizaciones de san Ignacio y san Javier, san Isidro y santa Teresa. Treinta corridas en lugares donde había conventos ensalzaron la gloria de esta reformadora de las costumbres y en ella perecieron más de doscientos toros”.(6)
El alto precio de la carne hizo que su consumo fuese prerrogativa solo de las divinidades y de las clases más acomodadas. Animales cebados para uso profano o religioso son mencionados en diversos pasajes de la Biblia o en el Libro de los Muertos y reservados como víctimas de mayor valor cultual en los sacrificios.
Escudriñando el texto bíblico encontramos, con profusión descriptiva, las condiciones que debían reunir los animales para que los sacrificios ofrecidos a Yahveh fuesen válidos: “...Cuando uno ofrezca a Yahveh ganado mayor...la víctima, para ser aceptable, ha de ser perfecta, sin defecto. Un animal ciego, cojo o mutilado, ulcerado, sarnoso o tiñoso no se lo ofreceréis a Yahveh ...No ofrecerás a Yahveh un animal que tenga los testículos aplastados, hundidos, cortados o arrancados...”.(8)
Los sacerdotes tenían ciertos privilegios sobre el reparto de la carne de las víctimas inmoladas: “Estos serán derechos de los sacerdotes sobre aquellos que ofrezcan en sacrificio un buey o una oveja; se dará al sacerdote la pierna, las quijadas y el cuajar”.(9)
El cuajar es el fermento existente en las mucosas del estómago de los animales rumiantes y sirve para separar la caseína de la leche (el 80% de las proteínas) de la parte líquida o suero, imprescindible para la elaboración de quesos y cuajadas. Ha de entenderse siempre que, el uso del término buey era un término genérico y no se refiere al animal castrado como lo entendemos en la actualidad, si no al toro o novillo íntegro y sin defectos.
Es curioso comprobar cómo al autor bíblico le interesa dejar bien matizado que el privilegio de los sacerdotes, en el reparto de la carne, es a la pierna derecha y nunca se refiere a la pierna izquierda: “Daréis también al sacerdote, como ofrenda reservada, la pierna derecha de vuestros sacrificios de comunión”.(10)
En ciertas circunstancias se prohibía el consumo de la carne del toro, si éste atacaba a alguna persona y le causaba la muerte: “Si un Buey acornea a un hombre o a una mujer, y le causa la muerte, el Buey será apedreado, y no se comerá su carne...”, dice la ley mosaica.(11)
Una redacción parecida, sobre un buey que acornea, ya se recogía con anterioridad en el Código de Hammurabi (1728-1686 a. C.), donde se puede descubrir que la operación de proteger las astas de los toros, que parece una invención moderna de los ganaderos españoles, es algo bastante antiguo: “Artículo 251: Si el buey de un señor es bravo y el consejo de su distrito le informa de que es bravo, pero él no ha cubierto sus astas ni ha vigilado de cerca su buey y el buey acorneó al hijo de un señor y le ha matado, dará media mina de plata”.(1 mina= 600 gr.)
Para terminar, anotar que la forma de comer carne de los sacrificios era asada al fuego o cocida en calderos de cobre que poseían para estos menesteres. Aunque supongo que no habría recipientes suficientes para realizar uno de los mayores ritos de comunión de que se tiene conocimiento, como fue el realizado por Salomón al consagrar el Templo de Jerusalén: “...inmoló veintidós mil bueyes y ciento veinte mil ovejas en sacrificios eucarísticos... comiendo y bebiendo y regocijándose el pueblo durante siete días”. Esa sí fue una verdadera fiesta.(12)
Los egipcios representaron en sus tumbas el proceso de la muerte y descuartizamiento de las reses. Las patas eran las partes del toro más exquisitas para ellos. A este respecto Heródoto nos describe, con todo lujo de detalles, un ritual egipcio en el que solo se sacrificaban bueyes y becerros puros y de parecido ritual a lo ya relatado, con la variante de que la víctima era elegida por los sacerdotes quienes derramaban libaciones de vino y esencias sobre la víctima:







Cuando han despellejado al buey, rezan y extraen todos los intestinos, pero dejan en el cuerpo las vísceras principales y la grasa; cortan las patas, las nalgas, los hombros y el cuello. Y hecho esto llenan lo que queda del cuerpo del buey de panes de harina pura, miel, uvas pasas, higos, incienso, mirra y otros aromas; y así rellenado, lo queman vertiendo encima abundante aceite. Hacen el sacrificio en ayunas y, mientras arden las víctimas, todos se dan golpes de pecho; pero cuando terminan de golpearse, se sirven en un banquete las partes que se reservaron de las víctimas”, quemando los restos de la victima ofrendada.(13)
El mismo Heródoto nos informa también de los ritos sacrifícales de los persas, en los que se utilizaban victimas de toro preferentemente: “Y una vez que, tras haber descuartizado la víctima, ha hecho hervir la carne, esparcen en el suelo la hierba más tierna que le sea posible, generalmente trébol, y sobre ella coloca todos los trozos de carne. Y cuando los ha dispuesto, un mago, de pie a su lado, entona una teogonía, que es como ellos llaman a este canto; pues sin la presencia de un mago no les es lícito hacer sacrificios. Y tras un breve momento de espera, el sacrificante se lleva las carnes y hace de ellas lo que su buen sentido le dicte”. (14)

El citado autor griego nos relata también otro sacrificio realizado por los escitas (El escita fue un antiguo pueblo y cultura indoeuropea de las estepas del norte del mar Caspio) en los siguientes términos, “Todos los escitas tienen establecido el mismo rito sacrificial. La víctima está de pié, con las patas delanteras atadas, mientras que el celebrante, situado tras el animal, tira bruscamente del cabo de la cuerda, derribándolo e invocando a la divinidad a la que ofrece el sacrificio. A continuación le rodea el cuello con un dogal, introduce en él un palo, al que le va dando vueltas y la estrangula. Una vez estrangulada y desollada la víctima, se aprestan a cocerla y consumirla”.(15)
Para los griegos, las partes más importantes de la carne del animal era el lomo el de mayor preferencia y era la pieza reservada a los huéspedes. Homero nos relata, en la Odisea, el recibimiento dispensado por Menelao a Telémaco “...les presentó con sus manos un pingüe lomo de buey asado, que para honrarle le habían servido”.(16)
Uno de los rituales de sacrificio y banquete comunal del toro, es el realizado en la ciudad de Magnesia (Tesalia), en honor de Zeus Sesípolis para obtener un año fructífero en las cosechas: “En el mes de heraión, la ciudad compraba el mejor toro del, mercado para dedicarlo a Zeus durante el mes de cronión (julio). En esa fecha, con gran solemnidad, la res era conducida al templo en una procesión encabezada por el sacerdote y la sacerdotisa de Artemis Leucofrine, principal deidad de la ciudad. Les seguía el sacrificador y dos grupos de jóvenes y vírgenes cuyos padres aún vivieses. El sacrificador rezaba una oración por la ciudad y por los habitantes, por la paz y por la fertilidad de cosechas y ganados. El animal elegido debía dar una señal de su consentimiento como víctima (arrodillarse, doblar la cabeza, etc.). Una vez lo hacía, se le mantenía apartado hasta el momento de su sacrificio, el 12 de artemisión (en torno al 6 de abril). Ese día se formaba otra comitiva parecida a la anterior. Se añadían miembros del senado, funcionarios y atletas victoriosos. Las imágenes de los doce dioses olímpicos, ataviados con sus mejores galas, debían estar presentes como invitados. El sacrificio se efectuaba ante el altar de Zeus Sosípolis. La carne era repartida y consumida por los participantes”.(17)

También en las famosas fiestas de las “Bufonías”, fiestas atenienses en honor de Zeus, la carne del toro o toros inmolados, debía ser cocinada antes de ser consumida en un banquete ritual. Lo mismo ocurría en las famosas fiestas de las panatenienses, que era el festival estatal de Atenas, con procesiones, juegos y premios y la realización de un sacrificio de animales de los que se repartía la carne.
En Grecia se celebra en la actualidad un holocausto ritual, de comunión general, donde participan todos los asistentes. Se celebra en el pueblo de Mandamados, en la isla de Lesbos, en el mar Egeo.
La fiesta consiste en la conducción de un buey, totalmente blanco, por las calles del pueblo hasta la iglesia. El toro es introducido en el interior para ser sacrificado de un tajo de machete en el pescuezo. Separada la piel del animal, se descuartiza. Los pedazos de carne se depositan en dieciséis calderos, donde son cocinados durante toda la noche, mientras la muchedumbre se entretiene en cantos y bailes. En la mañana del domingo, una vez han sido bendecidos los calderos, se reparten las pequeñas porciones de carne entre los numerosos asistentes”. Como curiosidad anotar que cuando conquistaron esta isla griega, se inmoló un Toro a Poseidón arrojándolo desde lo alto de los acantilados.(7)
En Creta, en los festejos en que los jóvenes saltaban sobre un toro, que se celebraban con ocasión de festividades religiosas, la muerte del toro no se producía en público sino al finalizar el festejo y su carne era repartida entre los asistentes.
En Francia eran famosas las procesiones del “Buey Gordo”, que se celebraba en París en el Carnaval, pero el más conocido era el “Buey del Corpus” de Marsella, en que se conducía un toro por las calles de la ciudad, ricamente engalanado con cintas y guirnaldas. En el recorrido del toro por la ciudad, las mujeres se le acercaban y hacían que los niños besaran al toro. Al día siguiente el toro era sacrificado y cuenta un autor del s.XVII, citado por Baroja, que este ritual era ya conocido en el s.XIV y que: “personas poco instruidas se apresuraron a obtener carne de este buey, que una persona mató al día siguiente a la fiesta del Dios”.(18)
Los Celtas usaban también grandes calderos al que le asignaban propiedades mágicas, como se relata en el mito de la “Rama de Los Mabinogi” donde se da la relación de regalos en los esponsales de Branwen, de los cuales el más valioso es un caldero mágico, hecho en Irlanda, que devolvía la vida a los guerreros muertos y se le conocía como “el caldero de la resurrección”.
Los mitos del toro son de gran importancia en la primitiva literatura irlandesa. El Tarbhfhess, era un rito adivinatorio que suponía el sacrificio de un toro y estaba presidido por los druidas. “La carne y el caldo de un toro eran consumidos por un hombre que, posteriormente, dormía y soñaba con el legítimo rey que había de ser elegido”.(19)
Plácido González Hermoso


BIBLIOGRAFIA
(1) --Albert Champdor.-“El libro egipcio de los Muertos”
(2) --Angel Alvarez de Miranda.-”Ritos y juegos del Toro”.
(3) --Urbano Esteban Pellón.- “El toro solar”
(4) --Fernando Sánchez Dragó, “Volapié, Toros y Tauromagia”
(5) –Fco. Flores Arroyuelo,“Del toro en la antigüedad”; y Juan Posada, en Atenea Semanal.
(6) --Luis del Campo.- “La iglesia y los toros”
(7) --Francisco Flores Arroyuelo, “Correr los toros en España”
(8) --Lev. 22, 21-25,
(9) --Deut.18, 3-4.
(10) -Lev.7, 32-33).
(11) -Ex.21, 28-29.
(12) -I Reyes, 8, 62-66.
(13) -Heródoto.- Historias, vol. II,40
(14) –Heródoto.- Historias, vol. I, 132
(15) –Heródoto.- Historias, vol. IV, 60)
(16) –La Odisea, rapsodia IV .-
(17) -Cristina Delgado Linacero.- “El toro en el Mediterráneo” pag. 292
(18) -Julio Caro Baroja, “Ritos y mitos equívocos”
(19) -Miranda Jane Green.- “Mitos Celtas”
(20) –Ana María Vázquez Hoys.- El himno caníbal (Declaraciónes 273 y 274)

lunes, 23 de febrero de 2009

TOROS MITOLOGICOS - IV - Los Toros de Guisando


Al Dr. D. Juan Barceló Jiménez, Doctor en Filología
Romana, por su generosa amistad, con mi respetuosa admiración a su figura berroqueña.



Supongo que casi todo el mundo conoce esos famosos toros, de imponente talla granítica, conocidos con el nombre de “Toros de Guisando” y asentados en el pueblo abulense de El Tiemblo. Pero qué fueron, qué representaron, qué utilizaciones le dieron aquellos pueblos pre-romanos o a qué simbología mitológica se asociaron. Es más, fueron toros o verracos.
Antes de entrar en materia y tratar de desentrañar el posible significado de esas pétreas esculturas milenarias, de la cultura céltico-vetona, permítanme traer aquí unas citas literarias, a modo de exordio, que evidencian su presencia en la literatura.
Quiso la casualidad, o más bien el capricho del anónimo autor (al parecer descubierta ya su identidad !!?), que la primera aventura y el primer coscorrón que sufriese el pícaro y desventurado Lazarillo de Tormes, a manos del malvado ciego, fuese, precisamente, contra un toro de granito: “Salimos de Salamanca- dice Lázaro- y llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo:
-Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.
Yo simplemente, llegué, creyendo ser ansí. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome: Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo. Y rió mucho de burla"
. (1)












Además de la cita del Lazarillo, también Lope de Vega se refiere a ellos, en el Acto II de su obra “El mejor maestro, el tiempo”, donde relata cómo uno de sus personajes se gloría de haber infringido desjarrete a esos graníticos animales:
Turín.- ¡Ha visto vuesa merced en aquel pradillo ameno
a los toros de Guisando?
Otón.- ¡Huélgome dello!
Pues yo los desjarreté
y al de piedra, que está puesto
en Salamanca, en la puente
de un revés rapé los nervios.
Así están sin pies ahora
.”

También, Federico García Lorca hace uso de ellos en “La Sangre Derramada”, de la elegía “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, para magnificar la dimensión del dolor por la muerte del ídolo:

La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena.
Y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos,
hartos de pisar la tierra.
NO.
¡ Que no quiero verla!


No quisiera pasar de largo, vencida ya la conmemoración del 4º centenario de la publicación del Quijote, sin referirme a dicha obra cervantina y en concreto al episodio en el que el caballero del Bosque relata a D. Quijote (parte 2ª, capítulo XIV) el encargo que le hizo su amada Casildea de Vandalia: “...Vez también hubo que me mandó fuese a tomar en peso las antiguas piedras de los valientes toros de Guisando; empresa más para encomendarse a ganapanes que a caballeros...” y parece ser, según relata más adelante la fabulosa imaginación de dicho caballero que: “...pesé los toros de Guisando...”. Pardiez, cuanto vigor!.(2)
Además de las citas literarias reseñadas, déjenme que les refiera un pacto histórico celebrado en las cercanías del pueblo abulense de El Tiemblo, cuya firma se realizó en la llamada venta de Tablada, conocida como “venta Juradera o venta de los Toros" (ubicada en las cercanías del citado pueblo y destruida en el s.XVII por mandato de los monjes del monasterio), conocido como “Pacto de Guisando ó Concordia de los Toros de Guisando”. En dicho pacto, celebrado el 18 de septiembre de 1468, entre el rey de Castilla Enrique IV de Trastámara, apodado “El Impotente” (sobrenombre que el pueblo le adjudicó al enterarse de que no se consumó su primer matrimonio con Dª Blanca II de Navarra, en 1440 y ser repudiada en 1453), y su hermanastra Isabel la Católica, en cuyo tratado se la nombraba Princesa de Asturias y heredera al trono de Castilla.
Implícita a dicha firma era reconocida, de forma tácita, la ilegitimidad de Juana, motejada “la Beltraneja”, hija “oficial” de este rey y de su segunda esposa doña Juana de Portugal (matrimonio realizado en 1455), aunque, según “vox populi”, se atribuía la paternidad a D. Beltrán de la Cueva, mayordomo y valido, o privado, de Enrique IV.
Tres años antes, de formalizarse este pacto, se produjo la llamada “Farsa de Ávila”, que pone de manifiesto el enfrentamiento y animadversión que mantenían con el rey la mayoría de la nobleza: “…el 5 de junio de 1465 los nobles habían alzado un tablado fuera de las murallas de Ávila donde habían colocado un muñeco con todos los atributos regios: corona, cetro y espada. Era una representación bufa del rey Enrique. Y declarando así su rebeldía, las cabezas más importantes de la Liga entraron en aquella farsa para ir despojando al muñeco de sus atributos regios. El primero en entrar en aquel insolente juego fue el arzobispo de Toledo, Alonso Carrillo, que arrebató al muñeco la corona; y después el marqués de Villena le arrebató el cetro, el conde de Plasencia la espada, y finalmente otros nobles -entre ellos el conde de Paredes-, ya en tumulto, echaron por el suelo el muñeco, pisoteándolo con saña.” (7)
A la importancia histórica de este pacto se refirió nuestro Nóbel de Literatura, Camilo José Cela, para decir: "Sin el encuentro de los Toros de Guisando, España no hubiera sido España".
Toros o Verracos?. He aquí la eterna disquisición que se plantean algunos estudiosos, a la hora de tratar sobre estas esculturas zoomorfas célticas. Fueron utilizadas por el pueblo vetón y diseminadas por el oeste central de la península Ibérica, al norte del río Tajo, cuya área de influencia abarcaba las provincias de Cáceres, Toledo, Ávila, Salamanca, Segovia, Zamora y en las tierras limítrofes lusitanas entre los ríos Tajo y Duero.
El uso generalizado del vocablo “verraco” llevó a la confusión de muchos, aunque en realidad más del cincuenta y tres por ciento de las 280 esculturas catalogadas y que han llegado hasta nosotros, son toros, el resto tienen forma de cerdo o verraco.
Se han barajado muchas teorías sobre su origen y significado, su simbología o utilización cultual etc., sin que hasta la fecha se hayan puesto totalmente de acuerdo en la materia. Lo cierto es que estas esculturas zoomorfas vetonas han dado nombre a una terminología específica que se conoce como “Cultura de los Verracos”.
A modo de ejemplo, traigo aquí algunas tesis u opiniones, más o menos autorizadas al respecto, que nos pueden ilustrar sobre el particular.
El padre L. Ariz, monje benedictino del convento de Santa María de la Antigua de Avila, dice en su obra “Historia de las grandezas de Ávila”, publicada en el s. XVII, “...Los más famosos y celebrados Toros de España son los de Guisando, cerca del Monasterio de san Hierónimo…( tercero de su orden, erigido en 1375 por Fray Pedro Fernández Pecha (6)) Junto a la venta del dicho Monasterio, están puestas cinco piedras, de figuras de Toros. Tres tienen letreros que traducidos dice ansí: “Cecilio Metelo Consuli”.
Debido a ello, este benedictino apunta varias posibilidades de uso: “Quizá su uso fue más lato -dice- y pudieron asociarse a santuarios, manantiales, puentes, etc., con carácter esencialmente religioso y votivo, como las aras clásicas”.(4)








Las inscripciones latinas de carácter funerario, a las que hace referencia el padre Ariz, fueron añadidas con posterioridad a la conquista romana y, por tanto, a la fecha de su confección, por lo que es fácil pensar en una reutilización, de estos toros, con una finalidad funeraria de la que carecían en su origen.
De estos toros graníticos mitológicos, envueltos en una especie de misteriosa niebla enigmática, solo se conservan cuatro actualmente y aparecen alineados y orientadas sus cabezas mirando a poniente -hacia el mismo punto por donde se pone el sol en el mes de diciembre- y hacia el monte de Guisando, del que toman el nombre.
Como todos los acontecimientos, envueltos en algún tipo de enigma intrigante, no están exentos de que las suposiciones, elucubraciones o conjeturas del pueblo degeneren, o generen, en ciertas leyendas que contribuyen a agrandar el misterio que los envuelve.
De entre las varias que me he topado, no solo por su curiosidad sino, también, por la profesión del autor, me satisface transcribirles algunos relatos que D. Eduardo de Mariétegui, coronel de Ingenieros, incluye en su obra “Antigüedades de España”, publicado en “El arte en España”, vol. 4, Madrid 1886.

En dicha obra nos transcribe lo que afirman algunos autores, como: “Diego Rodríguez de Amelta en su “Compilación de las batallas campales”, obra terminada en 1481, dice así al describir la batalla 22 de su segunda parte: “Que después que Scipión el joven volvió a Roma, y después de su muerte, los españoles se rebelaron contra los romanos, que por esta razón enviaron a España un capitán llamado Guisando, que habiendo peleado contra los españoles en tierra de Toledo, y cerca del lugar llamado Cadhalso, y habiéndoles vencido, hizo, para memoria de esta victoria, cuatro estatuas de piedra, á quien en su tiempo daban el nombre de Guisando”.
En el comentario que hace, Mariétegui, a esta autoría romana, que le adjudica Amelta, dice: “No hay necesidad de detenerse á refutar semejante opinión, pues con advertir que el nombre de Guisando es de inflexión goda, mal podía ser el de un capitán romano”.
Después nos ofrece lo que dice, sobre este tema, un bachiller de nombre Juan Alonso Franco, al parecer célebre anticuario del siglo XVI: “Como uno, por su letrero, se conoce que se dedicó a la victoria de César sobre los hijos de Pompeyo, y el sitio donde fue esta es Andalucía: como el mismo diga que allí donde está es el campo Bastetano; y como exprese que es dedicado dé los Bastetanos otro, y se sepa que este campo y este pueblo fueron en Andalucía, por eso muchos han imaginado que estos toros se hicieron y estuvieron primeramente en dicha provincia, y que después un rey moro, para mostrar su poder, con máquinas y gran copia de gente los metió España dentro, y los colocó donde se hallan, siendo entre otros de este parecer Rasis, en la historia que hizo de Andalucía, y D. Lorenzo de Padilla, curioso arcediano de Ronda".
Más adelante nos aporta el dato de que un tal Ambrosio de Morales, puso en una nota de su puño y letra que: “los Toros son tan valientes piedras, que es cosa de burla pensar que se movieron tantas leguas como hay desde allí a Andalucía, y más sin motivo alguno"; y también nos dice que don Antonio de Nebrija afirma que: “…como hubo pueblos Bastetanos en la Bética, los hubo igualmente en la España Citerior, y que de ellos debían hablar estos toros".
También cita que Orosio (383-420, sacerdote, historiador y teólogo hispanorromano de Braga, Portugal, se dice que pudo colaborar con San Agustín en “La Ciudad de Dios”), en su libro 6º, capítulo XIV, dice que: “…la guerra y el ejército Pompeyano, no se acabaron hasta que Cesonio, legado de César, venció no lejos de Lusitania; y de esto debe hablar el último toro…”
Después, Orosio relaciona los letreros que, según él, estaban grabados en los toros:
1º Caecillo-Metell-consuli-H.victori.
2º Exercitus victor-hostibusfusis
3º Longinus-Prisco-Caesonio-f.c.
4º Lucio Portio-ob provinciam-optime administratam-Bastetani po-puli-f.c.
5º Bellum Caesari et patrie mag-na ex parte con-fectum est-s et Gu. Magni-Pompey filis-hic in Basste-tanorum agro-profigatis.


Obviamente el Coronel Mariétegui pone en duda que esas inscripciones se hubiesen grabado en los toros, ya que no presentan rasgo alguno de haber tenido ningún tipo de grabado. Solo se conserva, de forma inexacta e incompleta, una leyenda en el tercer toro que dice:
LONG. INVS
PRISCO. CAIA.
ETI :: PATRI. F.
C.
También hace referencia que, en el s. XVI, existían unas tablas enceradas, en la celda del Prior del monasterio y que al parecer nadie las vio jamás, que decían contenían las inscripciones originales en los cinco toros.
Por último nos informa de otro monumento, que más bien tiene forma de verraco y no de toro, procedente de Durango, Vizcaya y actualmente en el Museo Histórico de Bilbao: “…llamado en el país Miquéldico, sin inscripción ni letra alguna, pero sí con un disco entre los pies.” (6) Se puede presumir que el disco que tiene entre los pies, el verraco, debe relacionársele con algún simbolismo de carácter solar.
Manuel Gómez Moreno, en “Catálogo monumental de la provincia de Ávila”, desecha la idea de que fueran hitos terminales o viales que hubiesen servido como mojones delimitadores de territorios, pastizales o zonas de pastoreo, apoyándose en que:“...es usual el hallárseles dentro o en los alrededores de las ciudades y despoblados de origen prerromano...”. En cambio cree que pudieron ser empleados “como ofrendas a los dioses; como monumentos funerarios; o bien asociárseles con carácter religioso y votivo, a manantiales...”(4)
Precisamente en el conocido cerro de los Santos (Montealegre, Albacete), se encontraron entre sus exvotos muchos torillos de piedra, dos de los cuales se hallaron encima de una olla cineraria, como ejemplo de usos funerarios.
Juan Cabre cree en un significado mágico religioso relacionado con la protección y fertilidad del ganado.
Josefina Mateos, refiriéndose a los “Toros de Guisando” que los data sobre el s.II ó III a.C., cree que debido a su emplazamiento en un: “Lugar de descarga de tormentas eléctricas, le podríamos considerar de gran fuerza telúrica, o zona energética de la tierra. Estos sitios eran utilizados por los pueblos primitivos para conectar con sus dioses, pueblos que adoraban a las fuerzas de la naturaleza. Debido a la energía del lugar sería sitio propicio para enlazar con la divinidad, un centro de culto o centro sagrado; los cuatro toros bien podrían indicar que allí existió en otros tiempos un templo dedicado al dios Tauro, al adorar los pueblos primitivos a las fuerzas de la naturaleza, siendo el toro un animal poseedor de gran fuerza, nobleza y virilidad al que veneraban y festejaban como se demuestra a lo largo de la historia”.(8)

Esta misma autora nos aporta otra “historia” extraída del libro de Pedro Medina “Las Grandezas y cosas memorables de España”(1548) y Miguel de Asúa y Campos “Los Toros de Guisando y el Convento de los Jerónimos”: “ Según el manuscrito Plinio hace mención de cómo al ser vencido Pompeyo en Farsalia por Julio Cesar, huyó a Egipto, donde fue degollado por Ptolomeo; y que el gran ejercito que acaudillaban los hijos de Pompeyo fue desecho en una gran batalla que tubo lugar en la provincia bastetana y Campo Callatio, en el lugar en que están los Toros de piedra bajo el Convento de Guisando; añade que Cneo Pompeyo herido, se ocultó en una cueva que está sobre el Monasterio de Guisando, donde lo mataron suponiendo, que para conmemorar la victoria se levantaron unas columnas en el lugar de la batalla, y atribuye la erección de dos de ellas a un caballero llamado Longino, dado por sentado que esas dos que cita, más otras dos allí inmediatas son los Toros de Guisando“.(8)

García Bellido y otros creían que los verracos vetones servían como guardianes que defendían a los ganados de los influjos maléficos.

José María Blázquez, en concordancia con Álvarez de Miranda, los considera “manifestaciones del culto al toro” al decir: “La sacralidad de los bóvidos se prueba igualmente por la presencia de las esculturas, llamadas «verracos»", en sintonía con lo que afirmaba Diodoro Sículo (s. I a.C.) sobre el culto al toro en Hispania, que decía: “…en Iberia los toros son animales sagrados”.(5)
Fernando Fernández, en “Ávila, historia antigua” tomo I, cree que “no puede desecharse la posibilidad de que se traten de auténticas imágenes de culto”, apoyándose en los ejemplos del castro portugués de Castelar, donde existe un verraco colocado en el centro de un recinto circular de 3 m. de diámetro, o los verracos de pequeño tamaño del castro de Santa Lucía. También alude a los Toros de Guisando como posibles manifestaciones de un culto zoolátrico, donde los animales serían adorados como dioses tutelares.(4)
Guadalupe López Monteagudo concluye su trabajo “Esculturas zoomorfas celtas de la península Ibérica”, afirmando que: “…las características formales y externas de las esculturas zoomorfas conocidas como verracos, ha quedado claro su carácter eminentemente religioso”.(3)
En referencia a su origen y antigüedad, comenta esta misma autora: “…el origen habría que buscarlo en las facciones de pueblos indoeuropeos que, procedentes de los Balcanes, llegaron a la Península mezclados con los celtas y que perduraron con la romanización. Su cronología abarcaría un período entre el fin del s. VI a.C. hasta el s. II-III d.C.”.(3)

Transcritas las opiniones de algunos expertos, solo diré que “ni quito, ni pongo …”, tan solo señalar que esas imponentes esculturas zoomorfas céltico-vetonas, que siguen envueltas en un halo de misterio, patentizan el arraigo de un sentimiento tauro-idolátrico ancestral en nuestra piel de toro, corroborando con ello que en España se rendía culto al toro (o aún se rinde…?) desde tiempos pretéritos.

Plácido González Hermoso.

BIBLIOGRAFÍA
(1).- Anónimo?. “El Lazarillo de Tormes”. Capítulo Primero.
(2).- Miguel de Cervantes, “Don Quijote de la Mancha”.- segunda parte, capítulo XIV.
(3).- Guadalupe López Monteagudo, “Esculturas zoomorfas Celtas de la Península Ibérica”.
(4).- Mariano Serna Martínez, “Agua y Verracos” Diario de Ávila, domingo 12 octubre 2003.
(5).- José María Blázquez: “Culto al toro y culto a Marte en Lusitania”.
(6).- Eduardo de Mariétegui, coronel de Ingenieros,“Antigüedades de España”, publicado en “El arte en España”, vol. 4, Madrid 1886.
(7).- Manuel Fernández Álvarez. "Isabel la Católica". Espasa - Forum 2003. Página 79.
(8).- Josefina Mateos, “El enigma de los Toros de Guisando”.

miércoles, 28 de enero de 2009

TOROS MITOLOGÍCOS – III, ISRAEL, a la luz de la Biblia

Nuestro viaje en busca de toros mitológicos finalizó, en el capítulo anterior, en las tierras que baña el otrora feraz y productivo Nilo, que realiza el prodigio de fecundar los campos de cultivo, al depositar el fértil limo de aluvión, permitiendo con ello la recolección de abundantes cosechas anuales.
Nuestro nuevo itinerario, en esta ocasión, tomará el rumbo del nordeste egipcio acompañando al pueblo hebreo en su “Éxodo” para -tras la persecución de los ejércitos del faraón y el “paso por el mar Rojo”, dirigirnos con ellos a “la tierra prometida” que su dios Yahveh les tenía reservada como pueblo elegido- explorar la posible presencia del toro en la esfera cultual israelita.
Antes de llegar a ese Israel de los mil conflictos seculares, es preciso puntualizar que uno de los mayores quebraderos de cabeza de Moisés no fueron los egipcios, ni su paso por el mar Rojo, ni las hambrunas que padeció su pueblo y que pudo superar gracias a la lluvia del “maná” milagroso, o los cuarenta años vagando por el desierto de la península de Sinaí, sino por el TORO.
No olvidemos que los dos grandes guías del pueblo de Israel, Abraham y Moisés, eran personas, al igual que las multitudes que los seguían, la mayoría, no nacidas en Israel, con amplias e importantes vivencias en sociedades habituadas al tratamiento táurico de sus dioses y, por tanto, no se puede descartar la mella, préstamo o influencia cultural de tales simbologías entre los israelitas. Ya desde antaño, los patriarcas hebreos adoraban al dios cananeo El, representado por un toro, que fue proscrito, más tarde, por Moisés.
Antes de entrar a describir la epopeya del Éxodo y los acontecimientos del Becerro de Oro del Sinaí, es conveniente indagar el origen y procedencia del pueblo de Israel y el posible politeísmo que profesaron o siguió subyaciendo entre ellos, para poder entender el porqué de la presencia de tales figuras táuricas o la utilización de dichos usos lingüísticos.
Los israelitas, como veremos, en sus orígenes eran sumerios y, por ello, descendientes de éstos y acostumbrados al tratamiento táurico de sus dioses.
La Biblia nos revela que Abram (la 10ª generación después de Nöé, por línea de Sem), era sumerio, de la ciudad de Ur, donde se casó con Sarai; que su padre fue Teraj y sus hermanos eran Najor y Aram y este último, padre de Lot, murió en su país natal en “Ur de los caldeos”(Gen,11,28). Una ciudad sumeria, populosa y comercial, que se encontraba cerca de la desembocadura del río Éufrates.
También nos informa el texto bíblico que: “Tomó Teraj a Abram, su hijo; a Lot, el hijo de Aram, hijo de su hijo, y a Sarai su nuera, la mujer de su hijo Abram y los sacó de Ur Casdim para dirigirse a tierra de Canán, y llegados a Jarán, se quedaron allí…”, donde murió el padre de Abram, a la edad de doscientos cinco años. (Gen,11,31-32)
Igualmente sabemos por la Biblia que Abram, según el pacto que hizo con él “El-Sadai”( otra variante del nombre de EL, que en griego significa "Pantokrator", "Todopoderoso" y "El que todo lo gobierna"), es el padre y el origen del pueblo de Israel:”Dijo Yahveh a Abram: “Sal de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, para la tierra que yo te indicaré; Yo te haré un gran pueblo, Te bendeciré y engrandeceré tu nombre…” (Gen,12,2). Igualmente en Gen,17,4-6 le dice Yahveh a Abraham: “He aquí mi pacto contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos, y ya no te llamarás Abram, sino Abraham,… Te acrecentaré mucho, y te daré pueblos, y saldrán de ti reyes…”.
Pero cuál fue la causa de esa emigración familiar de la que la Biblia no nos explica nada. Pues es muy probable que se fuesen huyendo, por seguridad, de los permanentes ataques y revueltas de los amorreos que, ayudados por elamitas y semitas procedentes de las estepas de Irán, llegaron, atacaron y saquearon Ur hacia el año 2003 a.C., fecha, con ciertos visos de probabilidad, del acontecimiento al que nos estamos refiriendo.
Con respecto al hecho religioso, está documentado que el dios sumerio principal, o el Patrón, de la ciudad de Ur (en época de Abram y posterior), era Nanna o Zu-en (otro nombre de Nanna, "Señor del saber"), conocido como: “El Brillante”, un dios luna al que se le representaba como “un toro con barba de lapislázuli”. Nanna era el padre de la diosa Inanna (la "Señora del cielo", diosa del Amor y de la Guerra) e hijo de Enlil (el dios más importante del politeísmo Sumerio –dicen que llegaron a tener cerca de dos mil dioses-, al que invocaban como “Gran toro”, “Toro potente”, “Toro Poderoso” etc.). En un himno sumerio dedicado a Zu-en, su madre Ninlil ("Señora del viento") se dirige a él hablándole con dulzura de este modo: “… lúcido becerro, crecido sobre mis rodillas puras… y ... Novillo mío… tu nombre es estimado en todos los países... Señor del santo establo” (1). En Babilonia se conocía a Nanna como el dios Luna SIN ("dios del calendario"), a quien también se le invocaba en otro himno babilónico como: “¡Fiero novillo de cuernos gruesos, de proporciones perfectas, con barba de lapislázuli, lleno de virilidad…”(2).
Precisamente, la ciudad de Jarán o Harram (en la comarca de Padan Aram), adonde peregrinó la familia de Abram, era famosa no solo por su floreciente actividad comercial -al estar situada en medio del cruce de caminos entre Damasco, Karkemish y Nínive-, sino por poseer uno de los santuarios (llamados Zigurat) más importantes, junto con el de Ur, dedicados al dios Sin (o Nanna), y éste, como “Señor del mes y del calendario”, era comparado con un toro.
Solo estos breves apuntes nos inducen a pensar que Abram vivió en Ur hasta la edad de veinticinco o treinta años y cumpliría con los ritos y ceremonias dedicados a los dioses de su ciudad natal. Iguales hábitos o costumbres religiosas, podemos presumir, practicaría en Harram, durante los cuarenta o cincuenta años que vivió en su ciudad de adopción, ya que: “… Al salir de Jarán era Abram de setenta y cinco años… en dirección a la tierra de Canán, y llegaron… al lugar de Siquem, hasta el encinar de Moreh”, donde se le apareció Yahveh por segunda vez. (Gen,12, 4-8)
Esta suposición sobre el cumplimiento religioso y la adoración a los dioses sumerios, por parte de Abraham y su familia, lo corrobora, más tarde, Josué (hacia 1.250 a.C.) cuando habló al pueblo: "He aquí lo que dice Yahveh, Dios de Israel : Vuestros padres -Teraj, padre de Abraham y de Najor- habitaron al principio al otro lado del río y servían a otros dioses". (Josué, 24, 2)
También sabemos, por el texto bíblico, que Abram mandó buscar esposa para su hijo Isaac a Padan Aram (es decir a Harram) y la elegida fue Rebeca, nieta de su hermano Najor y hermana de Labán y que las hijas de éste, Lía y Raquel, se casaron con su primo hermano Jacob, hijo de Isaac y nieto de Abraham. Este comportamiento es la clásica endogamia tribal, muy propia de los pueblos organizados en tribus.
Otro acontecimiento que nos descubre la Biblia es el de un posible politeísmo de Labán, cuando éste salió en persecución de Jacob y además de reprocharle que se fuera de su casa con sus mujeres (sus hijas) sin despedirse, le recrimina: “¿por qué me has robado mis dioses?”(Gen,31,30-31). Las imágenes domésticas de los dioses familiares se llamaban “terafim”, y el robo lo perpetró Raquel antes de abandonar la casa paterna:”… y Raquel robó los terafim de su padre.”(Gen,31,19-20).
Incluso en tiempos de Micol, o Mical, la mujer del rey David se seguían usando esas figuras(doscientos años después de Moisés, a una distancia en el tiempo cercana a los setecientos años después de Raquel), tomó Micol: “… uno de los terafim y lo metió en el lecho, puso una piel de cabra en el lugar de la cabeza y echó sobre ella una cubierta.”, al narrar el episodio cuando ayudó a David a escapar de la cólera de Saul. (1Samuel,19,13-14)
Esas figuras, los terafim, lo más probable es que representarían a dioses sumerio-babilónicos, entre los que se encontrarían Nanna, Sin, Enlil o Marduk (el Bel de la Biblia, al que invocaban como "Novillo del Sol") etc., en forma de figuras de toros.
Al llegar Abraham a Canaán (lo que hoy sería Israel, la franja de Gaza y Cisjordania), los cananeos que habitaban la zona adoraban a los dioses EL y BAAL, entre otros (éste último, ampliamente combatido en la época de los Profetas), que eran representados por un toro.
Otros hechos nos inducen a pensar que para la casa de Abraham no les eran extrañas esas representaciones táuricas de los dioses. No olvidemos que la costumbre de adjetivar a sus dioses con apelativos comparativos con el toro, no suponía, "per se", un acto idolátrico en esencia. Era una forma de pontificar la importancia de las potencialidades de sus dioses: como la fuerza, el poder, la capacidad creadora, la justicia, la virilidad, la fertilidad, la ayuda, la protección, la lluvia, etc. etc.
En Génesis 33,20 se narra que Jacob (que significa “engaño” o “el que suplanta” o también “talón”, ya que nació agarrado al talón de su hermano Esaú; Gen,25,26-27), tras el encuentro y reconciliación con su hermano Esaú, al llegar a Siquem: “… alzó allí un altar, que llamó “El Elohe Israel”(El, Dios de Israel) (Ge,33-20)

El nombre de EL lo encontramos en la Biblia en varias ocasiones. Por ejemplo, cuando se relata el episodio en el que Benjamín, cuando bajó con sus hermanos a Egipto a comprar trigo y José ordena a su mayordomo: "... Pon también mi copa -le dijo-, la copa de plata, en la boca del saco del más joven, juntamente con el dinero..."(Gen,44,2) y así poder acusarlo de robo y retenerlo, al tiempo de exigirles, al resto de los hermanos, que llevasen a Egipto a su padre Jacob para verle y abrazarle, dándose a conocer posteriormente a sus hermanos (Gen,45,3). Tras el temor, desconfianza y estupefacción inicial de Jacob, una vez convencido, emprende viaje al reencuentro con su hijo José: “... y al llegar a Beerseba (al suroeste del mar Muerto) ofreció sacrificios al dios de Isaac”. Entonces Dios le habló en visión nocturna y le dijo: “Jacob, Jacob; él contestó: “Heme aquí”, y le dijo: “Yo soy EL, el Dios de tu padre; no temas bajar a Egipto…”(Gen,46,2-4).
Otros datos podrían aportarse al respecto, siempre escrutando el texto bíblico, que ponen de manifiesto la familiaridad del pueblo de Israel con apelativos táuricos para referirse a su dios. No olvidemos que una de las costumbres, en tiempo y época posterior a Moisés, era el que no debía pronunciarse el tetragrama Yhvh (Yahveh) en sus invocaciones, por ser demasiado sagrado y en sus oraciones usaban el nombre de Adonai, que significa “El Señor”(y aparece unas 300 veces en el A.T.). Incluso en la actualidad, en el judaísmo, se enseña que: “En vez de pronunciar YHVH durante la plegaria, los judíos deben usar el de Adonai”.
Otros acontecimientos que nos inducen a pensar sobre la posible, llamémosla, contaminación táurica, es la permanente presencia de asentamientos judíos en Egipto, en especial en el Delta del Nilo. La primera noticia que tenemos, de la presencia de pastores nómadas en esa zona del Nilo, es la bajada de Abraham a Egipto, donde la Biblia nos descubre que Sara era aún, a pesar de su edad, una mujer de una hermosura atrayente. Abraham le dice a su mujer: "Mira que se que eres mujer hermosa, y cuando te vean los egipcios dirán:"Es su mujer", y me matarán a mí, y a tí te dejarán la vida; dí, pues, te lo ruego, que eres mi hermana, para que así me traten bien por tí, y por amor de ti salve yo mi vida". (Gen,12,11-14 y sig.).

Tanto Abraham como más tarde Jacob, habitaron durante algún tiempo en las tierras del Delta del Nilo, en el Nomo 20 (provincia) del bajo Egipto, que era donde se encontraba la región de Gosen, que se circunscribía entre las ciudades de Heliópolis al Sur, Tanis y Mendes al Norte y Bubastris al Oeste. Precisamente ahí permaneció Jacob durante 17 años: "Habitó Israel en la tierra de Egipto, en la región de Gosen, y adquirieron allí posesiones, creciendo y multiplicándose grandemente. Vivió Jacob en la tierra de Egipto diecisiete años..." (Gen,47, 27-28)

Al parecer la presencia de pastores nómadas israelitas, y pueblos aledaños, en Egipto, era algo común entre los siglos XV y XII a.C., y quienes bajaban al Delta del Nilo y: “pasaban los puestos fronterizos egipcios, eran registrados y recibían la indicación del lugar donde podían permanecer…”(3). En un informe al faraón, de un funcionario de frontera, hacia el año 1200 a.C. le dice: “Hemos acabado por permitir el paso de las tribus Ahasu de Edom (conocidos como edomitas, su territorio estaba situado al sureste del Mar Muerto) a través de la fortaleza del (faraón) Merenptah (1224-1214 a.C., hijo de Ramsés II y fue el Faraón que persiguió a Moisés) en Tkw hasta el estanque de Pithom (en Pithom había unas canteras importantes)... para que ellos y sus rebaños puedan sobrevivir en la gran propiedad del faraón, el buen sol de todas las tierras…”. (3)
Precisamente y con el deseo de eliminar toda esa contaminación idolátrica que arrastraba el pueblo de Israel desde sus orígenes, mas la adquirida durante su permanencia en Egipto, es por lo que Dios prescribe al principio del Decálogo (Los Diez Mandamientos) en el monte Sinaí: “… No te harás esculturas ni imagen alguna de lo que hay en lo alto de los cielos, ni de lo que hay abajo sobre la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra…”(Ex,20,4-5), incluso más adelante le pide a Moisés que ni siquiera el pueblo se haga imágenes de Él: “… No os hagáis conmigo dioses de plata ni os hagáis dioses de oro…”(Ex,20,23-24). Este párrafo es en el que se fundaba el movimiento iconoclasta, en especial en el siglo VIII d.C., con comportamientos como el del emperador bizantino León III, el "Isaurio", que ordenó la destrucción de todas las figuras e imágenes religiosas en el 730 d.C., hasta que en el II Concilio de Nicea, en el 787 d.C., se reafirmó la veneración de iconos.
Mas volvamos a retomar el contacto con el pueblo de Israel y, en concreto, acompañar a las gentes del Éxodo para conocer sus afanes y penurias, así como saber de sus prácticas religiosas y su totemismo relacionado con el toro.
In bíblicus témpore”, perdón por el latinajo, pero en aquel tiempo bíblico ocurrió que: “viendo el pueblo que Moisés tardaba en bajar de la montaña (el monte Sinaí), se reunió en torno de Arón (en su calidad de sacerdote judío) y le dijo:”Anda, haznos un dios que vaya delante de nosotros… Todos se quitaron los arillos de oro que llevaban en las orejas y se los trajeron a Arón. El los recibió de sus manos, hizo un molde y en él un becerro fundido, y ellos dijeron:”Israel, ahí tienes a tu Dios, el que te ha sacado de la tierra de Egipto”(Ex.32, 1-4). Así describe la Biblia el momento en que Arón, hermano de Moisés, funde el Becerro de Oro y, además: “Al ver esto Arón, alzó un altar ante la imagen y clamó: “Mañana habrá fiesta en honor de Yahveh.”(Ex.32, 5).
Sólo estos dos pasajes, del segundo libro del Pentateuco, ponen de manifiesto que los años vividos por el pueblo de Israel en tierras egipcias no fueron en vano, ya que implicaron la adopción, o tal vez el sincretismo, de ciertas creencias religiosas egipcias en aquellas teofanía (del griego theos=Dios, y faino=aparecer; no confundir con el plural “teofanías” que eran las fiestas realizadas en Delfos en honor de Apolo, al comienzo de la primavera), mediante las cuales un dios se manifiesta a sus fieles en formas diversas.
Uno de los últimos descubrimientos, del arqueólogo norteamericano Ron Wyatt, fue el hallazgo, al parecer, del altar erigido por Arón en el monte Sinaí para el Becerro de Oro, en cuyo pedestal se han descubierto unos grabados de toros, como puede apreciarse en las imágenes que se muestran, encontradas en Internet y corrobora la veracidad de la existencia del pasaje bíblico.




He ahí el primer problema táurico de Moisés quién, tras el berrinche, “… Tomó el becerro que habían hecho y lo quemó, desmenuzándolo hasta reducirlo a ceniza, que mezcló con agua, haciéndosela beber a los hijos de Israel”(Ex.32,20). A fe que nunca un agua estuvo tan áuricamente enriquecida.
Fueron estos pasajes un hecho ocasional, o puntual, del pueblo de Israel o de las gentes del Éxodo?. No parece que así fuese, a tenor de los datos que más adelante extraeremos.
A pesar del arrebato de Moisés, resulta curioso comprobar cómo este Patriarca hace uso del término táurico para bendecir a las doce tribus de Israel, en los llanos de Moab, antes de subir al monte Nebo, donde falleció sin pisar la “tierra prometida”. Así, al dirigirse a la tribu de José, les dijo: “…¡caiga sobre la cabeza de José, sobre la frente del elegido entre sus hermanos!. Primogénito del toro, a él la gloria”.(Dt.33,16-17)
De ésta metáfora pronunciada por Moisés, refiriéndose a la tribu de José, se desprende una analogía con el tratamiento que daban los sumerios al tercer dios de la tríada cósmica Enky, que se le conocía como “hijo del toro”, es decir, hijo del dios supremo sumerio An, a quién denominaban “El Padre Toro”. Por ello, de la alegoría “primogénito del toro”, puede desprenderse que la titulación táurica que hace Moisés, y que presumimos atribuida a Yahveh, no era algo arbitrario ni casual.

A propósito, el hecho de que a Moisés se le haya representado, tanto pictórica como escultóricamente, con una especie de cuernos sobre la cabeza, se debe a un error de San Jerónimo al traducir la Biblia, del hebreo al latín (“La Vulgata”), en concreto el párrafo del Ex,34,29: ”Y al bajar Moisés del monte Sinaí, traía consigo las dos tablas de la Ley; mas no sabía que a causa de la conversación con el Señor, despedía su rostro rayos de luz”. Al parecer el verbo hebreo “qaran” o “karan” significa “emitir rayos de luz”, mas si se usa como sustantivo significa “cuerno”. Por ello, San Jerónimo interpretó que sólo Cristo debía resplandecer con rayos de luz y optó por la segunda fórmula y tradujo al latín: “… quod cornuta esset facies sua”(6). De ahí que Miguel Ángel esculpiese a Moisés, en el siglo XVI, de esa guisa, cuya obra se encuentra en la Basílica del Vaticano, en la tumba del Papa Julio II (1503-1513), que fue el que ordenó la construcción de la actual Basílica de San Pedro.
Otra curiosidad de ese mismo capítulo de la Biblia y que se tradujo en una costumbre permanente para el Islam, es que al ver el pueblo el resplandor facial de Moisés temía acercarse a él, mas él los llamó y: “Cuando Moisés hubo acabado de hablar, se puso un velo sobre el rostro…”(Ex,34,33). Por eso, en todas las representaciones pictóricas, los musulmanes siempre reproducen a Mahoma con el rostro cubierto por un velo, en señal de respeto.
Un caso anecdótico, pero ilustrativo, es cuando se realizó el reparto de la tierra a las doce tribus de Israel, efectuada por Josué, donde se narra que la parte que correspondía a la tribu de José se dividió entre Efraím y Manasés, hijos de éste y de su esposa egipcia Asenet (a José el faraón le dio el nombre de Zafnat Paneaj, Gen,41,45 -hija de un sacerdote del dios Ra en la ciudad egipcia de On, en griego Heliópolis, la “Ciudad del Sol”, llamado Put-ifar, es muy probable que todo esto ocurrió en tiempos del faraón Amenemhat III -1844-1797 a.C.- de la XII Dinastía.). Los de la tribu de Leví no recibieron territorio alguno, ya que era la tribu sacerdotal de todo Israel. Cada tribu tenía su estandarte (según se describe en el Midrash, un método de exégesis judío dirigido a la investigación de la Torá), y precisamente señala que los correspondientes a las tribus de Efraím y Manasés tenían bordado un Toro dorado. Lo mismo que la de Judá tenía bordado un león, de ahí el término “león de Judá”. Estas simbologías, se puede afirmar, provienen de cuando Jacob bendice a sus hijos antes de morir (en Egipto) y relatado en Gen.49,9: “Cachorro de león, Judá…” y en el mismo capítulo, versículo 22 dice: “José es un novillo, un novillo hacia la fuente…”

Decíamos, también, que el episodio del becerro de oro no era un hecho puntual ni aislado en la historia del pueblo de Israel, ya que pasado el tiempo, transcurridos alrededor de 300 años desde la salida de Egipto (hacia 1220 a.C. aprox.), se produce otro episodio de similares características.
Ocurrió que tras la muerte de Salomón (931 a.C.) y como consecuencia de las idolatrías postreras del sabio monarca, o al menos las consentidas por él a sus ”…700 mujeres y las 300 concubinas…” de su harén (1Re.11,3), unido a los fuertes impuestos con los que oprimió al pueblo, para la construcción del Templo y el mantenimiento del Palacio, casi todas las tribus de Israel se sublevaron contra su hijo y sucesor Roboam (931-913 a.C.), al cual sólo secundaron las gentes de las tribus de Judá y Benjamín, asentándose en el sur de Israel y estableciendo la corte en Jerusalén, pasando a llamarse Reino de Judá (este episodio se relata en 1Re,12,16 y siguientes). El resto de las tribus, que se establecieron al norte del territorio, formando el Reino de Israel, eligieron como rey a Jeroboám (931-910 a.C.), efraimita, recaudador de tributos de las tribus de Efraím y Manasés en tiempos de Salomón. Antes de ser elegido rey, en vida de Salomón y por diferencias con éste, huyó a Egipto donde se casó con la cuñada del Faraón Sheshonq I (945-924 a,C.), este Faraón, conocido en la Biblia como Sosaq ó Sesac, tomó y saqueó Jerusalén el año 925 a.C. y se apoderó de los tesoros del Templo y los del Palacio de Salomón, reinando su hijo Roboam.(2Cron 12,9)

Para evitar que el pueblo fuese a Jerusalén, a adorar a Yahveh y al Arca de la Alianza y lo que es más importante, el pago de los diezmos de todos los productos que el pueblo debía entregar al templo, Jeroboam organizó un clero particular e “hizo dos becerros de oro, y dijo al pueblo: «Basta ya de subir a Jerusalén. Este es tu dios, Israel, el que te hizo subir de la tierra de Egipto. Hizo poner uno de los becerros en Bétel y el otro en Dan…» (1Re.12, 28-30)
Esos hechos idolátricos no se extinguieron con la muerte de Jeroboam, ya que permanecieron inalterables a lo largo del tiempo. Durante el reinado del rey de Israel Omrí (886-875 a.C.) se dice que: “… en el centro del lugar de culto en Samaría había ya un ídolo dorado con forma de toro, que Jeroboam había erigido como imagen de culto para los hebreos”.(4)
El culto a los becerros siguió hasta la desaparición del reino de Israel, y su conversión en provincia asiria por Salmanasar V en el año 722 a.C., al negarse a pagar impuestos y pedir ayuda a Egipto Oseas (730-722 a.C.), último rey de Israel, quien fue cegado y llevado cautivo a Asiria, junto a la mayoría de la población que fue deportada y sustituida por arameos y caldeos. Esa deportación masiva consiguió que las tribus se diluyeran entre los asirios, por lo que en adelante se las llamó “Las diez tribus perdidas de Israel”.
Igual castigo sufrió el rey de Judá Sedecías (597-587 a.C.), por el mismo motivo de aliarse con Egipto y negarse a pagar los tributos establecidos por el rey babilonio Nabucodonosor II (630-562 a.C.), quien ordenó que: “Apresaran al rey y le llevaran al rey de Babilonia, a Ribla, y le sentenciaron. Los hijos de Sedecías fueron degollados en su presencia; a Sedecías le sacaron los ojos, y cargado de cadenas de bronce, le llevaron a Babilonia”. (2Rey.25,6-8). A continuación se relata que:"... Nebuzardán, jefe de la guardia, servidor del rey de Babilonia, entró en Jerusalén, quemó el Templo de Yahveh, el palacio real y todas las casas de Jerusalén..."(2Rey.25,8-10). La destrucción del Templo de Jerusalén se produjo en el año 586 a.C., en el año decimonoveno del reinado de Nabucodonosor II.
A lo largo de toda la existencia de Israel, como reino, son numerosos los pronunciamientos, las ofensivas y la lucha que mantuvieron varios profetas contra esas prácticas idolátricas del “Becerro de Oro”. Entre otros podemos citar al profeta Elías, que vivió en el s. IX a.C., del que se dice que en los enfrentamientos con los profetas de Baal: “… llegó a matar a los sacerdotes de Baal con sus propias manos, al pié del monte Carmelo”(5). La Biblia lo describe así: “Y dijo Elías: “Prended a los profetas de Baal, sin dejar que escape alguno”. Apresáronlos ellos, y Elías los llevó al torrente de Cisón, donde los degolló.” (1Rey,18-40)
Otro profeta que lucha contra la idolatría de Israel es Amós (hacia el 750 a.C.), en cuyo libro se nos da cuenta que se produjo en aquella época un terremoto: “… y en los días de Jeroboam II (784-753 a.C.), hijo de Joas, rey de Israel, dos años antes del terremoto…”(Amos,1,1). Este profeta exhorta a seguir a Yahveh y en caso contrario predice los castigos a los que serán sometidos: “… haré justicia de los altares de Betel y serán derribados los cuernos del altar y caerán a tierra…”(Amós,3,14)
El profeta Oseas (800-725 a.C.) también predica contra el destino catastrófico de Israel, que ya predijo Amós, y rechaza las herejías de Israel: “Yo rechazo tu becerro, Samaría… y será llevado cautivo el día de Yahveh el becerro de Samaría”. (Oseas,8,5). Y suya es la frase, tantas veces repetida, como ejemplo de las consecuencias de los malos comportamientos: ”Pues siembran vientos, recogerán tempestades…”(Oseas,8,7), y más adelante se escandaliza del comportamiento de Israel: “Y ahora continúan pecando; de su plata se hacen obras fundidas, ídolos de su invención, obra de artífices todo ello. Y a ellos dirigen la palabra, ofrecen sacrificios. ¡Hombres dando besos a los becerros!”. (Oseas,12,2-3)
Le sigue Isaías (s. VIII a.C.) dedicando su ministerio a clamar contra las abominaciones de Israel: “…pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento…(Isa,1,3). Los impíos, los pecadores, todos a una serán quebrantados; los desertores de Yahveh serán aniquilados”(Isa,1,28) al tiempo que clama contra los samaritanos tachándolos de borrachos: “Y también ellos se tambalean por el vino y vacilan por los licores. Sacerdotes y profetas se tambalean por los licores, se ahogan en vino…”( Isa,28,7-8). Todo esto ocurría en tiempos del rey Manasés (rey de Judá 697-642 a.C.), contra quién también se enfrentó por permitir y tolerar cultos asirios, incluso en el mismo templo de Jerusalén. Dicen que murió aserrado por la mitad. Según una leyenda, Isaías, al intentar escapar de la ira de Manasés, se ocultó dentro de un árbol hueco y Manasés ordenó cortar el árbol con Isaías en su interior. A este suceso parece que se hace referencia en (Hebreos,11,37). En Isaías encontramos, tal vez, la primera descripción de la redondez de la Tierra: “Está El sentado sobre el círculo de la tierra”(Isa, 40, 22). Este concepto se divulgó, más tarde, por el filósofo griego Anaximandro (610-545 a.C.)
Otro personaje interesante, que nos desvela también esas idolatrías, es Tobías, que estuvo cautivo en Nínive en tiempos del rey asirio Senaqerib (705-681 a.C.) quien relata en su libro lo que confiesa su padre Tobit y que pone de manifiesto los cultos practicados por su gente: “Siendo yo joven (dice su padre), vivía en mi patria, en la tierra de Israel, y toda la tribu de Neftalí, mi padre, se había apartado del templo de Jerusalén…Todas las tribus, que a una habían apostatado, sacrificaban a Baal, el becerro, y asimismo la casa de Neftalí, mi padre”.(Tob,1,4-6)
Y ya por último, cabe la sospecha que ciertas prácticas de paganismo seguían en vigor en Samaría, en tiempos de Jesús, a pesar de que durante el destierro babilónico, del pueblo israelita, y tras la vuelta del mismo, los sacerdotes se esforzaron en unificar el culto y las creencias en un solo dios, Yahveh. Hay un hecho significativo que nos relata el evangelista San Mateo, que pone de manifiesto la existencia de ciertas idolatrías, tal vez residuales, cuando Jesús envía a los apóstoles y les confiere la cualidad de sanar, resucitar, curar a leprosos etc. pero les aconseja: “A estos doce los envió Jesús, haciéndoles las siguientes recomendaciones: No vayáis a los gentiles ni penetréis en ciudad de samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel…”(Mat,10,5-6)
Amplias y abundantes son, también, las referencias que encontramos en la Biblia sobre los Querubines(del sumerio Kerub), aquellos toros alados androcéfalos que describí en mi primer artículo sobre éste tema, cuya finalidad era la de servir de guardianes de templos, palacios y lugares sagrados, utilizados en todo “el creciente fértil”. Con ello se pone de manifiesto que la familiaridad del pueblo hebreo con el toro, era tan habitual como reiterada.
Sin detenernos en detalles, cabe la presunción de que fueron querubines, o toros alados androcéfalos, los que Dios “… puso delante del jardín de Edén un querubín, que blandía flameante espada para guardar el camino del árbol de la vida”.(Gen,3,24); o los dos querubines que Dios ordenó a Moisés fabricar, de oro macizo, para ponerlos encima del Propiciatorio, la tapa del Arca de la Alianza: “Harás, además, dos querubines de oro macizo; los harás en los dos extremos del propiciatorio: haz el primer querubín en un extremo y el segundo en el otro. Los querubines formarán un cuerpo con el propiciatorio, en sus dos extremos”.(Ex,25,18-21), y por igual mandato le ordenó construir la Morada con: “… diez tapices de lino fino torzal, de púrpura violeta y escarlata y de carmesí con querubines bordados ”(Ex.26,1-2).
También Salomón “Hizo en el santuario dos querubines de madera de olivo, de diez codos de altura (cada uno). Cinco codos era el largo de una de las alas y cinco el de la otra,…(1 codo = 45 cm.) …También cubrió de oro los querubines…”, que puso en el recinto interior del Templo de Jerusalén, e iguales figuras hizo esculpir, y revestir de igual metal, en los batientes de las puertas de dicho templo. (1Re.6,23-30)











Pila bautismal S. Bartolomé de Lieja .................Pila Iglesia Mormona Sal Lake, Utah

Pero lo más espectacular que hizo construir Salomón, en el templo de Jerusalén, fue el llamado “Mar de bronce”, fundido en dicho metal por un artesano de Tiro; “… redondo, de 10 codos de diámetro, y 5 de alto, con capacidad de 2.000 batos…” (1 bato = 37 litros), el cual: “Se apoyaba sobre doce toros, tres mirando al Norte, tres mirando al Oeste, tres mirando al Sur y tres mirando al Este; el Mar estaba sobre ellos, quedando sus partes traseras hacia el interior…” .(1Re.7,23-27). Además estaba adornado con: “un cordón de treinta codos los ceñía en derredor... adornado de dos filas de figuras de toros, diez por cada codo...”. (2 Cr.4, 2-3)
La fuente de los leones de la Alhambra de Granada está inspirada en aquella fuente jerosolimitana.
Plácido González Hermoso.
Bibliografía:
1.- Federico Lara Peinado, “Himnos Sumerios”, pag.25. Edicc. Tecnos
2.- Federico Lara Peinado, “Himnos Babilónicos”, pag.7. Edicc. Tecnos
3.- Manfred Claus, “Antiguo Israel”, pag.16. Edicc. Acento 2001
4.- Idem, pag.58.
5.- Idem, pag.61.
6.- Ian Caldwell y Dustin Thomason. El Enigma del Cuatro. Ed. Roca 2004
Biblia Vulgata, Ed. Océano
Biblia “Nácar- Colunga”, Ed. B.A.C.