miércoles, 25 de febrero de 2009

LA CARNE DEL TORO - I

Desde la antigüedad, las excelencias atribuidas a la carne del toro, en muchas épocas pregonadas como luego veremos, eran tan variadas como las propias creencias que las sustentaban. Unas consideraban transmisible las propiedades del animal y por tanto las condiciones de fuerza, de potencia o de virilidad podían ser adquiridas por la persona que comiese la carne de este animal. Otras creencias sobre la transmisión de la potencialidad del toro, en el caso que nos ocupa, llegaban incluso a asignarle aspectos apotropáicos (propiedad de desviar las influencias maléficas), encuadrados en los sacrificios encaminados a aplacar la ira de los dioses.
En realidad los ritos de sacrificio tenían por finalidad la consagración de una persona, animal o cosa a la divinidad y desempeñaron el papel principal del culto. La ingestión de la carne del toro sacrificado suponía un ágape compartido con los dioses.
En Persia, la ingestión de las partes del toro, por las propiedades benéficas que podía transmitir, las encontramos registrada desde épocas muy antiguas, a tenor de una cita de Zoroastro censurando al dios Yima “por ser el primero que se aficionó a comer las partes del toro”. Este profeta y reformador de la religión aria, había declarado proscritos los sacrificios de toros, debido a la animadversión hacia los cultos al dios Mitra.
Parecida costumbre la encontramos, corriendo el tiempo, en nuestro rey Fernando el Católico, quien siguiendo la tradición de que la potencialidad sexual del toro era transmisible y deseoso de tener un hijo con su segunda esposa, Germana de Foix, se hacía servir frecuentemente de platos cocinados con testículos de toro, en la creencia de aumentar su virilidad. Una leyenda aseguraba que murió, cuando se dirigía a Guadalupe (Murió el 23 de Enero de 1516 en Madrigalejo (Cáceres), cuando iba a asistir al capítulo de las órdenes de Calatrava y Alcántara en el Monasterio de Guadalupe), por darse un atracón de criadillas de toro, aunque otra leyenda afirmaba que fue de una indigestión al beber la sangre del tauro.(3 y 4)
Más recientemente nos topamos con un negro personaje, de triste recuerdo para la humanidad, utilizando otra receta, aunque con distinto fin, como dice David Irving en “La Guerra de Hitler”, “...padecía Hitler periodos de negra depresión que el Doctor Morell procuraba combatir con inyecciones de hormonas de Prostakrinum (extracto de próstata y vesículas seminales de toros jóvenes), que le suministraba en días alternos”.(3)
La utilización de los atributos y la carne del toro tuvieron también otras significaciones. Los egipcios utilizaban las partes del toro en los rituales funerarios para realizar el ritual de “La apertura de la boca de los difuntos”, citado en el “Libro de los Muertos”, “introduciendo en la boca del cadáver la azuela, el instrumento de Anubis o bien los testículos de un toro sacrificado, en la creencia de que le restituía el uso de la lengua y el poder creador que posee la palabra en la otra vida”. Después de descuartizar la víctima ofrecida al difunto por sus parientes y amigos, se depositaba ante la momia “el muslo y el corazón del animal sacrificado donde se ocultaba el alma del difunto”. (1)
Los aspectos benéficos y prodigiosos que poseía la carne de los toros, estaban bastante arraigados entre los habitantes del Nilo, que empleaban la carne y la grasa de buey como primer remedio para ciertas heridas, según se relata en el papiro médico de Ebers.
El hecho curioso de que no se encontrasen sepulturas de toros Apis durante los períodos más antiguos, cuando las pruebas textuales del culto a Apis viviente son muy antiguas, planteaba ciertas interrogantes. Se ha llegado a suponer que no habían podido existir materialmente, porque el rey se habría comido al toro para apropiarse de sus fuerzas. Al parecer en las primeras dinastías se practicaba la teofagia ritual. Esta hipótesis se basaba en un texto conservado en las
paredes de las pirámides y conocido con el nombre de “Himno al rey caníbal”.









Según la Doctora Vázquez Hoys (20), “este pasaje, conocido como el "Himno caníbal", se encuentra grabado en las 2 primeras pirámides que incluyen textos: la de Unas (o Unis, 2342-2322 a.C., V dinastía) y la de Teti (2322-2291 a.C. VI dinastía). Constituye uno de los pasajes posiblemente más antiguos de los Textos de las Pirámides y en él se describe el canibalismo de Unas con los dioses:
"Unas es el Toro del Cielo, que conquista según su voluntad;
que vive de la existencia de cada dios, que come sus entrañas,
cuando vienen con sus cuerpos llenos de magia desde la Isla del Fuego

Este texto describe al faraón apoderándose del poder de los dioses al comer ciertas partes de sus cuerpos.(2)
Otro aspecto sobre la creencia en la transmisión de los poderes genésicos del toro lo encontramos en el pueblo cacereño de Coria, donde tienen la costumbre de correr por las calles de la ciudad “el toro de San Juan”, en tan señalada fecha, donde tuve el gozo y la zozobra de participar cuando era joven. Durante su celebración los mozos clavan al toro infinidad de dardos o flechillas, llamadas soplillos, que son adornados por las novias y tras ser asaeteado y agotado le dan muerte. Muerto el toro se produce una verdadera competencia entre los mozos por arrancar el escroto del animal, como trofeo y fetiche de trasunto sexual. El que lo consigue se dirige a casa de la novia para mostrárselo, en la creencia de que, en dicho acto, se asegura la fertilidad de la pareja. Este ritual, encuadrado en la antigua tradición extremeña de “el toro nupcial”, se practicaba ya en tiempos y con los privilegios concedidos por Alfonso VII (1105-1157) y se halla registrado, "el toro nupcial", en un grabado de las Cantigas de Santa María, de Alfonso X El Sabio.(5)
En otras regiones españolas estaba, también, bastante arraigada la costumbre de considerar que la carne de los toros muertos, con motivo de fiestas de santos, poseían propiedades especiales y actuaban como medicina para enfermedades.
Sobre el aspecto apotropaico de la carne del toro, nos relata el abulense Padre Pedro de Guzmán S.J. en su obra “Bienes del honesto trabajo y daños de ociosidad” de 1.614: “Pues ¿qué diré de lo que el vulgo tiene tan recibido, persuadido que las carnes del toro muerto en estas fiestas de Santos, guardadas como reliquias son contra calenturas y otras enfermedades y para remedio de los nublados?”.
Otras veces se celebraban las festividades de santos con ritos y ceremonias, empleando un toro en evitación de plagas o calamidades, como ocurría con el dedicado a San Urbano, corriéndose un toro en su festividad, el 31 de octubre, para proteger las viñas de las heladas.(6)

Un caso curioso, encuadrado entre los ritos llamados “Caridades”, que se sigue celebrando en la actualidad, con igual intensidad desde el siglo XVI, es el que realizan en Hiendelaencina (Guadalajara), el día 28 de agosto, con motivo de las fiestas de San Agustín, donde una vaca ensogada es corrida por los mozos y llevada, al final del divertimento, a la plaza del pueblo, donde es atada a una columna del Ayuntamiento y apuntillada por el alcalde.
Una vez descuartizada la vaca se cocina con su carne la famosa “Sopa de San Agustín”, que luego se reparte en el atrio de la iglesia donde, tras ser bendecida y probada por el cura párroco, todos los asistentes, pobres, vecinos o visitantes, la degustan con cierto fervor, en la creencia que la ingestión de la “sopa del santo” es buena como remedio contra ciertas enfermedades.
Al finalizar el banquete comunal, el alcalde y el cura párroco se asoman al balcón del ayuntamiento y arrojan a la multitud los huesos de la vaca que “los vecinos se disputan como si se tratase de una reliquia sagrada, que luego guardan con veneración en sus casas, y a los que se les atribuyen auténticos milagros”.(7)
Tendrá este ritual algún nexo o reminiscencia con el que realizaban los reyes de la Atlántida, que el filosofo Platón (quien por cierto era un gran comedor de higos), en su obra “El Kritías”, nos describe la forma que tenían los reyes de la Atlántida para abatir al toro, cuando lo inmolaban a Poseidón?: “...cuando debían tratar de cuestiones jurídicas se daban pruebas de fidelidad en la siguiente forma: Soltaban los toros en el recinto consagrado a Poseidón (el Heraklion)... después de suplicar al dios que les permitiese capturar la victima que le pareciera más grata, sin armas de hierro, le daban caza con garrotes y lazos. Arrimaban a la columna el toro apresado y lo ejecutaban en su cima como estaba prescrito...”
Sobre esta y otras festividades, descritas anteriormente, valga el comentario que al respecto hace el erudito y anti-taurino Vargas Ponce: “Se estremece la humanidad al contemplar las reses que robaron a la labor las simultaneas canonizaciones de san Ignacio y san Javier, san Isidro y santa Teresa. Treinta corridas en lugares donde había conventos ensalzaron la gloria de esta reformadora de las costumbres y en ella perecieron más de doscientos toros”.(6)
El alto precio de la carne hizo que su consumo fuese prerrogativa solo de las divinidades y de las clases más acomodadas. Animales cebados para uso profano o religioso son mencionados en diversos pasajes de la Biblia o en el Libro de los Muertos y reservados como víctimas de mayor valor cultual en los sacrificios.
Escudriñando el texto bíblico encontramos, con profusión descriptiva, las condiciones que debían reunir los animales para que los sacrificios ofrecidos a Yahveh fuesen válidos: “...Cuando uno ofrezca a Yahveh ganado mayor...la víctima, para ser aceptable, ha de ser perfecta, sin defecto. Un animal ciego, cojo o mutilado, ulcerado, sarnoso o tiñoso no se lo ofreceréis a Yahveh ...No ofrecerás a Yahveh un animal que tenga los testículos aplastados, hundidos, cortados o arrancados...”.(8)
Los sacerdotes tenían ciertos privilegios sobre el reparto de la carne de las víctimas inmoladas: “Estos serán derechos de los sacerdotes sobre aquellos que ofrezcan en sacrificio un buey o una oveja; se dará al sacerdote la pierna, las quijadas y el cuajar”.(9)
El cuajar es el fermento existente en las mucosas del estómago de los animales rumiantes y sirve para separar la caseína de la leche (el 80% de las proteínas) de la parte líquida o suero, imprescindible para la elaboración de quesos y cuajadas. Ha de entenderse siempre que, el uso del término buey era un término genérico y no se refiere al animal castrado como lo entendemos en la actualidad, si no al toro o novillo íntegro y sin defectos.
Es curioso comprobar cómo al autor bíblico le interesa dejar bien matizado que el privilegio de los sacerdotes, en el reparto de la carne, es a la pierna derecha y nunca se refiere a la pierna izquierda: “Daréis también al sacerdote, como ofrenda reservada, la pierna derecha de vuestros sacrificios de comunión”.(10)
En ciertas circunstancias se prohibía el consumo de la carne del toro, si éste atacaba a alguna persona y le causaba la muerte: “Si un Buey acornea a un hombre o a una mujer, y le causa la muerte, el Buey será apedreado, y no se comerá su carne...”, dice la ley mosaica.(11)
Una redacción parecida, sobre un buey que acornea, ya se recogía con anterioridad en el Código de Hammurabi (1728-1686 a. C.), donde se puede descubrir que la operación de proteger las astas de los toros, que parece una invención moderna de los ganaderos españoles, es algo bastante antiguo: “Artículo 251: Si el buey de un señor es bravo y el consejo de su distrito le informa de que es bravo, pero él no ha cubierto sus astas ni ha vigilado de cerca su buey y el buey acorneó al hijo de un señor y le ha matado, dará media mina de plata”.(1 mina= 600 gr.)
Para terminar, anotar que la forma de comer carne de los sacrificios era asada al fuego o cocida en calderos de cobre que poseían para estos menesteres. Aunque supongo que no habría recipientes suficientes para realizar uno de los mayores ritos de comunión de que se tiene conocimiento, como fue el realizado por Salomón al consagrar el Templo de Jerusalén: “...inmoló veintidós mil bueyes y ciento veinte mil ovejas en sacrificios eucarísticos... comiendo y bebiendo y regocijándose el pueblo durante siete días”. Esa sí fue una verdadera fiesta.(12)
Los egipcios representaron en sus tumbas el proceso de la muerte y descuartizamiento de las reses. Las patas eran las partes del toro más exquisitas para ellos. A este respecto Heródoto nos describe, con todo lujo de detalles, un ritual egipcio en el que solo se sacrificaban bueyes y becerros puros y de parecido ritual a lo ya relatado, con la variante de que la víctima era elegida por los sacerdotes quienes derramaban libaciones de vino y esencias sobre la víctima:







Cuando han despellejado al buey, rezan y extraen todos los intestinos, pero dejan en el cuerpo las vísceras principales y la grasa; cortan las patas, las nalgas, los hombros y el cuello. Y hecho esto llenan lo que queda del cuerpo del buey de panes de harina pura, miel, uvas pasas, higos, incienso, mirra y otros aromas; y así rellenado, lo queman vertiendo encima abundante aceite. Hacen el sacrificio en ayunas y, mientras arden las víctimas, todos se dan golpes de pecho; pero cuando terminan de golpearse, se sirven en un banquete las partes que se reservaron de las víctimas”, quemando los restos de la victima ofrendada.(13)
El mismo Heródoto nos informa también de los ritos sacrifícales de los persas, en los que se utilizaban victimas de toro preferentemente: “Y una vez que, tras haber descuartizado la víctima, ha hecho hervir la carne, esparcen en el suelo la hierba más tierna que le sea posible, generalmente trébol, y sobre ella coloca todos los trozos de carne. Y cuando los ha dispuesto, un mago, de pie a su lado, entona una teogonía, que es como ellos llaman a este canto; pues sin la presencia de un mago no les es lícito hacer sacrificios. Y tras un breve momento de espera, el sacrificante se lleva las carnes y hace de ellas lo que su buen sentido le dicte”. (14)

El citado autor griego nos relata también otro sacrificio realizado por los escitas (El escita fue un antiguo pueblo y cultura indoeuropea de las estepas del norte del mar Caspio) en los siguientes términos, “Todos los escitas tienen establecido el mismo rito sacrificial. La víctima está de pié, con las patas delanteras atadas, mientras que el celebrante, situado tras el animal, tira bruscamente del cabo de la cuerda, derribándolo e invocando a la divinidad a la que ofrece el sacrificio. A continuación le rodea el cuello con un dogal, introduce en él un palo, al que le va dando vueltas y la estrangula. Una vez estrangulada y desollada la víctima, se aprestan a cocerla y consumirla”.(15)
Para los griegos, las partes más importantes de la carne del animal era el lomo el de mayor preferencia y era la pieza reservada a los huéspedes. Homero nos relata, en la Odisea, el recibimiento dispensado por Menelao a Telémaco “...les presentó con sus manos un pingüe lomo de buey asado, que para honrarle le habían servido”.(16)
Uno de los rituales de sacrificio y banquete comunal del toro, es el realizado en la ciudad de Magnesia (Tesalia), en honor de Zeus Sesípolis para obtener un año fructífero en las cosechas: “En el mes de heraión, la ciudad compraba el mejor toro del, mercado para dedicarlo a Zeus durante el mes de cronión (julio). En esa fecha, con gran solemnidad, la res era conducida al templo en una procesión encabezada por el sacerdote y la sacerdotisa de Artemis Leucofrine, principal deidad de la ciudad. Les seguía el sacrificador y dos grupos de jóvenes y vírgenes cuyos padres aún vivieses. El sacrificador rezaba una oración por la ciudad y por los habitantes, por la paz y por la fertilidad de cosechas y ganados. El animal elegido debía dar una señal de su consentimiento como víctima (arrodillarse, doblar la cabeza, etc.). Una vez lo hacía, se le mantenía apartado hasta el momento de su sacrificio, el 12 de artemisión (en torno al 6 de abril). Ese día se formaba otra comitiva parecida a la anterior. Se añadían miembros del senado, funcionarios y atletas victoriosos. Las imágenes de los doce dioses olímpicos, ataviados con sus mejores galas, debían estar presentes como invitados. El sacrificio se efectuaba ante el altar de Zeus Sosípolis. La carne era repartida y consumida por los participantes”.(17)

También en las famosas fiestas de las “Bufonías”, fiestas atenienses en honor de Zeus, la carne del toro o toros inmolados, debía ser cocinada antes de ser consumida en un banquete ritual. Lo mismo ocurría en las famosas fiestas de las panatenienses, que era el festival estatal de Atenas, con procesiones, juegos y premios y la realización de un sacrificio de animales de los que se repartía la carne.
En Grecia se celebra en la actualidad un holocausto ritual, de comunión general, donde participan todos los asistentes. Se celebra en el pueblo de Mandamados, en la isla de Lesbos, en el mar Egeo.
La fiesta consiste en la conducción de un buey, totalmente blanco, por las calles del pueblo hasta la iglesia. El toro es introducido en el interior para ser sacrificado de un tajo de machete en el pescuezo. Separada la piel del animal, se descuartiza. Los pedazos de carne se depositan en dieciséis calderos, donde son cocinados durante toda la noche, mientras la muchedumbre se entretiene en cantos y bailes. En la mañana del domingo, una vez han sido bendecidos los calderos, se reparten las pequeñas porciones de carne entre los numerosos asistentes”. Como curiosidad anotar que cuando conquistaron esta isla griega, se inmoló un Toro a Poseidón arrojándolo desde lo alto de los acantilados.(7)
En Creta, en los festejos en que los jóvenes saltaban sobre un toro, que se celebraban con ocasión de festividades religiosas, la muerte del toro no se producía en público sino al finalizar el festejo y su carne era repartida entre los asistentes.
En Francia eran famosas las procesiones del “Buey Gordo”, que se celebraba en París en el Carnaval, pero el más conocido era el “Buey del Corpus” de Marsella, en que se conducía un toro por las calles de la ciudad, ricamente engalanado con cintas y guirnaldas. En el recorrido del toro por la ciudad, las mujeres se le acercaban y hacían que los niños besaran al toro. Al día siguiente el toro era sacrificado y cuenta un autor del s.XVII, citado por Baroja, que este ritual era ya conocido en el s.XIV y que: “personas poco instruidas se apresuraron a obtener carne de este buey, que una persona mató al día siguiente a la fiesta del Dios”.(18)
Los Celtas usaban también grandes calderos al que le asignaban propiedades mágicas, como se relata en el mito de la “Rama de Los Mabinogi” donde se da la relación de regalos en los esponsales de Branwen, de los cuales el más valioso es un caldero mágico, hecho en Irlanda, que devolvía la vida a los guerreros muertos y se le conocía como “el caldero de la resurrección”.
Los mitos del toro son de gran importancia en la primitiva literatura irlandesa. El Tarbhfhess, era un rito adivinatorio que suponía el sacrificio de un toro y estaba presidido por los druidas. “La carne y el caldo de un toro eran consumidos por un hombre que, posteriormente, dormía y soñaba con el legítimo rey que había de ser elegido”.(19)
Plácido González Hermoso


BIBLIOGRAFIA
(1) --Albert Champdor.-“El libro egipcio de los Muertos”
(2) --Angel Alvarez de Miranda.-”Ritos y juegos del Toro”.
(3) --Urbano Esteban Pellón.- “El toro solar”
(4) --Fernando Sánchez Dragó, “Volapié, Toros y Tauromagia”
(5) –Fco. Flores Arroyuelo,“Del toro en la antigüedad”; y Juan Posada, en Atenea Semanal.
(6) --Luis del Campo.- “La iglesia y los toros”
(7) --Francisco Flores Arroyuelo, “Correr los toros en España”
(8) --Lev. 22, 21-25,
(9) --Deut.18, 3-4.
(10) -Lev.7, 32-33).
(11) -Ex.21, 28-29.
(12) -I Reyes, 8, 62-66.
(13) -Heródoto.- Historias, vol. II,40
(14) –Heródoto.- Historias, vol. I, 132
(15) –Heródoto.- Historias, vol. IV, 60)
(16) –La Odisea, rapsodia IV .-
(17) -Cristina Delgado Linacero.- “El toro en el Mediterráneo” pag. 292
(18) -Julio Caro Baroja, “Ritos y mitos equívocos”
(19) -Miranda Jane Green.- “Mitos Celtas”
(20) –Ana María Vázquez Hoys.- El himno caníbal (Declaraciónes 273 y 274)

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