lunes, 17 de agosto de 2009

EL TORO Y EL MUNDO FUNERARIO - I

La identificación del toro con el mundo funerario era una práctica extendida entre las sociedades nilóticas, las del “Creciente fértil”, las ribereñas del Mediterráneo, la India, China e incluso en el lejano Oriente, en concreto en las islas de Indonesia, donde aún se practica.
En todas esas sociedades existían y se desarrollaban diferentes formas de enterramientos, ritos funerarios, costumbres diversas en relación con la muerte, en los cuales la presencia del toro se hacía patente de forma significativa.
Ya desde el principio, al aflorar el sentimiento y conciencia de un posible renacer tras la muerte, los pueblos del Paleolítico superior, o del Neolítico temprano, adoptaron diversas formas de sepelios, enterramientos, preparación y atenciones al cuerpo del difunto, rituales fúnebres etc., en cuya liturgia tomaba parte activa la presencia del toro como elemento protector del finado, al que debía acompañar y proteger en ese incierto viaje hacia el lejano retorno.
Esa relación la encontramos evidenciada y documentada en los hallazgos arqueológicos de enterramientos pretéritos, donde la presencia de cornamentas de toros formando parte del ajuar funerario, las pinturas de toros o los bucráneos esculpidos en las paredes de las tumbas, atestiguan de una manera inequívoca la presencia del toro en la órbita funeraria.
Entrando a detallar nuestro recorrido descriptivo de la presencia del toro en la esfera funeraria, para conocer de cerca la diversidad de los diferentes ceremoniales y honras fúnebres que se le dispensaban al fallecido, es obligado remontarnos al comienzo de la existencia de las sociedades citadas al principio. Para ello y sin entrar en consideraciones teológicas, sino más bien las puramente narrativas del hecho sociológico, nos detendremos en algunas zonas geográficas, con mayor o menor abundamiento de datos, en las que el hecho tauro-funerario adquiere un aspecto destacado.
No es casualidad que nuestro recorrido, en busca de las diferentes formas de enterramientos, comience por los países que baña el caudaloso Nilo, donde los cultos funerarios, junto con la preparación y momificación del cuerpo del difunto, alcanzaron rituales tan elaborados como suntuosos. Sabido es que, desde la más remota antigüedad, a Egipto se le ha considerado el país de las tumbas, las necrópolis y las pirámides, que en definitiva no son otra cosa que tumbas monumentales. Además, si seguimos el curso alto del Nilo nos adentraremos entre los pueblos nubios, donde se conservan ingente número de túmulos, hipogeos y pirámides funerarias, desconocidas para el gran público y de menor tamaño que las egipcias aunque tres veces más numerosas, cuyos ritos funerarios gozaron de parecida suntuosidad y elaborado ritual como los egipcios.
Egipto fue el país por excelencia obsesionado con la muerte. Entre los muchos rituales funerarios que se realizaron, el sentimiento fúnebre lo encontramos registrado desde época temprana, donde existía la creencia de que los faraones, al morir, se unían al dios Ra, “el Sol”, a quien la diosa Nut, “el Cielo”, personificación de la bóveda celeste, alumbraba al amanecer en forma de becerro dorado. De ahí que llegaran a vincular e identificar a esa diosa vaca con la cámara del sarcófago, de forma que el difunto aguardaba su renovación-resurrección dentro del cuerpo de su madre.
Geb, el dios-tierra, era el “Toro” de la diosa-cielo Nut. Asimismo el sol se convertía en un gran toro salvaje, el cielo en una vaca y el sol naciente en un becerro que nace cada mañana. En un himno al sol, recogido en los textos de las Pirámides, se introduce esta última imagen:
“Los Inmortales te adoran.
Te dicen: ¡Salve a ti!, salve a ti, tu becerro...
Surgido del Océano del Cielo”.
Tu madre Nut te habla y extiende sus manos para saludarte:
“Has sido amamantado (por mí)” (1)
La preocupación permanente de los egipcios por la existencia de vida después de la muerte, se pone de manifiesto en una inscripción del sarcófago del faraón Teti (de la VI Dinastía, 2.323-2.291 a.C.), donde se aprecia perfectamente la identificación de la diosa Nut con el ataúd, en el que puede leerse:
“Has sido dado a tu madre Nut en su nombre de sepultura;
Te ha envuelto y abrazado en su nombre de ataúd;
Has sido llevado a ella, en su nombre de tumba
”.(2)
Esa creencia en el poder generador de vida de la diosa se pone de manifiesto en otro himno, del sarcófago del faraón Pepi I (VI dinastía 2.289-2.255 a.C.), que dice: “Transfigura a Pepi dentro de ti para que no muera”. (3)
Y en otra cara del mismo sarcófago figura:
“…Introduce a este Pepi en ti como
una estrella inmortal
”.(4)
En ese renacimiento a través de la diosa Nut, generalmente se hacía en la esfera del sol, aunque a veces sucedía que se realizaba a través de las estrellas:
“Oh Unas (otro nombre de Teti), tú eres esa gran estrella, la Compañera de Orión,
Que cruza el cielo con Orión
Y navega por el Infierno con Osiris.
Sales en el lado oriental del Cielo,
Renovado en tu tiempo, rejuvenecido a tu hora.
Nut te ha dado a luz junto con Orión
...” (5)
Aunque no era frecuente que el rey transfigurado bajase al Infierno, por el riesgo que suponía, es el toro del cielo el que lo protege:
“...Pasas por Abidos en esta tu transfiguración
que los dioses te ordenaron realizar.
Se te ha abierto una senda en el Infierno, al lugar
Donde está Orión"
.(6)
Está perfectamente documentado que durante la V y VI dinastías (2465-2152 a.C.) se escribían textos jaculatorios sobre las paredes de los sarcófagos, llegando incluso hasta la XVIII Dinastía (1550-1307 a.C.), en que se realizaban imágenes pictóricas de la diosa Nut, que cubría el interior de los ataúdes de personajes de sangre real.
Estas representaciones pictóricas en el interior de los sarcófagos, como significación envolvente del vientre de la diosa Nut y la asociación del sol como becerro dorado del amanecer, justifican también las prácticas de enterramientos dentro de pieles de toro o de vaca, considerados como el vientre de la diosa, que se realizaban en gran parte del territorio africano y otros como veremos a continuación.
La creencia egipcia entendía que los preparativos del enterramiento tenían por objeto introducir el cuerpo del rey muerto dentro del claustro materno, a cuyo acto seguiría el parto y el renacer en la otra vida. El precedente egipcio más antiguo y anterior a Apis y Mnevis o Merur, los toros relacionados con los dioses Ptha y Osiris ó Ra y Ra-Atum respectivamente, es la expresión de “el gran degollado”, que en ciertos lugares designaba al Toro divino. En el ritual de la degollación del toro divino, la cabeza se colocaba sobre el pilar santo del templo de Heliópolis y la piel servía de vehículo revitalizador del difunto envuelto en ella.(7)
Otra de las significaciones del toro fúnebre la encontramos en la asimilación del dios Anti (el encargado de vigilar la navegación de la barca solar), que lo representaban a veces como un pellejo de toro negro sujeto a un mástil, como soporte, y apoyado en una especie de mortero, otras como un toro negro con una mancha blanca en la frente o una piel de vaca. Bajo el aspecto funerario y relacionado con el difunto, representa a las antiguas pieles de vaca en las que los fallecidos eran enterrados, estableciéndose un paralelismo entre la piel táurica y la resurrección del difunto en el Más Allá.
También las cabezas tauromorfas se utilizaban para adornar la popa de la barca del dios menfita Sokaris, el dios de los muertos en las región de Menfis, al igual que ocurría con la barca de Osiris, o decorando las tapas de los vasos “canopes” que contenían las vísceras del difunto, cuya práctica está documentada desde las Dinastías XVIII y XIX, es otra prueba más de la adscripción del toro al mundo funerario.
Entre las muchas manifestaciones de esa asociación entre el toro y el mundo fúnebre, documentada en el mundo egipcio desde antaño, no podemos olvidar la asociación del toro Apis con Osiris (el Dios funerario por excelencia), el cual se transformaba al morir en una divinidad funeraria. Bajo el nombre de Osiris-Apis o Ser-Apis reinaba en el mundo de los muertos y el propio toro era objeto de embalsamamiento y enterramiento en tumbas especiales o “serapeum”, junto a la costumbre de utilizar sarcófagos en forma de toro, que arranca desde la más remota antigüedad, como nos revela en una leyenda Diodoro de Sicilia (91-3 a.C.): “...muerto Osiris, el alma se trasladó a éste y, por eso, continúa hasta ahora trasladándose siempre a sus sucesores en sus manifestaciones; otros dicen que, tras fallecer Osiris a manos de Tifón (se refiere a Set), Isis, después de haber reunido los miembros, los metió en un buey de madera, poniendo fino lino alrededor...”.
Para las ceremonias anuales conmemorativas del fratricidio divino, existía una vaca de madera que era llevada en la procesión de Osiris, en cuyo interior se creía que estaba la momia del dios. En nota 379 del traductor Francisco Parreu Alasá se dice: “ Están atestiguados sarcófagos con forma de vaca o con una vaca pintada (la diosa Nut) y existía una vaca de madera llevada en la procesión de Osiris, en cuyo interior se creía que estaba la momia del dios...” (8)
Heródoto nos ofrece, también, un precioso relato de ese tipo de enterramientos al describir el de la hija del faraón Mikerinos (2.490-2.472 a.C., el constructor de la tercera pirámide de Saqqära en la antigua Menfis), dentro de un sarcófago de madera sobredorada en forma de vaca y que él mismo afirmaba haber visto, “...a Mikerinos, dice, le llegó la primera desgracia en su hija que murió. Afligido por la desdicha y deseoso de enterrar a su hija con extraordinaria magnificencia, mandó hacer una vaca de madera, vacía, que hizo dorar, y en ella sepultó a su hija muerta. Esta vaca no fue cubierta con tierra, sino que se halla en la ciudad de Sais, colocada en una sala decorada del palacio real; y junto a ella queman inciensos de todas clases durante todo el día.... La vaca está toda ella escondida bajo un manto de púrpura, menos el cuello y la cabeza que aparecen dorados con una espesa capa de oro; y entre los cuernos hay una imitación en oro del disco solar. Y la vaca no está de pié, sino arrodillada, su tamaño es el de una vaca grande viva. Todos los años sacan la vaca de la sala a la luz, pues dicen que la joven al morir pidió a su padre Mikerinos la gracia de ver el sol una vez al año”.(9)
No podemos terminar las referencias fúnebres egipcias, sin citar una de las tres fuentes de conocimiento del antiguo Egipto como es el “Libro de los Muertos”. En ese texto fúnebre encontramos otra asociación y utilización del toro en los rituales funerarios al relatar “La apertura de la boca del difunto”, bien con la Azuela, el instrumento de Anubis, o introduciendo en la boca del difunto los testículos de un toro sacrificado, en la creencia de que restituía al difunto el uso de la lengua en la otra vida. Después de descuartizar la víctima, ofrecida al muerto por sus parientes y amigos, se depositaba ante la momia “el muslo y el corazón del animal sacrificado donde se ocultaba el alma del difunto”. El Libro de los Muertos fue escrito en piel de gacela y hallado en el templo de Déndera, cuya antigüedad se data hacia el año 1500 a.C.
A Osiris se le denomina “Toro del Occidente” y se le invoca en casi todas las oraciones, en varios pasajes del Libro de los Muertos. En el capítulo que narra la fórmula para instalar el lecho funerario, al relatar las excelencias del difunto se dice: “...¡Eres puro, eres puro! La parte anterior (de tu cuerpo) es pura (y) la posterior (también) es pura; (has sido preparado) con natrón, incienso, agua fresca (y) resina; has sido purificado con leche del toro Apis...” (10)
Siguiendo el curso ascendente del Nilo, nos encontramos unos curiosos rituales practicados en Sudán, entre los Shilluk, pueblo ganadero de bovinos que viven al norte de Jartún, en el Nilo Blanco: “..el rey era estrangulado y enterrado con una virgen viva a su lado. Cuando los dos cuerpos se pudrían, sus huesos se colocaban en la piel de un Toro. Un año más tarde se nombraba al nuevo rey y sobre la tumba de su antecesor el ganado era acuchillado hasta la muerte a cientos”. Después de terminada la ceremonia se repartía la carne de los toros sacrificados entre los presentes al ceremonial, cuyos animales se descuartizaban sin despellejar.(11)
Igualmente, en otro pueblo sudanés, los Dinkas, dedicados a la cria de ganado, cada poblado separa de sus rebaños un buey, el más fuerte, al que se le dedican canciones épicas, ya que entre las gentes de estos pueblos el ganado llega a tener un valor casi religioso, hasta el punto de que no los sacrifican a no ser con ocasión de fiestas o ceremonias. El buey seleccionado es considerado el Buey sagrado del poblado, al que se le llegan a ofrecer, en sacrificios, otros animales.
Este pueblo realizaba un curioso rito de iniciación a la pubertad: “cuando el muchacho ingresa en la clase de los jóvenes, por edad, el padre del joven presenta a su hijo con un toro, que recibe el mismo nombre que el muchacho. Es tal la unión entre ellos que se pasa horas cantando y jugando con su toro y que será sacrificado si el muchacho muere. En su tumba se colocarán los cuernos del animal”. Al entregarle el buey le adornan los cuernos, de forma que se parezcan a los del Buey sagrado del poblado.(12)
Hacia el sur, en la zona marcada por las ruinas del gran templo de piedra de Zimbabwe, en Matabeleland, el regicidio ritual se practicó hasta 1.810. Los sacerdotes consultaban las estrellas y el oráculo sagrado cada cuatro años, y, sin lugar a dudas, el veredicto sería muerte para el rey. La costumbre consistía en que “...la primera esposa del rey, que lo había ayudado a encender el primer fuego sagrado de su reinado, debía estrangularle con un cordel hecho de tendón de pata de toro. El estrangulamiento debía tener lugar en una noche de luna nueva. Al cuarto día el cadáver se colocaba en posición fetal, se envolvía en un paño de forma que sobresalieran el dedo pulgar y las puntas de las uñas y luego se envolvía en la piel fresca de un toro negro con una marca blanca en la frente”.
Tendría alguna relación, o vínculo conexo, esta piel con la piel representativa del dios egipcio Anti, citado anteriormente?.
Para terminar este recorrido por los pueblos nilóticos, encontramos otro curioso ritual que realizaban los Bayankole ”... cuando un rey muere, envuelven su cuerpo en la piel de una vaca recién muerta, después de lavar con leche el cadáver real..., e incluso hacen que el ganado participe en el duelo, separando las vacas de sus terneros a fin de que unas y otros lancen melancólicos mugidos”.(13)
Para la tribu Ga, en Ghana, los funerales son tiempo de luto, pero también de celebración. Los Ga creen que cuando alguien querido muere pasa a otra vida, y se aseguran de que lo haga con estilo. Honran a sus muertos con féretros coloristas que conmemoran la forma de vida del difunto. Los ataúdes se diseñan para representar aspectos de la vida de la persona muerta: un coche si era un chófer, un pez para los pescadores o una máquina de coser para la costurera. También pueden simbolizar los vicios del difunto, como una botella de cerveza o un cigarrillo.
La costumbre de la participación del ganado en los funerales reales se encuentra representada en infinidad de templos y papiros, además de estar atestiguada su presencia en los Textos de las Pirámides (hacia 2.350 a.C.), donde el rey muerto se ha convertido en Osiris y cuya jaculatoria reza así:
“El cielo habla (...en truenos?); la tierra se agita,
por Temor a ti, Osiris, cuando asciendes.
¡Oh allá lejos, vacas lecheras,
Oh allá lejos, vacas lactantes, ir a su lado!;
lloradle, alabadle, cantadle vuestro plañidero canto cuando asciende.
El se va al cielo entre los dioses, sus hermanos”.(14)
Como se ha podido comprobar, no podemos detenernos en relatar los elaborados rituales o ceremoniales funerarios que sería prolijo describir. Sepan que tras la muerte, al difunto se le sometía a las operaciones de la momificación en la “Tienda de la Purificación”, donde recibía ofrendas funerarias. El entierro, en sí, comenzaba con la formación de la comitiva, la travesía del Nilo, la subida a la tumba, la lectura de las interminables letanías por parte de los sacerdotes y los familiares del fallecido, la apertura de la boca del difunto, el adiós a la momia y la comida funeraria. Sin olvidar el obligado acompañamiento de músicos, plañideras con los rostros cubiertos de limo, el pecho descubierto, los vestidos desgarrados y el ganado de lúgubre bramido que acabo de describir. Todo ese ceremonial podía llegar a durar hasta dos meses. Por ello, suspendamos aquí el relato que retomaremos en el próximo capítulo.
Plácido González Hermoso.
BIBLIOGRAFIA:(1).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses” Alianza Edit.1988
(2).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”: Texto de las Pirámides,616 d-f.
(3).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”: Pirámides 781 b
(4).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”: Texto de las Pirámides 782
(5).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”: Texto de las Pirámides 882
(6).- Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”: Texto de las Pirámides 883
(7).- Cristina Delgado Linacero, “El Toro en el Mediterráneo”
(8).- Diodoro Sículo,“Biblioteca Histórica”
(9).- Heródoto, “Historias”, Libro II
(10).- Albert Champdor.-”El libro egipcio de los muertos”
(11).- Mircea Eliade.-”Historia de las creencias y de las ideas religiosas” Tomo IV.
(12).- Francesc Lluís Cardona, “Mitologías y leyendas africanas”
(13).- Henri Frankfort “Reyes y Dioses, Alianza Editorial 1988
(14).- Textos de las Pirámides 549-50, Henri Frankfort, “Reyes y Dioses”

miércoles, 29 de julio de 2009

LA PIEL Y LAS ASTAS DEL TORO

Para completar la trilogía sobre la utilización de las partes físicas del toro a lo largo de la historia -sobre la carne y la sangre de este animal ya se comentó en los capítulos anteriores- puede servir, a modo de cierre, el uso y la utilización dada a la piel y las astas del toro.
Al igual que en los capítulos precedentes, los relatos referidos, los datos aportados, los rituales reseñados, las costumbres narradas representan solo una mínima parte del fondo documental que la historia de la humanidad nos ha legado al respecto, sin contar todo lo que los avatares históricos y la noche de los tiempos se llevaron sin dejar rastro alguno.
De forma parecida al tratamiento dado a la carne y la sangre, a la piel y a las astas del toro se le dieron infinidad de utilizaciones de todo tipo que van desde los aspectos monetario, funerario o militar, a los usos marítimos, guerreros, indumentarios, domésticos, etc., todo ello debido a la fortaleza y calidad de la piel, que hizo de esta materia prima material preferente y deseado hasta nuestros días.
Afirmar que la primera utilización que el hombre primitivo le dio a la piel del toro fue, a modo de vestido, para taparse y protegerse de los fríos intensos que tuvo que soportar, en aquellas glaciaciones desde el remoto Paleolítico, es algo tan evidente que no precisa probatura. Más tarde, con el correr de los tiempos pasó, a la luz de la etnología, del uso por pura necesidad física a su utilización pudorosa y suntuosa o como reclamo sexual. Mas eso pertenece ya a otra disciplina.
La utilización de pieles en la antigüedad, y la del toro en particular, la encontramos ya atestiguada en las pinturas rupestres de nuestra Península, a modo de camuflaje para mejor acercarse a los animales a cazar y poder cobrar la pieza con más facilidad y menor riesgo.
También las danzas rituales, practicadas por el hombre primitivo, estaban asociadas a ritos de fertilidad y ciertas prácticas religiosas. En cada grupo tribal del Neolítico, los hechiceros se adornaban, en los rituales practicados, con una cabeza de toro salvaje hueca y una piel de toro incluida la cola, y hasta es probable que fueran los que realizaran las pinturas rupestres, ya que estas se suponen asociadas a rituales de magia.
Al principio del Génesis se relata el pasaje en que Dios, antes de expulsar a Adán y Eva del paraíso, “les hizo unas túnicas de pieles y los vistió”(Gén.3,21). La Biblia no cita el tipo de piel utilizada para ello, mas no sería demasiado aventurado presumir que fuese la del toro, teniendo en cuenta que este animal era la víctima sacrificial predilecta para Yahvé.
Aunque en muchos de los sacrificios la piel de la víctima, incluida la del toro, era quemada fuera del recinto sagrado, según los diferentes rituales, también es cierto que la ley mosaica establecía que: “Del sacerdote que ofrezca un holocausto será la piel de la víctima que ha ofrecido...”(Lev. 7,8)
No cabe duda que a la divinidad se le reservaba siempre las mejores ofrendas. Los objetos sagrados estaban confeccionados con los mejores materiales, como era el caso de la construcción del tambor sagrado de los templos, con cuyo sonido se congregaba a los fieles a los actos litúrgicos, y que se fabricaba con la piel de un toro, cuyo instrumento estaba dedicado al dios sumerio En-lil o al babilónico Marduk. En la creencia general se decía que el tambor reproducía la voz mugiente del dios y al sonido producido por este instrumento se le conocía como “la música del toro”.
Antes de realizar el sacrificio del toro, para utilizar su piel en la confección del tambor sagrado, el sacerdote pronunciaba una salmodia en la oreja del toro, a modo de respetuosa salutación:
“ Gran Toro, sublime, que pisas la hierba pura,
que andas por el campo y llevas la abundancia,
que cultivas los cereales y que alegras los campos
...”.(1)
El oficio de curtidor fue una profesión común y necesaria en todas las sociedades de la antigüedad, sin embargo la primera y única cita que encontramos en la Biblia aparece ya en época tardía, concretamente en los Hechos de los Apóstoles, al relatar el episodio en el que Pedro resucita en Joppe a “…una discípula llamada Tabita, que quiere decir Gacela”(Hch.9,36), y terminado el milagroso acontecimiento: “…Pedro permaneció bastantes días en Joppe hospedado en casa de Simón el curtidor”(Hch.9,43), “…cuya casa está junto al mar”(Hch.10,6). Al puerto de Joppe, junto a lo que hoy es Tel-Aviv, llegaba la madera del Líbano para la construcción del Templo de Jerusalén, en tiempos de Salomón. Hoy es habitual la denominación unificada de Tel-Aviv-Yafó.
Precisamente la piel de un toro extendida fue la forma primigenia utilizada en la fabricación de aquellos lingotes de oro, de unos 8,5 gramos de peso o los de cobre o bronce, de entre 25-30 Kg de peso (conocidos más tarde como “lingotes chipriotas”), que estuvieron en circulación desde el siglo XVIII a.C. hasta la aparición de la moneda en el siglo VII a.C. y fueron las primeras monedas conocidas que circularon por todo el Mediterráneo, donde comenzó a denominárselos talentos.
En la época de Homero, el talento de oro equivalía a un buey, existiendo dos sistemas de valor, el trueque de vacuno y el talento de oro.
Los primeros lingotes fueron considerados como símbolo de riqueza y rango social y se entregaban como recompensa o dádiva entre los poderosos y exigidos como impuestos, tributo o botín de guerra. La misma piel fue asunto reclamado como tributo a los pueblos sometidos, como cita el historiador Diodoro Sículo (fines s. I a.C.), quien afirma que los pueblos de Numancia y Termancia (la actual población Montejo de Liceras, Soria) tributaron a Pompeyo (106-48 a.C.), 3.000 pieles de buey, entre otros productos.
El geógrafo Estrabón (58 a.C. – 25 d.C.) además de comparar la península Ibérica con una piel de toro extendida, nos da cuenta del floreciente comercio de pieles que mantenían los habitantes del Cantábrico y del Duero a cambio de sal, cerámica y objetos de bronce, al principio de nuestra era.
El precio de las pieles, como cualquier otro producto de la actividad comercial, era asunto regulado por las distintas normativas legales en los diversos países en la antigüedad, como ocurría con las leyes Hititas (hacia el 1300 a.C.), que en su Artº 185 establecía:“El precio de: un IKU de viñas es 1 mina de plata - el cuero de un buey bien criado es un siclo de plata (8-10 grs.). - 5 cueros de res lechal es 1 siclo de plata - 10 cueros de cabra es 1 mina de plata - 10 pieles de ovejas jóvenes es 1 siclo de plata - 4 pieles de cabra es 1 siclo de plata - 15 pieles de cabras trasquiladas es 1 siclo de plata - 20 pieles de cordero es 1 siclo de plata - 20 pieles de cabrito es 1 siclo de plata. Quien compre la carne de 2 bueyes bien criados pagará una oveja”.
Entre los diferentes lingotes de bronce que han llegado hasta nuestros días, cabe reseñar el procedente de Serra Llixi (Nugarus, Nuoro Cerdeña), datado hacia el s. XI-X a.C. (fig. )
También podría citarse un pectoral, con forma de piel de un toro extendida, del conocido tesoro de “El Carambolo” hallado en Sevilla, considerado por algunos como "Un tesoro digno de Argantonio"(El primer rey ibérico de Tartessos, hacia el 550 a.C.). El mismo está catalogado entre los siglos VIII y III a.C. y se cree que esos adornos eran portados por una sola persona, tal vez un hombre en algún ritual suntuoso o, tal vez, pertenecían al ajuar de una estatua ritual, posiblemente un toro.
Cabe destacar el hallazgo reciente de un altar ibérico, del s.V a.C., encontrado en Lorca (Murcia), con forma "de lingote chipriota o piel de toro" con reminiscencias púnicas, parecido a los hallados en Andalucía o Extremadura.
Con la llegada de la moneda acuñada, bajo el reinado de Creso (560-546 a.C.), la moneda tomó un gran auge al acuñar diversas emisiones de monedas. Sus primeras estáteras (14 gramos) mostraban, como imagen representada, dos cabezas opuestas de león y toro.
Otra de las formas de utilización de la piel de toro fue en la confección de pergaminos, aunque la mayoría fuesen confeccionados con pieles de cabra u oveja. En Roma los pergaminos de pieles de oveja o de cabra, se cortaban en forma rectangular que eran cosidos unos con otros para formar rollos, a semejanza de los empleados por los egipcios, aunque los más finos eran de piel de terner@ y se destinaban para ediciones de lujo y estuvieron en uso desde el s. II a.C.
Precisamente de lujo tuvo que ser el primer libro del Avesta (el libro sagrado de los Vedas de Persia), atribuidos a Zaratrusta (700-630 a.C.), que fueron escritos en “doce mil pieles de toro” y fue Alejandro Magno, el año 331 a. C., quién ordenó quemarlos, cuando redujo a cenizas la ciudad de Persépolis. Esa “biblia” del mazdeísmo fue reconstruida de memoria hacia el s. III o IV d.C.
En Mesopotamia utilizaban para el transporte fluvial unas balsas de madera y cañas dispuestas sobre unos odres de piel de buey hinchados o bien usaban unas barcas de madera con formas redondeadas y forradas con piel de este animal.
Interesante fue la argucia utilizada por las tropas de Alejandro Magno cruzaron las aguas del Tigris y el Éufrates montados sobre pellejos de buey hinchados de aire. También se utilizaban pellejos de piel llenos de aire para pescar y bucear, aspirando a intervalos el aire de su interior, consiguiendo con ello prolongar las inmersiones y aumentar las capturas a pescar. También en la España primitiva se usaron barcas de cuero cosido, con las que navegaban norteños y lusitanos, según el relato de Estrabón.
La piel del toro se usó para la fabricación de odres para almacenamiento de líquidos, que fueron usados por egipcios, hebreos, mesopotámicos, griegos, romanos y hasta hace poco, en nuestra Península, para el transporte de vinos.
Curiosa fue la utilización de unos odres, relatado por Homero en la Odisea, que fueron regalados a Odiseo por el rey de Eolia (Eolo Hipótada), cuando se marchó de la isla flotante de Eolia:”Diome entonces, encerrados en un cuero de un buey de nueve años que antes había desollado, los soplos de los mugidos vientos, pues el Cronida habíale hecho árbitro de ellos, con facultad de aquietar y de excitar al que quisiera. Y ató dichos pellejos en la cóncava nave con reluciente hilo de plata, de manera que no saliese ni el menor soplo, enviándome el Céfiro para que, soplando, llevara nuestras naves y a nosotros en ellas”.
Diodoro de Sicilia (conocido como Diodoro Sículo, 90-5 a.C.) relata una curiosa estratagema empleada por la reina asiria Semíramis en su campaña contra la India(al parecer se trata de un relato ficticio, como el personaje). Cuando vio que el número de elefantes que poseía era inferior a los de la India, ideó construir figuras de esos animales con la piel de trescientos mil bueyes negros, que rellenaron posteriormente con hierba.
Los escudos de piel de toro fueron también de uso común entre los ejércitos antiguos. Estaban recubiertos de pieles de vacuno, como se observa en los que llevaban un grupo de soldados de madera, recuperados de una tumba egipcia de la XII dinastía (1991-1783 a.C.) o los que se contemplan en un fresco de Thera, en Santorini, Grecia (500 a.C.).
Otra vez Homero nos describe los escudos empleados por los aqueos, forrados con varias capas de piel de vaca o de buey, como el del caudillo Ayax que se confeccionó con siete capas. También las corazas greco-romanas eran del mismo material y sobre ellas iban colocadas, a modo de protección, placas de bronce o de hierro. Lo mismo que mesopotámicos usaban también la piel en sus cascos, escudos y sillas de montar.
La artesanía del cuero en Egipto se remonta al Imperio Antiguo, donde se emplearon en la fabricación sandalias, porta-manuscritos, cascos, escudos de cuero y carcaj, sillas de montar, cabezadas, riendas, etc., que en general fueron de uso común entre todos los pueblos de la antigüedad. Todos estos objetos eran repujados con profusión y elegantes dibujos, hasta el punto de que tenían amplia fama entre los países vecinos. No debemos olvidar tampoco las camas egipcias de cuero de buey, cuyos somieres se confeccionaban con tiras de piel entrelazadas y en especial los de las camas plegables, como las encontradas en la tumba de Tutankamón, descubierta por Howard Carter, quien halló en el fondo de un cofre de la tumba dos pares de sandalias de cuero y un par, de los encontrados, estaba decorado con oro
Las sandalias de cuero se conocían ya en los primeros tiempos del Egipto antiguo. En las tumbas del Reino Arcaico se han encontrado "modelos" de sandalias siendo los faraones los que usaban las sandalias más suntuosas, con la punta realzada hacia el empeine y en ellas se representaba artísticamente a los enemigos capturados en las suelas, de modo que mágicamente el rey los pisoteaba o aplastaba cada vez que daba un paso.
Entre los objetos que Ramsés II (1301-1231 a.C.) proveía a su pueblo se relatan los siguientes: "Para vosotros he llenado los depósitos con toda clase de cosas: pan, carne, pasteles, sandalias, vestidos, abundantes ungüentos de modo que podáis frotaros la cabeza cada 10 días y equiparos todo el año, y que en todo tiempo dispongáis de buen calzado".
Por regla general los egipcios caminaban casi siempre descalzos, llevabando las sandalias en las manos o colgadas de un bastón y solo se las calzaban cuando llegaban a su destino. El propio faraón Narmer (3050 a.C. aprx.) caminaba con los pies descalzos escoltado por sus criados, uno de los cuales ostentaba el cargo de “portador de las sandalias del faraón”. el cual lleva las sandalias atadas a su muñeca izquierda y un cántaro o botijo en su mano derecha.
Precisamente el faraón disponía de sus propios talleres de tenerías, como se refleja en una inscripción de un ataúd hallado en la necrópolis de Gizeh y perteneciente a un oficial de nombre Uta: “El jefe de las tenerías de las sandalias reales, que se dedica a todo lo relacionado con las sandalias del rey, a la satisfacción de su amo, Uta. El director de los guarnicioneros, fabricante de las cajas de actas del rey, un encargado de los secretos que hacía las cosas según el deseo de su señor en el trabajo de los guarnicioneros, Uta”.
Otra de las utilizaciones que daban los egipcios a la piel del toro era para celebrar el ritual denominado “pasaje por la piel” que realizaban los faraones y sacerdotes para rejuvenecerse. Este ritual era conocido como “Heb Sed”, o del rejuvenecimiento del poder, en el que previamente un sirviente personal procedía a lavar los pies del Faraón antes de calzarle las sandalias rituales.
El poeta Hesíodo (hacia el s.VIII a.C.), en “Los Trabajos y los días”, recomienda un tipo de piel para la confección de sandalias: “...en torno a tus pies calza ajustadas sandalias de buey muerto con violencia...”. No parece muy comprensible esta afirmación de Hesíodo de que la muerte violenta de un animal de fortalez a la piel.
Nuevamente encontramos en la Biblia unos hechos curiosos alusivos a las sandalias. En la “ley del Levirato”, donde se establecía que si un hombre muere, sin dejar hijos, el hermano debe cohabitar con su cuñada y el hijo que naciere será hijo de su hermano muerto. Mas si éste se negase a cumplir con la ley: “… su cuñada se acercará a él, en presencia de los ancianos, le quitará una sandalia del pié y le escupirá en la cara… Y su casa será llamada en Israel la casa del Sinsandalias.”(Dt.25,10)
Es curioso comprobar la forma en que se hacían los tratos en Israel en tiempos de la moabita Rut (s. XII a.C., Rut significa "compañera"), que era la bisabuela del Rey David: :“Había en Israel la costumbre, en caso de compra o de cambio, para convalidar el contrato, de quitarse el uno una sandalia y dársela al otro. Esto servía de prueba en Israel.” (Rut. 4,7)
Otra forma de utilización fueron las históricas pieles funerarias entre los pueblos nilóticos. Antes de la aparición del toro egipcio Apis, en el ritual de la degollación del toro divino, la piel se usaba como vehículo revitalizador del difunto envuelto en ella. Precisamente al dios Anti (el encargado de vigilar la navegación de la barca solar), se le representaba como un pellejo de toro negro sujeto a un mástil o como una piel de vaca. Bajo el aspecto funerario y relacionado con el difunto representa las antiguas pieles de vaca en las que los fallecidos eran enterrados, estableciéndose un paralelismo simbólico entre la piel táurica y la resurrección del difunto en el Más Allá.
También entre los Shilluk (tribu de Sudán), tras el acto del regicidio sacro, enterraban al rey junto con una virgen viva a su lado y cuando los dos cuerpos se pudrían, sus huesos se colocaban en la piel de un Toro. Parecido rito se practicaba en Zimbabwe, cuando la primera esposa del rey debía estrangularle con el tendón de la pata de un toro, el cadáver se envolvía en la piel fresca de un toro negro con una marca blanca en la frente.
Muchos más ejemplos podrían citarse, que sería prolijo de relatar, ya que la utilización de la piel del vacuno para diversos usos es tan extensa como la inventiva humana.
Al igual que con la piel, la utilización de las astas del toro para la confección de innumerables objetos, tienen parecida antigüedad como aquella.
Entre los usos dados al cuerno del toro, es notorio el que se le dio en el mundo bíblico, empleándolo como ungüentario ritual y servían para contener los óleos sagrados con los que ungían, entre otros, a los reyes de las primeras dinastías de Israel. El mismo texto bíblico nos da cuenta, en infinidad de pasajes, de la utilización de los cuernos que adornaban los altares israelitas, los cuales además de ser uncidos con la sangre de las víctimas sacrificadas, tenían la potestad de proteger a las personas que a ellos se acogieran, como le ocurrió a Adonías, hijo del rey David y hermano de Salomón, quien -tras haberse proclamado rey sin la aquiescencia de su padre, enfermo y anciano, que ordenó se unciese como rey de Israel y Judá a Salomón- temiendo que su hermano lo eliminara, se refugió en el templo y: “…Adonías, temiendo de Salomón, se levantó y fue al tabernáculo de Yahveh a agarrarse a los cuernos del altar”. Este hecho le fue comunicado a Salomón: “…Adonías tiene miedo del rey Salomón y ha ido a agarrarse de los cuernos del altar, diciendo: Que el rey Salomón me jure hoy que no hará morir por la espada a su siervo”. (1Rey. 1, 50-52)
En todas las tradiciones primitivas los cuernos implican ideas de fuerza y poder. Con ellos se adornaban los tocados de pieles prehistóricos y los yelmos de guerra, hasta la Edad Media. Los cuernos entraron en composición decorativa y ornamental de los templos asiáticos y, junto con los bucráneos (por ser restos sacrificiales), se consideraban de valor sacro. Precisamente en la unión del primer cuerpo con el segundo, de la torre de la catedral de Murcia, aparecen cuatro bucráneos por cada cara, 16 en total, como elementos decorativos de reminiscencia sacrificial.
Como elemento de ornamentación también son ampliamente conocidas las representaciones córneas en lo alto de palacios y templos, como se constata en el palacio-templo cretense de Cnosos, donde la presencia de unos enormes “cuernos de consagración” demuestran la clara significación religiosa.
Otro tanto ocurría en Copto (Egipto), en la época faraónica, donde el templo dedicado al dios egipcio de la fertilidad Min, estaba coronado por un par de enormes astas taurinas, en clara referencia de la asociación del dios con el toro. Sobre esta relación del toro con los dioses véase el artículo “Toros mitológicos II”, en este mismo blog.
En el Poema de Gilgämesh se nos da cuenta de un hecho curioso en el que el héroe, tras dar muerte al Toro Celeste, reunió a los artesanos de Uruk para que admirasen los cuernos del toro y luego los decorasen. “...Los artesanos midieron el grosor de los dos cuernos: su masa era, cada una, de treinta minas de lapislázuli (unos 15 Kg. cada cuerno), la anchura de su revestimiento era del grosor de dos dedos y de seis guru de aceite el contenido de ellos (unos 1500 litros), Gilgämesch ofreció los dos cuernos a su dios, Lugalbanda, como vasos de unción; se los llevó y colgó en su cámara principesca”.
Conocidas también eran las tiaras babilónicas, las cuales estaban orladas con varios pares de cuernos que simbolizan la naturaleza divina y que coronaban las testas reales y los famosos toros alados asirios.
Los celtas solían representar a los toros provistos de tres cuernos, en la creencia de que aumentaba así el simbolismo del cuerno, que denotaba agresividad y fertilidad, gracias al poder sagrado del número tres.
Otra significación mágica de las astas se nos relata en el sueño de los gansos y el halcón de Penélope, en la Odisea, que en sus ensoñaciones oníricas vio que los sueños que salían por la puerta de marfil eran engañosos, mientras que los que procedían de la puerta construida de “pulimentado cuerno, anuncian cosas que realmente han de verificarse”.
Ese mismo texto fabuloso nos refiere la epopeya en la que arrebatan y dan muerte a los compañeros de Odiseo, devorándolos el monstruo Escila, tras “arrojar al Ponto el cuerno de un toro montaraz”.
Otra curiosa utilización fue la que le dieron los romanos al cuerno, que lo emplearon como utensilio médico para alimentar a los enfermos, usándolo a modo de embudo.
En las representaciones teatrales o rituales, era frecuente el uso de máscaras con prominentes cornamentas, al igual que el empleo de ritones con forma de cabezas de toros, como los conocidísimos ritones cretenses o la cabeza de toro con cuernos de oro de Villajoyosa, Alicante etc. Las representaciones de divinidades portando esbeltas cornamentas eran frecuentes en el mundo egipcio, como Hator, Isis o el mismo Ptah. En el mundo griego a dios Dioniso o al romano Marte se los presentaba de esta guisa.
La utilización musical del cuerno del toro estuvo ampliamente difundida en la música mesopotámica y demás pueblos ribereños del Mediterráneo. En un fresco del palacio de Mari, aparece un hombre que empuña un cuerno como instrumento sonoro, cuya antigüedad data del siglo XVIII a.C., por citar algún ejemplo.
Los ejércitos romanos disponían de músicos denominados bucinatores y cornicines, cuyos instrumentos se fabricaban con cuernos de bueyes o de búfalos, algunos de los cuales eran adornados con plata en sus embocaduras.
Muchos ejércitos de la antigüedad y no solo los vikingos, utilizaron los cuernos en los cascos de los guerreros, que les daba un aire más agresivo. Incluso muchos estandartes guerreros iban coronados con prominentes cornamentas.
Los usos domésticos dados al cuerno de vacuno han sido innumerables y van desde las aceiteras pastoriles, las cuernas y colodras para diferentes utilidades, la confección de peines y peinetas, o infinidad de objetos de adornos, ya que su ductilidad hace fácil cualquier proceso.

Plácido González Hermoso

BIBLIOGRAFIA
1.- Federico Lara Peinado, “Himnos Sumerios”.
2.- Cristina Delgado Linacero, “El Toro en el Mediterráneo”.
3.- Diodoro Sículo,“Biblioteca historica”
4.- Estrabón, “Geografía”.
5.- Homero,”La Odisea”.
6.- F. LL. Cardona, “Mitología y Leyendas africanas”.
7.- Federico Lara Peinado, “Poema de Gilgamesh”.

miércoles, 25 de marzo de 2009

LA SANGRE DEL TORO

Si curiosos pudieron parecer los datos que aporté al hablar de la carne del toro, de su utilización y consumo, de las creencias en torno a los poderes genésicos de la misma etc., no menos interesantes son también las creencias en los poderes purificadores o nocivos que se le atribuían a la sangre de los animales en general y a la del toro en particular, si esta era ingerida por el hombre.
No cabe duda que la sangre desempeñó un papel importante en los ritos sacrificiales con cualquier clase de víctimas. Ese líquido vital representaba la misma vida y estaba prohibido su consumo por mandato bíblico: ”… porque la vida de toda carne es la sangre; en la sangre está la vida. Por eso he mandado yo a los hijos de Israel: No comeréis la sangre de carne alguna, porque la vida de toda carne es la sangre; quien la comiere será borrado.”(1), al tiempo que se establecía, en el pacto que Dios realizó con Noé, sangrar las carnes antes de consumirlas: “Solamente os abstendréis de comer carne con su alma, es decir, su sangre...”(2), por tanto, todo aquel que comiese la carne sin sangrarla era reo de una serie de castigos o calamidades, que le serían enviadas por la divinidad.
A pesar de las amenazas bíblicas y de los males que podía acarrear su ingestión, la utilización de la sangre del toro estuvo rodeada de tantas significaciones y creencias como veremos a continuación.
Platón nos describe, en el “El Kritías”, la forma de utilizar la sangre del toro por los reyes de la Atlántida, cuando lo inmolaban al dios marino Poseidón a quien, por cierto, siempre se le inmolaban toros negros. Con la sangre del toro se rociaban entre ellos, a modo de ritual purificador y se impregnaba con ella una columna de oricalco colocada en el centro del templo de Pseidón –el Eraklión-, donde estaban escritas las leyes de la Atlántida: “... Después de terminar el sacrificio y consagrar todas las partes del toro, llenaban de sangre una crátera y se rociaban uno a uno con unas gotas de ella.. A continuación, sacando alguna sangre de la crátera con copas de oro... bebían la sangre y depositaban la copa como exvoto en el santuario del dios.”(3)

Uno de los diez reyes de la Atlántida, llamado Anthia, parece ser que vivió en Zamora, donde se halló una estatua del “domador de toros”, titulación con que se invocaba a Poseidón. (4)
En el rito del Taurobolio o sacrificio del toro, la sangre era el elemento esencial en los ritos de iniciación dedicados a los misterios de Atis-Cibeles (la de la fértil tierra y señora de las fieras) y al dios iranio Mitra. En ambos casos se incluía el bautismo del iniciado, o del sacerdote, con la sangre de un toro recién sacrificado.
El culto a Cibeles se introdujo en Roma hacia el 204 a.C., en tiempos del general Publio Cornelio Escipión “El Africano”(236-183 a.C.), cuando en su lucha contra Aníbal, al final de las guerras Púnicas, consultaron los libros sibilinos (eran unos libros mitológicos y proféticos de la antigua Roma) y éstos predijeron que Aníbal sería arrojado de Italia en cuanto trajeran el culto de Cibeles a Roma. (5)
En España fue introducido su culto de la mano del Emperador Augusto (Cayo Julio César Octavio, 63 a.C. 14 d.C.), quien sentía una especial veneración por Cibeles.
Según se cita en la biblioteca Celtiberia.net: “La aparición en el pasado año 2000, en la muralla de Barcino, de un relieve del dios Attis, y fechado en la primera mitad del siglo I d.C. por los especialistas, permite asegurar que el culto a Cibeles y a Attis está presente en la ciudad de Barcelona desde el mismo momento de su fundación por Augusto a finales del siglo I a.C.”.
El ritual lo realizaba el sacerdote oficiante, tal y como lo relata el poeta hispano Aurelio Prudencio (348-410 d.C. uno de los mejores poetas cristianos de la antigüedad) en su Peristephanon (Libro de las coronas de los mártires).
En el relato que dedica al Martirio de San Román nos describe el rito del Taurobolio de la siguiente manera: “El sumo sacerdote se oculta bajo tierra en una fosa preparada, para recibir su consagración en esas profundidades… ceñida su cabeza con el sagrado turbante… adornando su cabellera con corona de oro, ajustando la toga de seda a la manera gabia.
Con tablones de madera colocados sobre la fosa construyen una tarima escénica, que queda abierta por muchas partes…; inmediatamente hacen rendijas o agujerean la plataforma… con múltiples golpes de barrena… Allí conducen un toro enorme de frente fiera y erizada, atado con guirnaldas de flores por los lomos o en su cornamenta encadenada; brilla también el oro en la frente de la víctima y recubre su pelo el fulgor de láminas doradas.
Luego que han colocado ahí el animal que ha de ser inmolado, le abren el pecho con el cuchillo sagrado: la ancha herida vomita una oleada de sangre hirviente, y sobre las planchas del puente que hay debajo del toro se derrama un encendido torrente de sangre y expande su calor por todas partes.
Entonces, por los numerosos canales de las mil rendijas, el borbotón penetrante de la sangre llueve su podrida corriente, que recibe el sacerdote metido dentro de la fosa, exponiendo su cabeza sucia a todas las gotas, infestando su vestido y todo su cuerpo.
Más aún: levanta su rostro hacia arriba, ofrece sus mejillas al encuentro de la sangre… y hasta sus mismos ojos baña en ese líquido… Después que los otros sacerdotes han retirado de aquella plataforma el cadáver del toro… sale de la fosa el pontífice, horrible a la vista: muestra su cabeza chorreante… sus vendas empapadas y sus vestidos embriagados en sangre.
A este hombre manchado con tal contacto, ensuciado con la ponzoña del sacrificio que acaba de consumarse, lo aclaman todos y lo adoran de lejos, porque la sangre vil y el toro muerto lo han purificado mientras que se ocultaba en aquella horrible caverna
…”.(6)
En Mérida existía un templo dedicado al dios Mitra, del s.III a.C., ubicado debajo de la actual plaza de toros, donde se realizaban, como es notorio, los suntuosos y elaborados ritos del Taurobolio.

También existieron templos dedicados a la diosa frigia Cibeles en diversos puntos de nuestra geografía, como el de Carmona, Sevilla, conocido como la “Tumba del Elefante”, llamado así por haberse encontrado en dicho templo una figura de elefante, que es el símbolo de la longevidad. Este templo se encuentra en la necrópolis romana de este municipio sevillano, de unas dimensiones importantes, con 26 metros de longitud, el cual disponía de un patio, casi rectangular, de unos 150 metros cuadrados.
Contaba, además, con cocina, cámara doble y tres “triclinios”, que eran estancias dedicadas a la celebración de banquetes ceremoniales (donde los romanos celebraban una comida tradicional, en el aniversario de sus difuntos), así como el foso donde se introducía el sacerdote, o el neófito, para recibir la sangre del toro sacrificado, en el rito del Taurobolio.

La antigüedad del templo, se cree, se remonta a los tiempos del emperador Claudio (41-54 d.C.) o tal vez de fecha anterior.
Las reminiscencias de los cultos a Cibeles fueron absorbidos por el cristianismo mediante el sincretismo de danzas a la Virgen María, en los que los danzantes van vestidos con ropas femeniles, rememorando, de esta forma, a los “coribantes”, “gallus” o “gallis”, que eran sacerdotes eunucos que habían practicado la eviración o emasculación, imitando al amante de Cibeles (Atti, que había sido castrado por la diosa al haberle sido infiel), y en las ceremonias dedicadas al sacrificio de Atti se vestían con ropas femeniles. Para iniciarse en el culto como sacerdote de Cibeles, los novicios se castraban colectivamente con un cuchillo de pedernal y vestían ropas y se adornaban con abalorios de mujer (la castración fue prohibida en tiempos de Domiciano -81-96 d.C.- y sustituida por la muerte del toro). Este ceremonial se realizaba el día 24 de marzo, conocido como “Día de la Sangre”, ya que, como colofón final, se realizaba el sacrificio de la muerte del toro, en el rito del “Taurobolio”, bebiendo parte de su sangre.
Como ejemplos reminiscentes de sincretismos danzantes, en honor a la Virgen, podemos citar los que se practican en Villafrades (Valladolid) en honor de la Virgen de Grijasalbas; o los que bailan ante la Virgen de Tejeda, en Villa de Moya (Cuenca); los de la Virgen de la Natividad de Méntrida (Toledo); los de la Virgen del Arrabal, de Laguna de Negrillos(León) o para finalizar los danzantes con zancos de Anguiano (La Rioja), en honor de de Santa María Magdalena, y en más de, al menos, una docena de pueblos de nuestra geografía.
Tanto los cultos a Mitra como a Cibeles, parece ser, fueron prohibidos definitivamente por el XVII Concilio de Toledo del año 694, convocado por el rey visigodo Égica (padre de Witiza) y presidido por el obispo de Toledo Sisberto.
El escritor Plinio el Viejo (23-79 d.C.), relata, en su "Historia Natural", que en Grecia y Roma se utilizaba la sangre del toro, a la vez, como veneno y como reconstituyente y también que: ”...la sangre de un toro negro y bravo, restregada en los riñones de una mujer, provocaba en ésta una excitación especial...”. Ojo! ¡Que a nadie se le ocurra hacer experimentos, por favor!.
Puestos a dar remedios, este mismo autor nos describe también un sacrificio del druidismo asociado con la curación de la esterilidad: “... el sexto día de luna, los druidas subían a un roble sagrado y cortaban una rama de muérdago, usando para ello una “hoz dorada” (probablemente de bronce dorado), cogiendo la rama con un manto blanco. Después, sacrificaban dos toros blancos”. La creencia era que cuando se mezclaba el muérdago con la sangre de los toros sacrificados, la ingestión de la pócima curaba la esterilidad.(7)
En Egipto usaban un remedio para hacer desaparecer el emblanquecimiento de los cabellos, la famosas canas, y se conseguía mediante una pócima con la ”sangre de un buey negro, mezclarla con aceite y untar la cabeza”, descrito en el Papiro médico de Ebers. Al parecer creían que las propiedades de un individuo estaban contenidas en su sangre. Por ello el color negro del buey podía transmitir estas cualidades, a través de su sangre, a los cabellos del hombre.(8)
El geógrafo Pausanias (s.II d.C.) relata, en su “Descripción de Grecia”, que la sacerdotisa de la diosa Gea (la Tierra, entre los griegos), antes de penetrar en la cueva divina para profetizar, bebía ante los fieles cálices con sangre de toro, como prueba ordálica de su castidad, demostrando con ello que era invulnerable ante las tentaciones sexuales.(9)
Otra modalidad del uso dado a la sangre de los toros, la encontramos en el rito del juramento de los siete caudillos aliados contra Tebas, descrito por Esquilo (525-456 a.C.), en cuya ceremonia hundían las manos en la sangre de un toro, recogida dentro del hueco de un escudo. (10)
Las referencias que podemos encontrar en la Biblia sobre el uso dado a la sangre de las víctimas sacrificadas son innumerables y van desde la consagración del altar: “ Moisés lo degolló y tomando la sangre del novillo, untó con su dedo los cuernos del altar todo en torno, y lo purificó, derramando la sangre al pié del altar, y lo consagró para hacer sobre él el sacrificio expiatorio...”, o su utilización para la unción sacerdotal “...Luego tomó sangre y untó el lóbulo de la oreja derecha de Arón, el pulgar de su mano derecha y el de su pié derecho... Tomó Moisés el óleo de la unción y sangre de la que había en el altar, aspergió a Arón y sus vestiduras y a los hijos de Arón y sus vestiduras, consagrándolos”(11), o también usándola como símbolo de alianza: “Moisés pidió a algunos jóvenes que inmolaran toros... Tomó Moisés la mitad de la sangre, poniéndola en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar,... Tomó él la sangre y asperjó al pueblo diciendo: “Esta es la sangre de la alianza que hace con vosotros Yahveh sobre todos estos preceptos.”(12). Nótese el paralelismo entre estos pasajes y el relatado por Platón en el Kritías, con la variante de que en vez de derramar la sangre sobre el altar, los reyes de la Atlántida lo hacían sobre la columna de oricalco del templo de Poseidón.
Otra variante es la creencia en el aspecto purificador o lustral de la sangre de los toros sacrificados, que aún se mantenía al comienzo de nuestra Era, entre los judíos, lo descubrimos en la epístola de San Pablo a los Hebreos: “ Porque si la sangre de los machos cabríos y de los toros y la aspersión de la ceniza de la vaca santifica a los inmundos y les da la limpieza de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo...!”(13), y más adelante, en la misma epístola, dice el apóstol: “…Pero en esos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados, por ser imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos borre los pecados”(14). En realidad lo que hace San Pablo, en esa epístola, no es ensalzar precisamente las virtudes de la sangre del toro, sino condenar antiguas creencias ya en desuso, aunque pone de manifiesto la existencia y permanencia, aún, de dichas costumbres entre los gentiles y las rechaza con rotundidad.
En los pasajes anteriores de la unción de Arón y sus hijos como sacerdotes, asperjando la sangre sobre sus vestiduras, al igual que lo hacían los reyes de la Atlántida rociándose con la sangre del toro de Poseidón, se puede presumir, al menos, una cierta semejanza entre esos rituales y los realizados en las ceremonias de los taurobolios, en los que el sacerdote, o el neófito en el rito de iniciación, salen materialmente regados con la sangre del toro sacrificado y por tanto purificados con ese bautismo lustral y cruento. Los iniciados por este ritual, mediante el bautismo de la sangre purificadora, se beneficiaban con la inmortalidad.
Otra tradición de los aspectos lustrales de la sangre del toro y transmisora de los aspectos genésicos del animal, la encontramos en la costumbre encuadrada en los ritos del toro nupcial, que se desarrollaron en muchas partes de la geografía norteña extremeña hasta épocas cercanas del siglo XIX. La pervivencia de este ritual es bastante antiguo pues lo encontramos ya recogido en una de las Cantigas de Santa María, de Alfonso X El Sabio.
El acto central del ceremonial consistía en retirar un toro del matadero, dos días antes de los esponsales y enmaromado por los cuernos era conducido a la casa de la novia. Durante el trayecto, el novio lo toreaba con su capa o con una sábana del ajuar de los novios, con mejor o peor fortuna, procurando rozar por el lomo o los cuernos del toro dichas prendas. Mientras, llegaba la comitiva a la casa de la novia y el burel era atado a la reja de la ventana. La novia entregaba al novio unas banderillas, ricamente engalanadas, para que se las clavase al toro y manase la sangre lustral. Luego debía procurar impregnar la capa o la sábana del ajuar en la sangre del animal, en la creencia de que, esa impregnación sanguínea, transmitiría los poderes genésicos del toro a los desposados, cuando entraran en contacto con esas prendas, asegurando de este modo la fecundidad de la pareja. (15)
Otra variante, con reminiscencias en las creencias sobre la magia de la sangre táurica, la encontramos en el pueblo leonés del Rebollar, donde se sigue practicando una costumbre de carácter ancestral, el día siguiente de San Blas (Sa Blasín, como le llaman), donde los mozos fingen matar de un tiro a un simulacro de toro, constituido por dos hombres disfrazados. Después del sacrificio todos beben grandes cantidades de vino que aseguran es la sangre del animal muerto.(16) Es probable que este acto de libación conserve alguna reminiscencia de aquellas taurofagias rituales de la antigüedad, que se practicaban en los ritos dionisíacos.
El bigotudo, anti-taurino y anti-flamenquista Eugenio Noel, en su libro “Las Capeas” relata, con una prosa repulsiva y nauseabunda, cómo niños, mujeres y viejos, necesitados e indigentes, formaban cola ante el maloliente matadero municipal de Madrid, a principios del s.XX, para recoger alguna porción de sangre de toro que repartían diariamente, casi como único alimento reconstituyente para sobrellevar o matar el hambre.(17)
En el mitraísmo, era creencia general que las vides, las uvas y por tanto el vino, habían surgido de la sangre del toro, cuando fue sacrificado por el dios Mitra.(18)
Por tanto, no es de extrañar la existencia de ciertos ritos agrarios en la antigüedad, circunscritos al “creciente fértil” y las riberas del Mediterráneo, que consistían en rociar los sembrados con sangre de toro, en la creencia de aumentar la fertilidad de los sembrados. Puede que no exista nexo alguno aparente, pero parecida costumbre se sigue practicando en la actualidad entre los pueblos andinos, quienes derraman en los campos de labor sangre de las Llamas, al tiempo que invocan a la “Pacha Mama”(la madre tierra) para que aumente la fertilidad de sus campos.
En general el ganado bovino era considerado como los animales propicios para las ofrendas a los dioses, no solo por su valor económico, sino por ser la víctima sacrificial de mayor valor cultual, por la simbología que representaba de energía, virilidad y poder fecundante.
Por ello, en el mundo romano, eran los animales favoritos para ofrecerlos a Júpiter y a la “Tellus Mater”(una diosa que personificaba la Tierra) en los ritos agrarios o de fecundidad de los campos, como ocurría en los ritos llamados “Fordicidia” u “Hordicidia”(de fordus u ordus, “vaca preñada”), dedicados a ésta diosa. Se celebraban hacia el 15 de abril para asegurar la fecundidad de los campos y la abundancia de las cosechas, sacrificando vacas preñadas.
Flores Arroyuelo nos describe una leyenda que se remonta en el tiempo al reinado de Numa-Pompilio (2º rey de Roma 715-672 a.C., sustituyó a Rómulo): “…la ninfa Egeria (diosa romana de las fuentes y los partos), oráculo de Faunus (un dios que había promovido la agricultura y la cría de ganado entre los hombres), reveló a Numa el remedio para poner fin a años de penuria y pobreza, consistente en el sacrificio de una vaca preñada cuya sangre debía regar la tierra para fertilizarla. Éste se llevaba a cabo en cada una de las treinta curias (lugares de reunión) en que estaba dividida Roma, y en una época como era la primavera en que los rebaños estaban preñados y en la tierra germinaban las semillas, y en un acto que podemos comprender como mágico-simpático por el que “a la tierra fecunda se le ofrecía una víctima fecunda”, dentro de una ceremonia que se celebraba con gran solemnidad en el Capitolio o “ciudadela de Júpiter”, con los pontífices (Pontifex Máximus) como oficiantes en la primera parte en que se llevaba a cabo la inmolación del animal y la extracción del ternero de las entrañas maternas que, mientras se celebraba el banquete por los fieles en que se comían los trozos de la carne cocida del animal, era ofrecido a las vestales para que en una segunda parte, la de mayor edad entre ellas, lo quemase en el hogar del templo de Vesta hasta reducirlo a cenizas...”. Las vestales (sacerdotisas de la diosa del hogar Vesta), guardaban las cenizas de los terneros nonatos sacrificados, hasta la llegada del festival de la Parilia (fiestas conmemorativas de la fundación de Roma), donde se usaban para realizar purificaciones a los asistentes.(6)
A este respecto los partidarios del origen religioso de las corridas de toros, se basaban en ciertos ritos agrarios existentes en una vasta área histórico-cultural, desde el Japón a Madagascar, que “consiste en hacer luchar dos toros entre sí y sacrificar al vencedor, o sencillamente en sacrificar toros en primavera, siempre con la finalidad mágico-religiosa de vigorizar los sembrados con sangre de los toros”.(10)
Una costumbre original la encontramos, en la actualidad, en el pueblo zamorano de Benavente, donde se celebra la “Fiesta del Toro” el día del “Corpus Christi”, donde tras correr el toro enmaromado y después de ser sacrificado y descuartizado el animal, las jóvenes llamadas “Corredoras del toro”, manchan sus zapatillas en la sangre del animal, como remembranza de las ofrendas sanguíneas que exigía Diana a sus sacerdotes y Nereidas, y la carne se reparte entre las y los jóvenes benaventanos. Este ritual, al parecer, hunde sus raíces en los antiguos ritos dionisíacos. “Se cuenta (según nota marginal del autor de la “Mitología ibérica”), que esta fiesta fue importada de tierras portuguesas: una condesa, a la que un toro le había matado un hijo, regalaba todos los años un toro para que fuera enmaromado y muerto”. (4)
Una leyenda, parecida a la portuguesa, es la que dio origen al “toro de San Juan”, en Coria (Cáceres), con la variante de que cada año, por orden de la condesa, debía ser sacrificado un mozo que se escogía por sorteo entre los que alcanzaban la pubertad, hasta que fue sustituido por un toro, cuyo ritual ya fue descrito en el artículo sobre "La carne del toro-I". En esta fiesta, cuando el animal es sacrificado, los mozos manchan sus alpargatas en la sangre del toro, en la creencia de que el contacto con la sangre táurica proporciona la fuerza y el poder fecundador y por tanto supone una garantía de fertilidad para la pareja.(6)
Mas no todas las cualidades de la sangre del toro eran beneficiosas ni de signo positivo como acabamos de ver y por ello no podían faltar algunos ejemplos de los aspectos nocivos y peligrosos de la sangre, como veremos a continuación.
La ingestión de la sangre como bebida era considerada, en la antigüedad, como acto sacrílego, tal y como se penalizaba en la Biblia, expuesto anteriormente.
En el mundo de la Grecia clásica, existía la creencia de que la sangre del toro era un veneno mortal para el hombre, como se pone de manifiesto en un relato en el que Esón (padre de Jasón y hermanastro de Pelias, rey de Yolco, Tesalia), se suicidó bebiendo la sangre de un toro, antes de que lo matase su hermanastro Pelias.
También Heródoto asegura que el faraón Psamético III (526-525 a.C. de la XXVI dinastía), fue obligado por el rey persa Cambises I (528-521 a.C. hijo de Ciro II “El Grande”, el fundador del imperio persa de los “aqueménidas”) a beber sangre de toro hasta morir. O el caso de Temístocles (525-460 a.C. militar y estadista griego, figura clave en las Guerras Médicas y vencedor en la batalla de Salamina), murió, según una leyenda, por abusar de la ingestión de sangre de toro, aunque en la tradición griega se decía que se envenenó, de esa forma, para no ayudar al rey de Persia Artajerjes I (465-424 a.C.), donde se había refugiado, a atacar a su patria y al ser implicado en la traición de Pausanias. (16)
Lo mismo dicen que le ocurrió a nuestro rey Fernando el Católico. Según una leyenda se aseguraba que murió, cuando se dirigía a Guadalupe (Murió el 23 de Enero de 1516 en Madrigalejo, Cáceres, cuando iba a asistir al capítulo de las órdenes de Calatrava y Alcántara en el Monasterio de Guadalupe), de una indigestión al beber la sangre de algún cárdeno o negro zaíno toro, aunque otra versión afirmaba que fue por darse un atracón de criadillas de este animal.(9)
Un autor folklorista del s.XVI, Pero Mexía, se extrañaba de que semejantes creencias tuviesen justificación racional alguna, cuando dice: ”...cómo la sangre de toro bebida mata, y qué natural razón hay desto, y de algunos que se mataron con ella, y de qué manera no mata y quién fue el primero que domó toros, y los corrió por fiestas y otros al mismo propósito...”.(19)
Para finalizar, reparen en esta trova popular que circulaba entre las gentes de la Villa y Corte, de mediados del s.XVII, que, curiosamente, cantaba las excelencias del agua y de la sangre del toro:

“ Agua de San Isidro
cura las calenturas;
sangre de Toro joven
buenas piernas procura
.”

Muchos más ejemplos podíamos traer aquí para mayor abundamiento, mas por ahora creo es suficiente.
Plácido González Hermoso.
BIBLIOGRAFIA1.- Lev. 17, 14-15
2.- Gen. 9, 4-5
3.- Antonio García Bellido, “Veinticinco estampas de la España Antigua”, Colecc. Austral-A-181
4.- Maclug d’Obrheravt, “Mitología Ibérica”.
5.- Antonio Blanco Freijeiro, “Documentos metroacos de Hispania”.
6.- F.Flores Arroyuelo, “Del toro en la antigüedad”; y Juan Posada, reportaje en Atena Semanal.
7.- Miranda Jane Gree, “Mitos Celtas”. Edicc. AKAL
8.- Revista MUY ESPECIAL, nº 33, enero-febrero 1.998
9.- Fernando Sánchez Dragó, “Volapié, Toros y Tauromagia”
10.- Angel Alvarez de Miranda.-”Ritos y juegos del Toro”.
11.- Lev. 8, 15-16
12.- Exodo, 24, 5-9
13.- Hebreos, 9, 13-14
14.- Hebreos, 10, 3-5
15.- Fco. Flores Arroyuelo, “Correr los toros en España”
16.- Cristina Delgado Linacero.- “El toro en el Mediterráneo”
17.- Eugenio Noel, “Las Capeas y otros escritos antitaurinos”
18.- José María González Estéfani, revista “EL TORO”, 1.966.- Club Taurino
19.-Pero Mexía,“Silva de varia lección”,2ª parte, capítulo XXIV, publicada en 1542