viernes, 9 de abril de 2010

CORRIDAS PAPALES

Tal vez pudo parecer sorprendente lo expuesto en mi artículo “Curas Toreros” sobre las aficiones clericales a las corridas de toros (podéis leerlo en http://taurofago.blogspot.com/2010/02/curas-toreros-curiosidades.html), y los correspondientes desencuentros con las autoridades eclesiásticas. De su lectura pudo deducirse que tal afición solo arraigaba entre curas de pueblo, novicios o seminaristas.

Mas a pesar de lo sorprendente que pudiera parecer y como contradicción a las prácticas imperantes en la Santa Iglesia Católica, que decretaron varias prohibiciones papales contra las corridas de toros, intentando su total abolición en los reinos cristianos, también en la cuna de la Curia Romana se realizaron muchas corridas o cazas de toros, como así se las conocía en Italia, “en donde se corrían también, pero enmaromados y con perros, y aún hoy se observa en Italia;...”, según cita D. Nicolás Fernández de Moratín en su “Carta Histórica”(1775).

Ese mismo autor, en igual obra, sigue diciendo: “y no pudo ser menos que con este desorden y atropellamiento, la fatalidad que acaeció en Roma el año 1332, cuando murieron en las astas de los toros muchos plebeyos, diez y nueve caballeros romanos, y otros nueve fueron heridos; desgracia que no se verifica en España siendo el ganado mucho más bravo. Por este suceso se prohibieron en Italia ese año”.

Las fiestas a las que se refiere Moratín se dieron en tiempos del Papa Juan XXII (1316-1334), el que instituyó el famoso “Tribunal de la Santa Rota” de Roma, aunque es de justicia señalar que éste Papa nunca estuvo en Roma, ya que su papado transcurrió enteramente en la sede de Aviñón (Francia), que fue la sede papal mientras duró el llamado “Cisma de Occidente”.

A pesar de lo que dice Moratín, el desorden imperante en la mayoría de los festejos, romanos y españoles, provocaba que más de un clérigo denunciase los desmanes que se producían en dichos eventos, como lo reseña el Padre Pedro de Guzmán en su obra ”Bienes del honesto trabajo y daños de ociosidad”, de 1.614, cuando dice: “Es desgracia corriente tirar al toro una vara y clavarse en la cabeza o pecho del que está en el tablado”.

Por diversos autores tenemos conocimiento de varias celebraciones de corridas de toros en el mismísimo Vaticano.

Una de las ocasiones en que estas fiestas taurinas se celebraron en Roma fue en tiempos del Papa español Alfonso Borja, conocido como Calixto III (1455-1458), miembro de una influyente familia de Xátiva y gran aficionado a la música de campanas, hasta el punto de ordenar, siendo Papa, que todos los días del año, a las doce de la mañana, todas las campanas debían hacer sonar su broncínea melodía. Ese “talante festivo” del Pontífice, unido a su raíz hispana, nos lleva a presumir que también es probable que ordenara la celebración de algún festejo taurino con motivo de la canonización, recién elegido papa, de su paisano san Vicente Ferrer, en 1.455.

Igualmente existen referencias de celebraciones taurinas en tiempos del Papa Inocencio VIII (1484-1492), quien al parecer ayudó a Cristóbal Colón en el descubrimiento de América, y se sabe que celebró solemnemente la “toma de Granada” (por cuya gesta concedió a los reyes Isabel y Fernando el título de "Católica majestad", tras cuya distinción fueron conocidos como "Reyes Católico"). Suponemos que, con motivo de esas dos efemérides, las corridas de toros formarían parte de los festejos programados.
Tras la etapa de venalidad y nepotismo de Inocencio VIII, accede al solio pontificio otro español, nacido en Xátiva, de la famosa familia Borja o Borjias, para más señas, de nombre Rodrigo, que tomó el apelativo papal de Alejandro VI (de 1492-1503, fue elegido Papa cuando era obispo de Cartagena-Murcia de 1482-1492). Su vida disoluta y su ambición no tuvieron límites y de su relación licenciosa con una tal Vannozza Catanei le nacieron varios hijos, entre ellos César y Lucrecia, con la que el vulgo decía que, tras una relación incestuosa con su padre, tuvo un hijo conocido como “el infante romano”. Decir en su favor, a fe de no parecer ser un verdugón, que fue el que abrió la “puerta Santa” del Vaticano y encargó a Miguel Ángel la famosísima escultura de la Piedad.


Durante su pontificado se celebraron varias corridas de toros en el Vaticano y en una de ellas murieron dos hombres. Al parecer uno de los que destacó como torero de gran habilidad fue su propio hijo César (nombrado por su padre Obispo de Pamplona a los 16 años, y en él se inspiró Maquiavelo para escribir su obra “El Príncipe”), de cuyas hazañas se levantaron algunas estelas reseñando sus proezas, como la que relataba lo ocurrido en la corrida del 24 de junio de 1.500, celebrada detrás de la Basílica de San Pedro y que “...se enfrentó a pié con un trapo y una espada corta a cinco toros, llegando a separar la cabeza de uno de ellos de un solo golpe”.

Esas fiestas del "cacce di tori", como se las conocía en Italia, las continuó el sucesor de Alejandro VI, el antiespañol Julio II (1503-1513). Este mecenas de las artes, como la mayoría de los papas del Renacimiento (fue el que encargó la construcción de la actual Basílica de San Pedro y a Miguel Ángel el fresco de “El Juicio Final”), también con tres hijas ilegítimas, siguió con la costumbre de celebrar corridas de toros a pesar de que:“... ni el odio profundo que sentía a los Borjias -a quienes combatió ferozmente-, ni su antipatía a España impidieron la continuación de una costumbre tenida por genuinamente española e introducida por los Borjias”.

Otro evento conocido fue el acaecido el lunes de Carnaval de 1.519, y lo refiere el padre Julián Pereda, jesuita, que lo toma de la “Historia de los Papas” de J. Pastor y dice: “…se celebraba una gran corrida en la Plaza de San Pedro (la actual plaza se construyó posteriormente, entre 1656 a 1665, obra del escultor Bernini), a vista de León X (1513-1521, el que creó el “Monte de Piedad” para préstamos y el que excomulgó a Lutero), en la que por cierto murieron tres pobres hombres. Les costeó el Papa los espléndidos trajes a los toreros y se echaban de menos los tiempos del Cardenal Petrucchi que, por uno solo de estos trajes para los toreros, solía pagar hasta 4.000 ducados; corridas y más corridas se siguieron celebrando en años sucesivos, aunque no siempre, ni mucho menos, a la manera española, sino despeñando los toros por el Testaccio (un monte artificial hecho con los cascotes de las ánforas de barro que allí se rompían durante siglos, y que en su mayoría procedían de España, conteniendo aceites, vinos y la famosa “garum” de Cartagena y Mazarrón, una pasta de pescado macerado en salmuera, famosísima desde los tiempos de la dominación romana), y esperando los jinetes armados que los despedazaban en su loca huída con tan poco garbo como sobrada crueldad”. Otro tanto ocurrió en la corrida celebrada en el Capitolio, en tiempos de ese mismo Papa León X, en el carnaval del año 1.520, donde murieron dos hombres.

A este respecto, sobre las formas anárquicas de celebrarlos, nos dice el Padre Regatillo en “Casos de derecho Canónico, II” que: “innumerables gentes se apiñaban en la típica plaza de Navona para contemplar la lidia, sin que hubiera barrera ni más valla que la que ofrecían los cuerpos inermes de la multitud, se comprenderá lo brutal y condenable de tales espectáculos”.

Tras la pausa impuesta por el Saqueo de Roma en 1.527, las fiestas de carnaval volvieron a celebrarse en el año 1536, con la parcticipación popular, en la que: “se despeñaron por el Testaccio carros cargados con cerdos y unas corridas de toros en la que se despeñaron trece toros, que luego fueron despedazados a mandoble por caballeros que los esperaban en la caída”.

Otra fiesta de cacce di tori fue la que dispuso el Papa Paulo III en 1539 (el que convocó el Concilio de Trento, uno de los más importantes de la Iglesia Católica, y el que aprobó la fundación de los Jesuitas), para celebrar los esponsales de Octavio Farnese con Margarita de Austria, más conocida como Margarita de Parma, hija natural del Emperador Carlos V, que como podrán suponer estuvieron revestidas de la mayor suntuosidad y adornamiento.

Muchas corridas más se siguieron celebrando en años sucesivos en las que no faltaron, junto a las corridas de toros, carreras por la vía del Corso, a las que asistió como espectador Julio III (1550-1555), el que, por temor a perder las prerrogativas papales, clausuró el Concilio de Trento.

En 1556, el poeta francés J. du Bellay todavía pudo contemplar una corrida de toros en el carnaval romano, lo que le motivó para escribir tres sonetos, que reunió en su libro Regrets, donde cantó la suerte de la suiza…” según dice Flores Arroyuelo.

Once años después, de la muerte de Julio III, llegarían las famosas prohibiciones pontificias a las corridas de toros. El primero en intentarlo fue Pío V, quién ordenó al Gobernador de Roma que las prohibiese, bajo pena de muerte a quienes no acatasen la orden.

A decir verdad ni la Bula Salute Gregis de Pío V en 1567, ni la Exponis Nobis de Gregorio XIII en 1575, ni el Breve Nuper Siquidem de Sixto V en 1586, surtieron verdadero efecto en España, por diversas razones. Más eso pertenece ya a otro asunto, que tal vez desarrollaremos en otra ocasión.


Plácido González


BIBLIOGRAFIA
- Luis del Campo, “Pamplona y Toros. Siglo XVII”
- Vargas Ponce, “Disertación sobre las corridas de toros”
- Luis del Campo “La Iglesia y los Toros”
- Julio Caro Baroja “El estío Festivo”
- Francisco Flores Arroyuelo, “Correr los toros en España”
- P. Julián Pereda, S.J. “Los toros ante la Iglesia y la Moral”
- Urbano Esteban Pellón, “El Toro Solar”
- Padre José M.March, S.J., “Razón y Fé”
- Julio Gutiérrez Marqués, “Tauromaquia en tres tiempos”

sábado, 6 de febrero de 2010

EL TORO MEDIADOR DE LITIGIOS

A lo largo de los diferentes artículos de este Blog, hemos presentado al toro desde diversos prismas mitológicos, o, lo que es lo mismo, desde los distintos conceptos de tratamiento que, a lo largo de la historia, le han dado las diversas sociedades que lo conocieron; ponderándolo y solemnizándolo, hasta el punto de elevarlo a la categoría de mito y por tanto endiosándolo y rindiéndole culto, como ocurrió en Egipto o Turquía, por poner solo un ejemplo.
Hemos hablado de la utilización y simbolismo de la carne, de la sangre o de la piel y astas del toro. De la incidencia y presencia del toro en la esfera funeraria o de los diferentes toros mitológicos habidos en otras tantas culturas de la antigüedad.
Podría parecer que el tema está casi agotado en su totalidad, pero nada más lejos de la realidad. Al igual que nuestra fiesta de toros es riquísima en matices, en cromatismo, en plasticidad, en expresiones artísticas etc., por citar solo algunas peculiaridades, el mundo del toro mitológico es también una fuente inagotable de información, cuyos contenidos pueden ser del interés de, al menos, los que nos interesa y apasiona la historia mitológica del toro.
Además de los procedimientos citados, también son innumerables las circunstancias en las que el toro ha sido protagonista directo de hechos ocasionales, como fundación de ciudades, descubrimiento de vírgenes cristianas, milagros taurinos, portador de imágenes religiosas o la abundante representación iconográfica en iglesias y catedrales etc., que próximamente verán la luz en artículos venideros.
En el caso que nos ocupa, nos vamos a referir a las diversas ocasiones en las que el toro fue “el elemento colaborador necesario” para dirimir disputas locales o decisiones comunales, así como su participación en diferentes conflictos históricos de carácter bélico.
Una de esas ocasiones en las que el toro tuvo el protagonismo de intervenir para dirimir litigios entre pueblos nos lo facilita Julio Caro Baroja, en “El estío festivo”, narrándonos un acontecimiento acaecido en Asturias a finales del siglo XIX: “…en la zona más ganadera del principado, en los poblados de Yernes y Tameza, a comienzos del siglo presente oyó D.Manuel Pedregal a los más viejos vecinos que en cierta ocasión, con objeto de determinar los límites de su “obispalía” a los de Proaza, se determinó que lucharan dos toros, uno de cada parte, “sirviendo de punto de partida en el deslinde, con dirección determinada, el sitio donde llegase el toro vencedor”. (1)
El nombre del concejo proviene, al parecer, de las dos parroquias que lo integran, la de Santa María de Tameza y la de la Santa Cruz de Yernes, situadas en la zona centro-occidental del Principado asturiano, en la parte alta del río Cubia.
Precisamente en el escudo municipal de Yernes y Tameza, dividido en dos partes, aparece: en la parte superior, sobre campo de azur, una cruz de la victoria de oro, flanqueada por dos ángeles, en oro, postrados adorándola y en la parte inferior, sobre campo de sinople, dos toros enfrentándose, el de la izquierda de oro y el de la derecha de color plata. La inclusión de estos bovinos en el escudo viene a confirmar la posible veracidad de la leyenda.
Además, la presencia de los toros en el escudo de este concejo y la ausencia de los mismos en el de Proaza, nos inclina a suponer que la victoria cayó del lado de los de Yernes y Tameza. Hasta aquí la leyenda que contaban “los más viejos vecinos” del lugar.
Según relata la historia, ésta nos indica que en el año 1174 el rey Fernando II de León (el creador de la Orden de Santiago y enterrado en la catedral de Compostela) cedió los derechos sobre los terrenos a Oviedo, convirtiéndose, por aquel entonces, en un concejo de obispalía.
También en la “Galicia profunda”, pero más bien por el hecho de la Galicia de rancias raíces célticas y misteriosa, ocurrieron acontecimientos litigiosos donde la intervención del toro, parece ser, puso fin a una disputa local de carácter internacional.
El hecho se refiere a la lucha de dos toros sementales en la raya o deslinde entre el pueblo orensano de Muiños, con otro de Portugal, Montalegre, por la disputa de las tierras de la llamada "Raia Seca". Una zona de gran incidencia en la vida económica y social de las parroquias colindantes. Al parecer el hecho se remonta a épocas del nacimiento del país vecino, allá por el año 1.130 aproximadamente. Los límites de los dos términos territoriales de estos municipios, se fijarían en el lugar donde llegase el toro vencedor.
Esta celebración secular, conocida como "a chega dos bois" (“lucha de toros”), se celebra anualmente en Muiños (Orense), y todavía se sigue celebrando anualmente el día 5 de agosto, a pesar de que son muchas las voces (ecologistas) que se alzan contra dicha celebración. (2)
Parece ser que en el año 2.008 no se celebraron las chegas, por temor a sanciones económicas que “…es el motivo para que no se celebre en esta edición…” . A pesar de ello, se sigue manteniendo el reparto, a todos los asistentes, de la conocida “Sopas de burro cansado” que es una sopa de vino caliente con pan de trigo y azúcar, costumbre que se usaba como reconstituyente en los trabajos de campo y que fue adoptada para la fiesta.
Esta fiesta y su correspondiente lucha de toros, era seguida no solo por los propios lugareños si no por muchos habitantes de los municipios de la "raia ”, incluidos los del vecino Portugal.(9)
A pesar de estos impedimentos aún se siguen celebrando las peleas de toros o "a chega dos bois", en la zona de Montalegre, Portugal, además de en éste también se celebran en los pueblos cercanos de Vilar de Perdizes, Videferre, Pisoes y Barroso, cuyas peleas se conocen con el nombre de “chega”, “puxa” o “luta do boy” y se celebran en un lugar llamado “Lama do Touro”, que suele ser una amplia pradería donde se desarrollan estos combates con toros conocidos como “raza barrosa”.
Otro ejemplo de disputas la encontramos en una de las nueve parroquias del pueblo pontevedrés de A CAÑIZA, donde la imagen de Nuestra Señora de A Franqueira, conocida como “Virxe da Fonte”, una imagen tallada en piedra y posteriormente policromada, que se cree procede de la época románico-gótica o bien de fecha anterior al siglo IX, cuya imagen es paseada durante la procesión en un carro tirado por bueyes, el día de su festividad, que se celebra del 7 al 9 de septiembre, recorriendo las aldeas cercanas.












Según cuenta la tradición, cuando apareció la imagen en una cueva, de una zona conocida como "O Coto da vella", que se encuentra en el deslinde de las parroquias de Luneda y A Franqueira, los párrocos de las dos feligresías pretendían, como era lógico, llevar la imagen a su respectiva parroquia. Después de grandes discusiones sobre el tema, llegaron a un especie de solución "salomónica", decidiendo los habitantes de ambos pueblos que se subiera la imagen a un carro tirado por una pareja de bueyes, cuyos animales llevarían los ojos vendados para que no pudieran ver absolutamente nada. Hecho esto, dejaron los bueyes en libertad para dirigirse hacia donde el instinto los llevase, sin manejo alguno de personas. El lugar donde los bueyes se parasen sería respetado por todos y en dicho lugar habría de quedar la imagen de la Virgen, donde debía levantarse una ermita para rendirle culto y veneración.
Amplias y abundantes son, también, las referencias históricas que encontramos sobre el empleo del toro en acontecimientos bélicos, donde la utilización de estos animales fue de una importancia decisiva, como se pone de manifiesto en los siguientes eventos.
El historiador griego Diodoro Sículo (fines del s. I a.C.) nos informa que: ”Fueron los íberos quienes emplearon contra los cartagineses la estratagema, cuando el caudillo oretano Orissón acudió a Héliké (Ilici=Elche?) en socorro de los sitiados por Amílcar Barca (padre de Aníbal y suegro de Asdrúbal "el Bello"), de atacar a los cartagineses con carros de novillos bravos con teas encendidas en los testuces, en cuyo desastre Amílcar Barca (229 a.C.) pereció ahogado en la huída”. Es posible que ese hecho luctuoso ocurriese en el río Vinalopó, o bien en el río Segura, ya que la desembocadura de ambos distan tan solo unos pocos kilómetros de Elche.(3)
Otra variante de este relato es la del historiador griego Apiano (fines del s. I d.C.), quien habla de carretas de bueyes cargadas con leños ardiendo que los reyezuelos del sur arrojaron contra los cartagineses: ”Pero al fin, conjurados contra él los reyezuelos de diversos pueblos íberos y otros hombres de influencia, pereció de este modo: cargaron de leña unos carros y unciendo a ellos bueyes, se pusieron en marcha, siguiendo detrás armados. Cuando les ven los africanos sin entender su ardid, levantan grandes carcajadas.
Pero ya más cercanos los íberos, encienden los carros y los lanzan con sus yuntas contra los enemigos. En su loca carrera los bueyes esparcen el fuego por doquier; una gran confusión se apodera de los cartagineses y se disuelve su formación; entonces los íberos, precipitándose sobre ellos, mataron al mismo Barca y a muchos que en su auxilio acudieron”.(4)
Estas estratagemas no cayeron en el saco roto de los cartagineses, ya que fueron no solo aprendidas sino puestas en prácticas por Aníbal, en la segunda guerra Púnica (218-201 a.C.), según un relato del historiador Polibio (200-120 a.C.) :”Los íberos, mercenarios de Aníbal, emplearon la estratagema, para romper las formaciones enemigas en los pasos de Falermo, lanzando contra los romanos dos mil o más toros con sarmientos encendidos en los cuernos”.(3)
El historiador Tito Livio, XXII(59 a.C. – 17 d.C.) añade al respecto que “Aníbal empleó toros con las astas encendidas para fingir una marcha de soldados y además...usaron de una minoría de mansos para manejar a otros más bravos”. (5)
El siguiente caso ocurrió en Tornavacas, valle del Jerte, provincia de Cáceres, en el sitio conocido como Vega del Escobar. “Durante la Reconquista (a mediados del siglo X), las huestes del rey leonés Ramiro II “El Grande”(reinó del 931-951), entablaron una dura contienda con las tropas musulmanas de Almanzor, el terrible Abu Amir Muhammad, quienes pusieron en graves apuros a los combatientes cristianos. De tal trance vienen a sacarles los vaqueros de las sierras cercanas, que recurren a la estratagema, utilizada ya por los cartagineses, de colocar teas encendidas en los cuernos de las vacas.
Al contemplar tan gran iluminaría, creen que desciende un ejército considerable que acude en auxilio de los cristianos. Los hijos de la media luna huyen despavoridos en medio de la noche. El engaño, una vez más había funcionado. El caudillo cristiano ordena el regreso de los astados, que bajaron el Puerto, al grito de "Torna-vacas". Y el punto exacto donde se produjo el retorno de las reses pasó a designarse, en conmemoración del acontecimiento histórico, Torna-vacas, manteniendo durante varios siglos esa misma grafía que separa las dos palabras”. (8)
Igual estratagema, parece ser, utilizó Jaime I “El Conquistador” en 1248 en la conquista de Sagunto contra los musulmanes.
También “los portugueses de la isla Terceira (Azores), en tiempos de Felipe II, instruidos por un fraile agustino, rechazaron y destrozaron a los castellanos, atacándoles con una manada de toros feroces en vanguardia, a los que se agarrocharon para excitarlos y enfurecerlos…”.(3)
El hecho se refiere a las operaciones del desembarco y ocupación de la Isla Terceira (Azores) por la escuadra mandada por D. Alvaro de Bazán, tras el enfrentamiento y victoria sobre la flota francesa en la “Batalla de la isla Terceira” que acaeció el año 1583, ya que tales islas fueron las penúltimas en declararse en rebeldía contra la autoridad del Rey Felipe II, a la sazón Rey de España y Portugal.
A este respecto cita Cossío que:”... fueron tropas al mando de Pedro Valdés y que murieron 400 españoles y menos de 30 portugueses, según el Padre Mariana…”.
Esta estratagema del empleo de toros en contiendas bélicas, por parte de los portugueses, ya había sido utilizada contra los romanos, de cuya noticia nos informa: “Dión Casio (historiador y senador romano 155-229 d.C.), nos habla de la estrategia que un grupo de lusitanos llevó a cabo contra el ejercito desplazado por Cesar a la Ulterior en la campaña del año 61 a. c., que consistió en bloquear a los romanos soltando sobre ellos varios hatos vacunos con el fin de distraer a las legiones y atacarlas por sorpresa”.(6)
Este hecho de utilizar manadas de toros en contiendas bélicas, como acabamos de reseñar, lo encontramos reflejado también en la Biblia, en la época de los Jueces -es decir, cuando Israel estuvo gobernado durante el periodo que va desde la muerte de Josué (sucesor de Moisés) hasta la unificación del reino de Israel y su primer rey Saúl (1200?-1051 a.C.) por un grupo de notables o ancianos, elegidos entre las doce tribus- cuyo texto describe el suceso de esta forma: ”Después de él vino Samgar (posiblemente un príncipe cananeo, uno de los seis jueces menores, hacia el 1.100 a.C.), hijo de Anat. Derrotó a los filisteos, que eran seiscientos hombres, con una aguijada de bueyes, libertando también él a Israel”. (Jueces, 3, 31) (7)
Es del conocimiento general que muchas especies animales, cuando llega el tiempo del apareamiento, los machos de esas especies se enfrentan entre ellos, a veces en luchas extenuantes o cruentas, hasta conseguir erigirse en el macho dominante y así tener el privilegio de aparearse con un hato de hembras que apartaban para sí. Este comportamiento selectivo de la naturaleza, se justifica en que la transmisión genética la deben transferir solo los machos más vigorosos, con el fin de preservar o mejorar la especie.
El hombre de campo, que es el mayor observador y el mejor conocedor de estos comportamientos de la naturaleza, trata, en muchas ocasiones, de imitarla y poner en práctica esas enseñanzas adquiridas.
Así ocurre en una zona de Cantabria, en la comarca de Liébana y más concretamente en el Concejo de Bedoya, donde aplican estas prácticas selectivas en el ganado vacuno autóctono, de la raza Tudanca, que es la dominante en la zona. José María de Cossío la califica de “ágil, fuerte, sobria y resistente”, que si por algo destaca esta raza es por su fuerza y su carne es muy apreciada.
En este Concejo y valle de de Bedoya, en la vertiente occidental de Peña Sagra, existe o existía un rito practicado, al menos hasta mediados del siglo pasado, por una asociación ganadera que en sus reglamentos estipulaba la obligación de tener dos toros tudancos sementales para la reproducción de su cabaña ganadera. Dichos toros estaban estabulados durante todo el invierno en una cuadra de la localidad de Pumareña.
Antes del verano, cuando subían con la cabaña de vacas al puerto, convenía que ambos toros se enfrentaran para marcar la supremacía del uno sobre el otro. Para ello, cada año, el día de Pascua, se soltaban los dos toros en el lugar conocido como La Llosa de San Miguel, que era uno de los pocos espacios llanos y suficientemente amplios para realizar la pelea, de la que saldría el macho dominante, que sería el que acompañaba a las vacas al puerto y convertirse en el semental del rebaño.
Este acontecimiento era presenciado, entre la expectación general, por todos los lugareños mientras duraba la pelea. La fuerza y la pericia de los toros hacía que uno de ellos se erigiera vencedor y el perdedor saliese huyendo, a veces con alguna que otra herida; en todo el resto del año ya no se volvería a acercar al toro triunfador. (8)
Todos estos datos, añadidos a los que ya les suministré en mis artículos anteriores, vienen a evidenciar que los toros son cultura, porque forman parte de las costumbres, las creencias y el culto que se le dispensó al toro y todo ello se remonta a la noche de los tiempos. Por lo tanto la cultura del toro, podemos afirmar, es multi-milenaria.
Plácido González Hermoso.


BIBLIOGRAFIA
1.- Julio Caro Baroja, ”El Estío Festivo”, pag. 252
2.- Con la colaboración de Jesús A. Díaz (Suso). http://www.baixalimiaxures.com/
3.- Luis Iriarte, “El Toro de lidia español”
4.- Apiano, Iber. 5.
5.- Julio Caro Baroja, ”El Estío Festivo”, pag. 258
6.- Josefina Mateos, “El enigma de los Toros de Guisando”
7.- Biblia “Nacar Colunga” B.A.C.- Jueces, 3, 31.
8.- www.paspespuyas.com/.../index.php/latienta/2005/04/
9.- EFE, Orense, 31-07-2008, en La Región Digital

viernes, 2 de octubre de 2009

EL TORO Y EL MUNDO FUNERARIO - II

Los ritos funerarios que relatamos en el capítulo anterior, no solo eran conocidos y practicados por los egipcios y otros pueblos de África, sino también en la India e Indonesia donde aún se practican.
En esas zonas, era creencia general que el Toro negro era asimilado al mundo inferior y por tanto relacionado con la muerte. Incluso en los países lejanos donde llegó el influjo de la India, que participan de dichas creencias como Java y Bali, se acostumbra a poner los féretros de los príncipes en ataúdes en forma de toro para incinerarlos.
El comportamiento y las actitudes ante la muerte de los pueblos mesopotámicos son conocidos a través de los mitos y epopeyas que han llegado hasta nosotros. En general no creían en una vida futura y aceptaban resignadamente la muerte como algo natural. Aunque la excepción la encontramos en el mito de Gilgamesh, no solo por el enfado rabioso tras la muerte de su amigo Enkidu, sino, principalmente, cuando va en búsqueda de la inmortalidad, que lo lleva a entrevistarse con el Nöé sumerio, Utnapistim, quien le revela el lugar secreto donde crece una planta submarina que le librará de la muerte. Aunque la felicidad y la dicha, como casi siempre, dura muy poco, ya que tras haberla encontrado le es arrebatada por una serpiente; episodio de un paralelismo sorprendente con la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, tras la tentación de la serpiente, quienes también pierden la inmortalidad.
En esas zonas bañadas por el Tigris y el Éufrates, los ríos del jardín del Edén bíblico, los enterramientos se hacían, por lo general y a excepción de las tumbas reales de época tardía, dentro de la propia casa del difunto, cuyo cuerpo era depositado bajo el suelo de la vivienda, junto con todas sus pertenencias. En Mesopotamia no había cementerios públicos.
La creencia general sobre los cadáveres insepultos, por haberle negado el enterramiento y las correspondientes ofrendas sus familiares, se convertían en espíritus sin descanso que vagaban desorientados y podían causar grandes males a los vivos.(1)
En Bali (la isla turística por excelencia de Indonesia) se celebran en la actualidad unos ritos funerarios entre los componentes de la tribu de los Torajan, introducidos desde la India en el siglo XI y actualmente en uso. El ritual en sí consiste en amortajar al difunto en un sudario blanco y envolverlo en una estera de hojas de palma fuertemente atada. A hombros de sus familiares es depositado en un túmulo, ricamente engalanado, que es transportado por los más allegados, en solemne procesión, hasta el lugar donde ha de ser incinerado. La tumultuosa comitiva que transporta el túmulo, a cuya ceremonia se procura invitar a todos los habitantes de la aldea, va precedida en todo su recorrido por la imagen de un toro profusamente adornado y engalanado, en algunos casos los adornos son de pan de oro. El referido toro no es otra cosa que un sarcófago de madera con forma de ese animal totémico y llevado por gran número de porteadores.
Antes de salir el cortejo del poblado dan tres vueltas al difunto, a fin de que “se desoriente su alma” y no pueda volver a la casa donde vivió, ya que de hacerlo jamás alcanzaría el cielo, que es su destino y sus deudos no vivirían con tranquilidad.
Al llegar al lugar de la cremación, el lomo del sarcófago-toro se abre y el cadáver es depositado en su interior. El sacerdote procede a cortar las ligaduras que une la estera de palma a fin de liberar el alma del difunto y ésta pueda alcanzar el cielo. A continuación derraman sobre sus restos agua bendita, recogida de las fuentes sagradas y depositan en su interior varias viandas, junto con una flor de loto, que le servirán de sustento en el viaje a las alturas. Antes de cerrar el sarcófago, el sacerdote introduce un brote de bambú como símbolo de la resurrección del alma, prendiendo fuego a continuación a la pira funeraria. Una vez consumida ésta, las cenizas son recogidas en cuencos de coco y esparcidas al viento, frente al mar.
Además de la utilización del sarcófago-toro, reservado en este caso a la casta de los brahmanes, otras castas utilizan el león-alado o el pez-elefante. (2)
Volviendo a la cuenca Mediterránea encontramos otras costumbres en la Turquía hitita, en especial en la necrópolis real de Alaça Höyük, que estuvo en uso entre el 2.300 a 2.100 a.C., donde depositaban sobre las tumbas, como víctimas rituales del banquete funerario, los cráneos y las patas de los toros sacrificados, tras ser consumidos en un banquete ritual.
Entre los hallazgos encontrados en las tumbas de Alaça, merecen mención expresa ciertas figuritas de animales, toros y ciervos principalmente, en cuya época eran muy frecuentes los Rythones con forma de animales.
En cambio, entre el pueblo llano los lugares de culto se encuentran en las mismas casas, donde enterraban a sus antepasados y celebraban las ceremonias rituales, de aparente paralelismo con las costumbres mesopotámicas. (3)

En la “Tumba del Señor de las Cabras”(1.750-1.700 a.C.) de Ebla (hoy Tell Mardikh, que significa “Roca Blanca”), se halló un talismán de hueso que recoge en una de sus caras un banquete sagrado con un personaje ante una mesa de ofrendas, asistido por sirvientes y por dos figuras totalmente desnudas.
En la otra cara se representa la escena de la adoración de un Toro por cinocéfalos (primates o con cabeza parecida a la del perro), delante de dos figuras desnudas. Según los textos ugaríticos, el Toro sería la figuración del alma del difunto y los dos personajes desnudos sus primeros hijos. Algunas tumbas de Çatal Höyük están decoradas con extraordinarias pinturas murales, figuras en relieve en las paredes, bancos, pilares con cuernos y cabezas de toro modeladas.
En Maikop, capital de la república de Adiguesia al norte de la cordillera del Cáucaso, en el valle de Kubán (la tierra de los Cosacos), extremo oriental del mar Negro, se descubrió un túmulo sepulcral de un cacique, donde el baldaquino que cubría su cuerpo estaba sostenido por cuatro soportes, insertados en el centro de los cuerpos de otros tantos toros de oro macizos. Una de las vasijas del ajuar funerario está decorada con grabados de toros de perfil. (4)
La presencia del toro en el mundo funerario egipcio ya fue descrito, ampliamente, en el capítulo anterior. No obstante, cabe señalar el caso de la diosa vaca Hathor (diosa del amor, la música, la belleza y protectora del parto de la mujer), la cual se encontraba con el difunto en la entrada al mundo inferior.
Al nombre de esta diosa se asociaban las conocidas como “Las siete Hathores”, consideradas como hijas de esta diosa y, otras veces, como “siete hadas”, que eran las que decidían el destino del difunto tras renacer en el más allá y las encargadas de proporcionar el alimento y la bebida al difunto (cuya fórmula se encuentra registrada en el capítulo CXLVIII del Libro de los Muertos). Estas “siete Hathores” eran representadas en las tumbas en forma de vaca y acompañadas por un toro, conocido como “Toro del Oeste” y “Señor de la Eternidad” (títulos ostentados por Osiris, el dios de los difuntos), y cuatro remos, que simbolizaban los cuatro puntos cardinales.
Una hermosísima recreación de las siete vacas podemos contemplarla en la tumba de la reina Nefertari (“Por la que brilla el Sol”, el título más hermoso que poseyó), la “Gran esposa real” de Ramsés II (1279-1213 a.C.). En Egipto las vacas encarnaban el concepto de fertilidad, mientras que el toro fecundador que las acompaña es el heraldo de los dioses, simbolizando la fecundidad de la tierra, la potencia y el poder germinador.(5)
En Grecia los bovinos, en pié o acostados, velaban el sueño de los difuntos en los cementerios de Atenas, desde la época clásica en adelante. En las tumbas de la época micénica se han encontrado huesos de animales como bueyes, ovejas y cabras. El sacrificio de bueyes en los funerales parece que fué prohibido en la época de Solón (640-558 a.C.) uno de los siete sabios de Grecia y tío de Platón.
También en Chipre se han encontrado huesos de bueyes en las tumbas encontradas en Politik, que demuestran la relación del toro con el difunto.
En Creta los toros tenían una especial significación religiosa en la época Minoica, como lo demuestra el hecho de que enterraran a sus reyes en compañía de cabezas de éstos animales, a cuyos cuernos daban un esmerado baño de oro.
En el mundo griego y cretense existía una creencia fabulosa de que el cuerpo de los toros muertos engendraban las abejas, poniendo de manifiesto el poder generador de vida de este animal, como nos relata el historiador griego Antígono de Karystos (siglo III a.C.) :“ En Egipto, si entierras al buey en ciertos lugares, de modo que solo salgan de la tierra los cuernos, y luego se los sierras, dicen que salen volando abejas; ya que el buey se putrifica y se convierte en abejas”.
Ovidio relata, en Fastos 1, 393, la pérdida de los panales de Aristeo, “Señor de la miel”, y el modo de recuperar otros enjambres siguiendo el consejo de Proteo que consistía en: “... enterrar el cadáver de un buey muerto, y que de él obtendría lo que quería, ya que cuando el cuerpo desapareciera, surgirían de él enjambres de abejas”.(3)
Este pasaje también lo relata Virgilio, en Geórgicas libro IV [295] 445, la forma de conseguir abejas del cadáver de un novillo de dos años: “...Sitio angosto, a su fin acomodado se elige, y se lo cierra con las tejas de un cobertizo y cuatro estrechos muros. Cuatro ventanas a los cuatro vientos en ellos se abren, con la luz oblicua. Un novillo se busca que en la frente cuernos lleve encorvados de dos años, y, por más que resista, se le cosen boca y narices sin dejarle aliento. A golpes se le mata, se magulla el interior bajo la piel intacta. Así molido se le deja entonces en la cerrada cámara tendido sobre ramojo de tomillo y dafne (se refiere al laurel, que personificaba a la ninfa Dafne) recién cortado... El humor entretanto se calienta en los molidos huesos fermentando, y extraña enjambrazón de animalillos se ve estallar en vívido hormiguero, sin patas al principio, luego alados con estridente vuelo que rebulle...”
Mas adelante, en la misma obra, Geórgicas libro IV, [550] 810, relata el sacrificio que Aristeo debe hacer a Orfeo, por recomendación de Cirene y forzar a Proteo para que remedie su desgracia, tras haber perdido toda su hacienda, en especial las colmenas: “Cumple él la orden materna sin demora: viene al santuario, arregla los altares, lleva los cuatro corpulentos toros de la más bella estampa y las novillas que el yugo no han probado. Al primer rayo de la novena aurora brinda a Orfeo el funeral tributo y vuelve al bosque. Y allí, la repentina maravilla: en las pútridas carnes de los toros zumban abejas; los abiertos flancos hervir parecen, y una inmensa nube a poco irrumpe, que en el árbol próximo toda se arremolina, y de las ramas queda colgando al fin, racimo espléndido”. (10)
Mucho tiempo antes, de la existencia de Grecia, encontramos documentada la existencia de este tipo de creencias en el mundo bíblico, precisamente en el período de los Jueces de Israel (periodo que abarca desde la muerte de Josué hasta la aparición del profeta Samuel), en concreto en tiempos de Sansón (uno de los últimos jueces, siglo XII a.C.), cuyo relato aparece en el pasaje en el que, tras descuartizar al león con sus propias manos, unos días más tarde encuentra un enjambre de abejas en el cuerpo del león: “Tiempo después, bajando para desposarse con ella (con Timna, la filistea), se desvió para ver el cadáver del león, y vio que había un enjambre de abejas con miel en la osamenta del león…”(Jueces, 14,8). Aparentemente parece que el pasaje no refleja con claridad que del cuerpo del león surgiesen las abejas, pero sin embargo éstas creencias se ratifican en el enigma que, más tarde, plantea Sansón a los filisteos durante los esponsales: “El les dijo: “Del que come salió lo que se come, y del fuerte, la dulzura”. (Jueces 14,14) (6)
Otro caso curioso en que la muerte del toro sirve como elemento generador de vida, en este caso de vida humana, es la siguiente leyenda: “Hireo era un criador de abejas. Un día se le acercaron Zeus y Hermes solicitando su hospitalidad. Tal solicitud fue atendida con todo lujo de atenciones, y los dioses al partir, para recompensarle, le preguntaron si quería realizar algún deseo, a lo que Hireo les contestó que su mayor ilusión sería tener un hijo, pero que ya no podía por ser de edad avanzada. Entonces los dioses le dijeron que matara un toro, se orinase en su piel y la enterrara en el sepulcro de su mujer. Al cabo de nueve meses, surgió de la tierra un niño maravilloso, Orión, a quien se le consideró como el mensajero de las lluvias primaverales y estivales”.(3)
Otra vez, como vemos, se repite el binomio muerte-resurrección en que, a través del tránsito por el mundo funerario, surge un nuevo ser, una nueva vida, con la intervención imprescindible del toro como elemento generador de vida por excelencia.
Los etruscos concedieron al toro la misión de guardián del sueño eterno. Buena muestra de ello la encontramos en la “Tumba de los Toros” en Tarquinia, cuya entrada está escoltada por las pinturas de dos toros sedentes y un tercero, en posición itifálica, que arremete contra una pareja desnuda.(7)
Las culturas isleñas, de la prehistoria mediterránea, enterraron a sus muertos en hipogeos semejantes al seno materno. En los habitáculos sardos (Cerdeña) se muestran numerosos bucráneos y prótomos de bovinos esculpidos sobre los muros de entrada de las tumbas, fechados entre el 3.000 y el 1.500 a.C. de clara influencia anatólica.
El “Mare Nostrum” fue el vehículo difusor de las ancestrales culturas mediterráneas desarrolladas, cuyas influencias impregnaron nuestra península Ibérica a través de las diversas invasiones que soportamos. La estatuaria taurina cobró aquí una nueva dimensión, incorporándose, artística e ideológicamente, a las existentes en todo el área.
También las corrientes de la cultura funeraria encontraron en nuestra Península una resonancia e incidencia permanentes. El culto a Serapis (el toro fúnebre egipcio) penetró al menos desde el s.II a.C., extendiéndose por puntos como Astorga, Valencia, Gerona (Ampurias) etc. y no es de extrañar que la presencia del toro en los actos luctuosos gozase también de una importante presencia como en Baleares, donde existieron prácticas de enterramientos en sarcófagos tauromorfos, como lo demuestran los hallazgos de sarcófagos descubiertos en el abrigo de Avenç de la Punta (Mallorca), entre el 500-100 a.C., poniendo de manifiesto la concepción de que el sarcófago táurico tendría una significación envolvente del vientre de alguna diosa innominada, de un posible nexo con el mundo egipcio.(8)
Las abundantes esculturas de toros halladas en el área levantina y andaluza, se han relacionado con el mundo funerario. Los toros hallados en posición sedente o en actitud amenazadora, están relacionados con el difunto y se colocaban encima de plintos sobre pilares, como el encontrado en la necrópolis de Coimbra del barranco Ancho (Jumilla, Murcia), en otras ocasiones se decoraron las sepulturas con toros acostados, como el caso de Osuna (Sevilla) o el de El Molar (Alicante). (3)
Era práctica común la celebración de sacrificios funerarios o “Silicernium”, que designaba el banquete con que terminaba, en la antigüedad, los nueve días que duraban los funerales. Como es de suponer la víctima inmolada era el toro.

En la misma línea de la presencia fúnebre del toro, puede asociarse algunos de los conocidos verracos tauromorfos, a tenor de las inscripciones latinas esculpidas en las peanas o sobre sus lomos, que contenían el nombre del finado. Igualmente es significativo reseñar la abundancia de estelas funerarias, en las que se alternan, junto al nombre y profesión del difunto, signos astrales junto a imágenes bovinas, de uso común desde los pueblos celtibéricos hasta después de la conquista romana. Significativas son las conocidas “Estelas” de Clunia, o la de Atilia Burrutia, hija del guerrero Viriato, en el Museo de Navarra, las de la provincia de Soria.(3)
Esa influencia y presencia del toro en el mundo funerario, no termina necesariamente hace dos mil años como pudiera parecer, sino que llega hasta nuestros días en nuestra Península. A este respecto, en algunos lugares participaba en los funerales portando cierto número de panes clavados en los cuernos, los cuales podían ser rescatados mediante una cantidad de dinero, en reñida puja entre los asistentes al duelo. Esta costumbre estuvo muy arraigada en el País Vasco.
A este respecto y por oposición del clero regional se consiguió que, en 1.771, el Consejo de Castilla dictase una Real Provisión por la que quedaba prohibida esta práctica por “indecente”, aunque, como casi siempre, no llegó a surtir efecto alguno, ya que a comienzos del siglo XX se seguían celebrando este tipo de rituales.
Esa presencia física del toro en los entierros, como simbolismo del acompañamiento y protección que prestaba al difunto en el largo viaje que debía recorrer en la otra vida, la relata Julio Caro Baroja con cierta variante y que se supone modificada por el transcurso del tiempo: ”...A comienzo del siglo XX, dice, en algunos pueblos de Guipúzcoa, con ocasión de entierros importantes, era llevado como ofrenda a la parroquia un buey, al que se adornaba con manto negro, borlas al pescuezo y un pan de cuatro libras de peso en cada cuerno, y al que había que rescatar mediante una suma fijada ”.
También en otros lugares de España se practicaron costumbres parecidas, como ocurrió en la capital de la Asturias de don Pelayo: “en el siglo XVIII en Oviedo, en el convento de San Francisco, donde se encontraba el panteón de los marqueses de Valdecarzana, en el que se seguía la práctica consuetudinaria de que en el día de difuntos, tras hacer una ofrenda de pan en el altar mayor, se cantaba una misa y en el momento de rezarse el responso en la cripta, sin preceder cruz ni otra exterioridad, los criados introducían una vaca viva que permanecía arrimada mientras se cantaba”.(9)
Muchos relatos más se encuentran en los anales históricos de otras muchas sociedades que, al igual que las relatadas, realizaron suntuosos ceremoniales funerarios. En función a la situación geográfica de cada sociedad, es obvio que los rituales diferían en consideración a las creencias, las costumbres o las disponibilidades económicas de la familia del difunto. Mas en todas ellas se dio el denominador común de la importancia de las ofrendas, procurando en todas ellas ofrecer al finado, en el banquete ritual, el animal de mayor valor económico que podían adquirir.
Con lo relatado en estos dos capítulos ha quedado atestiguada, suficientemente, la importancia y presencia del “bos primigenium” en el mundo funerario, como elemento acompañante y protector del difunto, en ese incierto viaje hacia el lejano retorno a la vida futura.
Plácido González Hermoso.


BIBLIOGRAFIA
1.- Henrietta McCall, “Mitos Mesopotámicos”, Ed.Akal
2.- Canal + Odisea, festival de Agama Tirtha (Bali)
3.- Cristina Delgado Linacero “El toro en el Mediterráneo”
4.- Joaquín Córdoba Zoilo, Historia 16, nº 6 de “Historias del viejo mundo”
5.- Albert Champdor, “El libro egipcio de ,los muertos”
6.- Biblia Nacar-Colunga, B.A.C.
7.- José María Blázquez, “Imagen y Mito”
8.- “El Toro y el Mediterráneo”, Exposición Caja Duero, Marzo-Mayo 2001
9.- Julio Caro Baroja, “El Estío festivo”
10.- Publio VIRGILIO Marón, “Obras completas.- Geórgicas, libro IV

lunes, 17 de agosto de 2009

EL TORO Y EL MUNDO FUNERARIO - I

La identificación del toro con el mundo funerario era una práctica extendida entre las sociedades nilóticas, las del “Creciente fértil”, las ribereñas del Mediterráneo, la India, China e incluso en el lejano Oriente, en concreto en las islas de Indonesia, donde aún se practica.
En todas esas sociedades existían y se desarrollaban diferentes formas de enterramientos, ritos funerarios, costumbres diversas en relación con la muerte, en los cuales la presencia del toro se hacía patente de forma significativa.
Ya desde el principio, al aflorar el sentimiento y conciencia de un posible renacer tras la muerte, los pueblos del Paleolítico superior, o del Neolítico temprano, adoptaron diversas formas de sepelios, enterramientos, preparación y atenciones al cuerpo del difunto, rituales fúnebres etc., en cuya liturgia tomaba parte activa la presencia del toro como elemento protector del finado, al que debía acompañar y proteger en ese incierto viaje hacia el lejano retorno.
Esa relación la encontramos evidenciada y documentada en los hallazgos arqueológicos de enterramientos pretéritos, donde la presencia de cornamentas de toros formando parte del ajuar funerario, las pinturas de toros o los bucráneos esculpidos en las paredes de las tumbas, atestiguan de una manera inequívoca la presencia del toro en la órbita funeraria.
Entrando a detallar nuestro recorrido descriptivo de la presencia del toro en la esfera funeraria, para conocer de cerca la diversidad de los diferentes ceremoniales y honras fúnebres que se le dispensaban al fallecido, es obligado remontarnos al comienzo de la existencia de las sociedades citadas al principio. Para ello y sin entrar en consideraciones teológicas, sino más bien las puramente narrativas del hecho sociológico, nos detendremos en algunas zonas geográficas, con mayor o menor abundamiento de datos, en las que el hecho tauro-funerario adquiere un aspecto destacado.
No es casualidad que nuestro recorrido, en busca de las diferentes formas de enterramientos, comience por los países que baña el caudaloso Nilo, donde los cultos funerarios, junto con la preparación y momificación del cuerpo del difunto, alcanzaron rituales tan elaborados como suntuosos. Sabido es que, desde la más remota antigüedad, a Egipto se le ha considerado el país de las tumbas, las necrópolis y las pirámides, que en definitiva no son otra cosa que tumbas monumentales. Además, si seguimos el curso alto del Nilo nos adentraremos entre los pueblos nubios, donde se conservan ingente número de túmulos, hipogeos y pirámides funerarias, desconocidas para el gran público y de menor tamaño que las egipcias aunque tres veces más numerosas, cuyos ritos funerarios gozaron de parecida suntuosidad y elaborado ritual como los egipcios.
Egipto fue el país por excelencia obsesionado con la muerte. Entre los muchos rituales funerarios que se realizaron, el sentimiento fúnebre lo encontramos registrado desde época temprana, donde existía la creencia de que los faraones, al morir, se unían al dios Ra, “el Sol”, a quien la diosa Nut, “el Cielo”, personificación de la bóveda celeste, alumbraba al amanecer en forma de becerro dorado. De ahí que llegaran a vincular e identificar a esa diosa vaca con la cámara del sarcófago, de forma que el difunto aguardaba su renovación-resurrección dentro del cuerpo de su madre.
Geb, el dios-tierra, era el “Toro” de la diosa-cielo Nut. Asimismo el sol se convertía en un gran toro salvaje, el cielo en una vaca y el sol naciente en un becerro que nace cada mañana. En un himno al sol, recogido en los textos de las Pirámides, se introduce esta última imagen:
Los Inmortales te adoran.
Te dicen: ¡Salve a ti!, salve a ti, tu becerro...
Surgido del Océano del Cielo”.
Tu madre Nut te habla y extiende sus manos para saludarte:
“Has sido amamantado (por mí)” (1)
La preocupación permanente de los egipcios por la existencia de vida después de la muerte, se pone de manifiesto en una inscripción del sarcófago del faraón Teti (de la VI Dinastía, 2.323-2.291 a.C.), donde se aprecia perfectamente la identificación de la diosa Nut con el ataúd, en el que puede leerse:
Has sido dado a tu madre Nut en su nombre de sepultura;
Te ha envuelto y abrazado en su nombre de ataúd;
Has sido llevado a ella, en su nombre de tumba
”.(2)
Esa creencia en el poder generador de vida de la diosa se pone de manifiesto en otro himno, del sarcófago del faraón Pepi I (VI dinastía 2.289-2.255 a.C.), que dice: “Transfigura a Pepi dentro de ti para que no muera”. (3)
Y en otra cara del mismo sarcófago figura:
“…Introduce a este Pepi en ti como
una estrella inmortal
”.(4)
En ese renacimiento a través de la diosa Nut, generalmente se hacía en la esfera del sol, aunque a veces sucedía que se realizaba a través de las estrellas:
Oh Unas (otro nombre de Teti), tú eres esa gran estrella, la Compañera de Orión,
Que cruza el cielo con Orión
Y navega por el Infierno con Osiris.
Sales en el lado oriental del Cielo,
Renovado en tu tiempo, rejuvenecido a tu hora.
Nut te ha dado a luz junto con Orión
...” (5)
Aunque no era frecuente que el rey transfigurado bajase al Infierno, por el riesgo que suponía, es el toro del cielo el que lo protege:
“...Pasas por Abidos en esta tu transfiguración
que los dioses te ordenaron realizar.
Se te ha abierto una senda en el Infierno, al lugar
Donde está Orión"
.(6)
Está perfectamente documentado que durante la V y VI dinastías (2465-2152 a.C.) se escribían textos jaculatorios sobre las paredes de los sarcófagos, llegando incluso hasta la XVIII Dinastía (1550-1307 a.C.), en que se realizaban imágenes pictóricas de la diosa Nut, que cubría el interior de los ataúdes de personajes de sangre real.
Estas representaciones pictóricas en el interior de los sarcófagos, como significación envolvente del vientre de la diosa Nut y la asociación del sol como becerro dorado del amanecer, justifican también las prácticas de enterramientos dentro de pieles de toro o de vaca, considerados como el vientre de la diosa, que se realizaban en gran parte del territorio africano y otros como veremos a continuación.
La creencia egipcia entendía que los preparativos del enterramiento tenían por objeto introducir el cuerpo del rey muerto dentro del claustro materno, a cuyo acto seguiría el parto y el renacer en la otra vida. El precedente egipcio más antiguo y anterior a Apis y Mnevis o Merur, los toros relacionados con los dioses Ptha y Osiris ó Ra y Ra-Atum respectivamente, es la expresión de “el gran degollado”, que en ciertos lugares designaba al Toro divino. En el ritual de la degollación del toro divino, la cabeza se colocaba sobre el pilar santo del templo de Heliópolis y la piel servía de vehículo revitalizador del difunto envuelto en ella.(7)
Otra de las significaciones del toro fúnebre la encontramos en la asimilación del dios Anti (el encargado de vigilar la navegación de la barca solar), que lo representaban a veces como un pellejo de toro negro sujeto a un mástil, como soporte, y apoyado en una especie de mortero, otras como un toro negro con una mancha blanca en la frente o una piel de vaca. Bajo el aspecto funerario y relacionado con el difunto, representa a las antiguas pieles de vaca en las que los fallecidos eran enterrados, estableciéndose un paralelismo entre la piel táurica y la resurrección del difunto en el Más Allá.
También las cabezas tauromorfas se utilizaban para adornar la popa de la barca del dios menfita Sokaris, el dios de los muertos en las región de Menfis, al igual que ocurría con la barca de Osiris, o decorando las tapas de los vasos “canopes” que contenían las vísceras del difunto, cuya práctica está documentada desde las Dinastías XVIII y XIX, es otra prueba más de la adscripción del toro al mundo funerario.
Entre las muchas manifestaciones de esa asociación entre el toro y el mundo fúnebre, documentada en el mundo egipcio desde antaño, no podemos olvidar la asociación del toro Apis con Osiris (el Dios funerario por excelencia), el cual se transformaba al morir en una divinidad funeraria. Bajo el nombre de Osiris-Apis o Ser-Apis reinaba en el mundo de los muertos y el propio toro era objeto de embalsamamiento y enterramiento en tumbas especiales o “serapeum”, junto a la costumbre de utilizar sarcófagos en forma de toro, que arranca desde la más remota antigüedad, como nos revela en una leyenda Diodoro de Sicilia (91-3 a.C.): “...muerto Osiris, el alma se trasladó a éste y, por eso, continúa hasta ahora trasladándose siempre a sus sucesores en sus manifestaciones; otros dicen que, tras fallecer Osiris a manos de Tifón (se refiere a Set), Isis, después de haber reunido los miembros, los metió en un buey de madera, poniendo fino lino alrededor...”.
Para las ceremonias anuales conmemorativas del fratricidio divino, existía una vaca de madera que era llevada en la procesión de Osiris, en cuyo interior se creía que estaba la momia del dios. En nota 379 del traductor Francisco Parreu Alasá se dice: “ Están atestiguados sarcófagos con forma de vaca o con una vaca pintada (la diosa Nut) y existía una vaca de madera llevada en la procesión de Osiris, en cuyo interior se creía que estaba la momia del dios...” (8)
Heródoto nos ofrece, también, un precioso relato de ese tipo de enterramientos al describir el de la hija del faraón Mikerinos (2.490-2.472 a.C., el constructor de la tercera pirámide de Saqqära en la antigua Menfis), dentro de un sarcófago de madera sobredorada en forma de vaca y que él mismo afirmaba haber visto, “...a Mikerinos, dice, le llegó la primera desgracia en su hija que murió. Afligido por la desdicha y deseoso de enterrar a su hija con extraordinaria magnificencia, mandó hacer una vaca de madera, vacía, que hizo dorar, y en ella sepultó a su hija muerta. Esta vaca no fue cubierta con tierra, sino que se halla en la ciudad de Sais, colocada en una sala decorada del palacio real; y junto a ella queman inciensos de todas clases durante todo el día.... La vaca está toda ella escondida bajo un manto de púrpura, menos el cuello y la cabeza que aparecen dorados con una espesa capa de oro; y entre los cuernos hay una imitación en oro del disco solar. Y la vaca no está de pié, sino arrodillada, su tamaño es el de una vaca grande viva. Todos los años sacan la vaca de la sala a la luz, pues dicen que la joven al morir pidió a su padre Mikerinos la gracia de ver el sol una vez al año”.(9)
No podemos terminar las referencias fúnebres egipcias, sin citar una de las tres fuentes de conocimiento del antiguo Egipto como es el “Libro de los Muertos”. En ese texto fúnebre encontramos otra asociación y utilización del toro en los rituales funerarios al relatar “La apertura de la boca del difunto”, bien con la Azuela, el instrumento de Anubis, o introduciendo en la boca del difunto los testículos de un toro sacrificado, en la creencia de que restituía al difunto el uso de la lengua en la otra vida. Después de descuartizar la víctima, ofrecida al muerto por sus parientes y amigos, se depositaba ante la momia “el muslo y el corazón del animal sacrificado donde se ocultaba el alma del difunto”. El Libro de los Muertos fue escrito en piel de gacela y hallado en el templo de Déndera, cuya antigüedad se data hacia el año 1500 a.C.
A Osiris se le denomina “Toro del Occidente” y se le invoca en casi todas las oraciones, en varios pasajes del Libro de los Muertos. En el capítulo que narra la fórmula para instalar el lecho funerario, al relatar las excelencias del difunto se dice: “...¡Eres puro, eres puro! La parte anterior (de tu cuerpo) es pura (y) la posterior (también) es pura; (has sido preparado) con natrón, incienso, agua fresca (y) resina; has sido purificado con leche del toro Apis...” (10)
Siguiendo el curso ascendente del Nilo, nos encontramos unos curiosos rituales practicados en Sudán, entre los Shilluk, pueblo ganadero de bovinos que viven al norte de Jartún, en el Nilo Blanco: “..el rey era estrangulado y enterrado con una virgen viva a su lado. Cuando los dos cuerpos se pudrían, sus huesos se colocaban en la piel de un Toro. Un año más tarde se nombraba al nuevo rey y sobre la tumba de su antecesor el ganado era acuchillado hasta la muerte a cientos”. Después de terminada la ceremonia se repartía la carne de los toros sacrificados entre los presentes al ceremonial, cuyos animales se descuartizaban sin despellejar.(11)
Igualmente, en otro pueblo sudanés, los Dinkas, dedicados a la cria de ganado, cada poblado separa de sus rebaños un buey, el más fuerte, al que se le dedican canciones épicas, ya que entre las gentes de estos pueblos el ganado llega a tener un valor casi religioso, hasta el punto de que no los sacrifican a no ser con ocasión de fiestas o ceremonias. El buey seleccionado es considerado el Buey sagrado del poblado, al que se le llegan a ofrecer, en sacrificios, otros animales.
Este pueblo realizaba un curioso rito de iniciación a la pubertad: “cuando el muchacho ingresa en la clase de los jóvenes, por edad, el padre del joven presenta a su hijo con un toro, que recibe el mismo nombre que el muchacho. Es tal la unión entre ellos que se pasa horas cantando y jugando con su toro y que será sacrificado si el muchacho muere. En su tumba se colocarán los cuernos del animal”. Al entregarle el buey le adornan los cuernos, de forma que se parezcan a los del Buey sagrado del poblado.(12)
Hacia el sur, en la zona marcada por las ruinas del gran templo de piedra de Zimbabwe, en Matabeleland, el regicidio ritual se practicó hasta 1.810. Los sacerdotes consultaban las estrellas y el oráculo sagrado cada cuatro años, y, sin lugar a dudas, el veredicto sería muerte para el rey. La costumbre consistía en que “...la primera esposa del rey, que lo había ayudado a encender el primer fuego sagrado de su reinado, debía estrangularle con un cordel hecho de tendón de pata de toro. El estrangulamiento debía tener lugar en una noche de luna nueva. Al cuarto día el cadáver se colocaba en posición fetal, se envolvía en un paño de forma que sobresalieran el dedo pulgar y las puntas de las uñas y luego se envolvía en la piel fresca de un toro negro con una marca blanca en la frente”.
Tendría alguna relación, o vínculo conexo, esta piel con la piel representativa del dios egipcio Anti, citado anteriormente?.
Para terminar este recorrido por los pueblos nilóticos, encontramos otro curioso ritual que realizaban los Bayankole ”... cuando un rey muere, envuelven su cuerpo en la piel de una vaca recién muerta, después de lavar con leche el cadáver real..., e incluso hacen que el ganado participe en el duelo, separando las vacas de sus terneros a fin de que unas y otros lancen melancólicos mugidos”.(13)
Para la tribu Ga, en Ghana, los funerales son tiempo de luto, pero también de celebración. Los Ga creen que cuando alguien querido muere pasa a otra vida, y se aseguran de que lo haga con estilo. Honran a sus muertos con féretros coloristas que conmemoran la forma de vida del difunto. Los ataúdes se diseñan para representar aspectos de la vida de la persona muerta: un coche si era un chófer, un pez para los pescadores o una máquina de coser para la costurera. También pueden simbolizar los vicios del difunto, como una botella de cerveza o un cigarrillo.
La costumbre de la participación del ganado en los funerales reales se encuentra representada en infinidad de templos y papiros, además de estar atestiguada su presencia en los Textos de las Pirámides (hacia 2.350 a.C.), donde el rey muerto se ha convertido en Osiris y cuya jaculatoria reza así:
El cielo habla (...en truenos?); la tierra se agita,
por Temor a ti, Osiris, cuando asciendes.
¡Oh allá lejos, vacas lecheras,
Oh allá lejos, vacas lactantes, ir a su lado!;
lloradle, alabadle, cantadle vuestro plañidero canto cuando asciende.
El se va al cielo entre los dioses, sus hermanos”.(14)
Como se ha podido comprobar, no podemos detenernos en relatar los elaborados rituales o ceremoniales funerarios que sería prolijo describir. Sepan que tras la muerte, al difunto se le sometía a las operaciones de la momificación en la “Tienda de la Purificación”, donde recibía ofrendas funerarias. El entierro, en sí, comenzaba con la formación de la comitiva, la travesía del Nilo, la subida a la tumba, la lectura de las interminables letanías por parte de los sacerdotes y los familiares del fallecido, la apertura de la boca del difunto, el adiós a la momia y la comida funeraria. Sin olvidar el obligado acompañamiento de músicos, plañideras con los rostros cubiertos de limo, el pecho descubierto, los vestidos desgarrados y el ganado de lúgubre bramido que acabo de describir. Todo ese ceremonial podía llegar a durar hasta dos meses. Por ello, suspendamos aquí el relato que retomaremos en el próximo capítulo.
Plácido González Hermoso.
BIBLIOGRAFIA:(1).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses” Alianza Edit.1988
(2).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”: Texto de las Pirámides,616 d-f.
(3).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”: Pirámides 781 b
(4).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”: Texto de las Pirámides 782
(5).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”: Texto de las Pirámides 882
(6).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”: Texto de las Pirámides 883
(7).- Cristina Delgado Linacero, “El Toro en el Mediterráneo”
(8).- Diodoro Sículo,“Biblioteca Histórica”
(9).- Heródoto, “Historias”, Libro II
(10).- Albert Champdor.-”El libro egipcio de los muertos”
(11).- Mircea Eliade.-”Historia de las creencias y de las ideas religiosas” Tomo IV.
(12).- Francesc Lluís Cardona, “Mitologías y leyendas africanas”
(13).- Henri Frankfort “Reyes y Dioses, Alianza Editorial 1988
(14).- Textos de las Pirámides 549-50, Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”